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Desentrañando la Misa: Un Viaje por sus Ritos y Secretos

15/12/2025

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La Misa, corazón de la vida cristiana, es mucho más que una secuencia de oraciones y gestos; es un tesoro de historia y significado acumulado a lo largo de dos milenios. Cada rito, cada palabra, cada movimiento del celebrante y de la asamblea, encierra siglos de evolución, teología y piedad popular. Entender el origen y la transformación de estas ceremonias nos permite apreciar la profunda riqueza de nuestra liturgia y conectar de manera más íntima con el misterio que celebramos. Acompáñanos en este viaje a través del tiempo para desvelar los secretos y las razones detrás de los ritos que conforman la Eucaristía.

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Desde la forma en que se recibe la comunión hasta las oraciones de despedida, la Misa ha sido moldeada por eventos históricos, debates teológicos y la devoción de los fieles. Este recorrido nos revelará cómo prácticas que hoy damos por sentadas tuvieron en el pasado significados y formas muy diferentes, y cómo la Iglesia, siempre viva, ha buscado adaptar y preservar lo esencial del Sacrificio Eucarístico a través de las edades.

Índice de Contenido

La Comunión de los Fieles: Un Vínculo en Constante Transformación

En los albores del cristianismo, la comunión de los fieles era el punto culminante de la celebración eucarística, la razón misma de la reunión. La forma primitiva de la Eucaristía como un banquete hacía que la participación plena, incluyendo la recepción del Cuerpo del Señor, fuera esencial. Tan arraigada estaba esta práctica que, en algunas regiones, como Egipto, los fieles tenían la costumbre de llevarse a casa una parte del pan consagrado para comulgar durante toda la semana, incluso antes de tomar cualquier otro alimento. Esta práctica, atestiguada por figuras como Tertuliano y San Cipriano, y que perduró en Roma hasta tiempos de San Jerónimo, era especialmente útil para anacoretas y aquellos que vivían lejos de la comunidad, permitiéndoles comulgar diariamente desde su retiro.

El Ayuno Eucarístico: Una Práctica Temprana

La costumbre de comulgar antes de cualquier otro alimento llevó a que el ayuno eucarístico fuera considerado lo más natural. Esto influyó en el traslado de la celebración eucarística de la tarde a las primeras horas del día. Ya en el siglo IV, la prescripción del ayuno antes de la comunión apareció con claridad, con la única excepción conocida de la Misa del Jueves Santo, que en algunos lugares se celebraba después de un banquete, una costumbre que el Concilio Quinisexto condenaría expresamente en el siglo VII, mostrando la firmeza de la norma del ayuno.

El Declive de la Frecuencia: Miedos, Penitencias y Sustitutos

Con la conversión del cristianismo en religión del Estado y el cese de las persecuciones, la familiaridad con la Eucaristía comenzó a disminuir. Paradójicamente, el hecho de poder celebrar la Misa con mayor frecuencia contribuyó a que la costumbre de llevar la Eucaristía a casa fuera cediendo. Sin embargo, la razón definitiva de la disminución de la comunión frecuente fue más profunda. No fue un enfriamiento gradual, sino un cambio abrupto, influenciado por las controversias teológicas. La lucha contra el arrianismo, que llegó a su apogeo en Oriente en el siglo IV, generó una reacción católica que, en algunos casos, llevó a una exagerada reverencia ante los “misterios tremendos” de la Eucaristía, matando la comunión frecuente. Padres occidentales de los siglos IV y V se sorprendían de esta situación en Oriente. Más tarde, la invasión de pueblos germánicos, muchos de ellos arrianos, trasladó este proceso a la Iglesia Latina, donde la mentalidad medieval acabó exigiendo tal preparación para la comunión, e incluso para la simple asistencia a Misa, que prácticamente la hizo imposible para los seglares. Las durísimas penitencias impuestas y la poca facilidad para la confesión contribuyeron a que, incluso monjes y religiosos, comulgaran solo unas pocas veces al año. Esta situación se mantuvo desde el siglo VII hasta el Concilio de Trento en el siglo XVI.

Ante esta escasa frecuencia, surgieron sustitutivos de la comunión. Uno fue la llamada comunión espiritual, el deseo de comulgar cuando no era posible hacerlo sacramentalmente. Otro, la comunión por representación, donde se pedía a otro más preparado (generalmente el sacerdote o incluso monjas) que comulgara por uno. Curiosamente, se empezó a decir “ofrecer” la comunión en lugar de “tomarla”, prácticas que encontraban mayor aceptación cuanto menos instruida estaba la gente. Trento aclararía más tarde que estas prácticas solo podían aplicar los méritos “ex opere operantis”, no la eficacia sacramental.

La Separación de la Misa: Un Siglo de Incomprensión y Reversión

La escasa frecuencia de la comunión de los fieles llevó a que no se considerara como parte integral del sacrificio. Hacia el siglo XII, la tendencia a dejar la comunión para después de la Misa, incluso en los pocos días que aún se comulgaba, se hizo notable. El Concilio de Trento marcó el inicio de un nuevo impulso hacia la comunión frecuente, pero la comodidad de los fieles y la acción de nuevas órdenes religiosas influyeron en que esta se convirtiera en un acto litúrgico independiente. En 1583, se acusó a la Compañía de Jesús de “tener puestas las formas en el altar para que las personas que quisiesen llegasen a comulgar”, lo cual iba “contra el santo y buen estilo de la Iglesia que celebra la santa misa por los que en ella comulgan”. Las mismas disposiciones de Trento daban como única razón para guardar la Eucaristía en el sagrario la necesidad de tenerla para los moribundos y para la adoración.

A pesar de que el Ritual Romano de 1614 insistía en dar la comunión dentro de la Misa, la costumbre de separarla se había extendido. Una gran controversia en 1742, que llegó hasta Roma, llevó a la publicación de la bula “Certiores effecti” de Benedicto XIV, donde el Papa apoyó la práctica de comulgar dentro de la Misa. Sin embargo, ni siquiera esto detuvo la tendencia a separar la comunión de la Misa, que siguió ganando terreno y triunfó plenamente durante el siglo XIX.

El siglo XX trajo un cambio de rumbo crucial. El decreto sobre la comunión frecuente del Papa San Pío X, “Sacra Tridentina Synodus” (1905), y especialmente la encíclica “Mediator Dei” (1947) de Pío XII, no solo aprobaron la comunión dentro de la Misa, sino que alabaron el deseo de quienes, al asistir a la Misa, preferían comulgar con partículas consagradas en el mismo sacrificio. Este fue un paso fundamental para restaurar la unidad intrínseca entre el sacrificio eucarístico y la comunión.

La Comunión del Celebrante: Un Rito Íntimo y sus Oraciones

La comunión del celebrante, incluso en el Misal de Pablo VI, está precedida por oraciones de uso privado, añadidas en la Edad Media y procedentes de la extinguida liturgia galicana. Este matiz privado indica cómo la comunión del celebrante llegó a ser considerada la única parte integral de la Misa, mientras que la del pueblo se veía como una añadidura circunstancial. De hecho, el Misal de Juan XXIII (1962) no describía la ceremonia de la comunión de los fieles, simplemente indicaba: “Si hay algunos que piden la comunión, se les da ahora”.

Las Oraciones Preparatorias: Ecos de Tradiciones Antiguas

Las dos oraciones actuales (obligatorias en el Misal del 62, solo una en el del 69) son “Domine Jesu Christe” y “Perceptio Corporis et Sanguinis tui”. La primera, una síntesis de la obra de la Santísima Trinidad con un claro influjo galicano, pide liberación del pecado, fidelidad a los mandamientos y perseverancia final. La segunda recuerda las apologías, rogando que la comunión no sea ocasión de juicio, sino defensa del alma y el cuerpo. Estas oraciones, aunque de origen privado, hoy se asemejan a las oraciones oficiales de la Iglesia. En la Edad Media, existía una gran abundancia de estas fórmulas, incluyendo el “Panem caelestem accipiam”, “Domine non sum dignus”, “Corpus Christi custodiat”, “Quid retribuam Domino”, y “Sanguis Christi custodiat”.

Transformaciones y Simplificaciones Post-Conciliares

La reforma del Misal de 1969 simplificó drásticamente el rito de la comunión del celebrante, suprimiendo o acortando muchas de estas oraciones preparatorias y de acción de gracias. El “Domine non sum dignus” se redujo a una sola vez, y las invocaciones “Corpus Christi custodiat me in vitam aeternam” y “Sanguis Christi custodiat me in vitam aeternam” se simplificaron a “Corpus (o Sanguis) Christi custodiat me in vitam aeternam”. Oraciones populares como “Ave in aevum, sanctissima caro” y “Ave in aeternum, caelestis potus” desaparecieron por completo. Esta simplificación, si bien buscaba mayor concisión, también borró siglos de historia y piedad expresada en estas fórmulas, un cambio que algunos liturgistas califican de “plumazo” que eliminó diez siglos de tradición.

Oración (Misal 1962)FunciónEstado (Misal 1969)
Panem caelestem accipiam...PreparatoriaSuprimida
Domine non sum dignus... (3 veces)Humildad ante CristoReducida a 1 vez
Corpus D.N.J.C. custodiat animam meam in vitam aeternam. Amen.Petición para la vida eterna (Cuerpo)Simplificada a 'Corpus Christi custodiat me...'
Quid retribuam Domino...Acción de gracias/PreparatoriaSuprimida
Sanguis D.N.I.C. custodiat animam meam in vitam aeternam. Amen.Petición para la vida eterna (Sangre)Simplificada a 'Sanguis Christi custodiat me...'
Quod ore sumpsimus, Domine...Acción de gracias/AbluciónConservada (secreta para el sacerdote)
Corpus tuum, Domine, quod sumpsi...Acción de gracias/AbluciónSuprimida

Abluciones: Purificación y Reverencia

Tras la comunión, se procede a las abluciones, un conjunto de ritos destinados a purificar el cáliz y los dedos del celebrante, asegurando que ninguna partícula consagrada se pierda. Históricamente, se distinguían tres abluciones: la de la propia boca del celebrante (con un poco de vino), la del cáliz, y la de las puntas de los dedos. La primera, hoy casi olvidada, se hacía con vino en el cáliz. Luego, se infundía más vino para la ablución del cáliz mismo. Finalmente, el cáliz se retiraba y los dedos se purificaban con agua en una “piscina” (pixis), un vaso grande de agua, origen del pequeño vasito actual para la purificación de los dedos fuera de la Misa.

Hacia 1256, el ordinario de los dominicos aconsejó purificar las puntas de los dedos en el cáliz, después de la ablución con vino, dando lugar a la segunda ablución actual. Por mucho tiempo, el celebrante no consumía esta agua, que se echaba en un lugar decente. La piedad popular, sin embargo, a veces llevaba a seglares a procurar estas abluciones para beberlas, como se lee en las vidas de San Enrique y San Heriberto de Colonia. Incluso se les daba a beber a los niños recién bautizados, una costumbre parecida a la de darles el “sanguis” tras el bautismo. A partir del siglo XII, el celebrante mismo comenzó a consumir el vino de las abluciones, práctica que persistió incluso cuando las abluciones se fusionaron en una sola con vino y agua. En la Edad Media, un lavatorio de manos adicional con agua se realizaba después de estas abluciones, conservado aún en el rito pontifical.

Oraciones que Acompañan las Abluciones

Las oraciones que acompañan estas abluciones son muy significativas. En la primera ablución, se recitaba el “Quod ore sumpsimus Domine, pura mente capiamus: et de munere temporali fiat nobis remedium sempiternum” (Lo que hemos tomado con la boca, Señor, recibámoslo con alma pura; y de don temporal se nos vuelva remedio eterno). En la segunda, “Corpus tuum, Domine, quod sumpsi, et Sanguis, quem potavi, adhaereat visceribus meis: et praesta, ut in me non remaneat scelerum macula, quem pura et sancta refecerunt sacramenta” (Tu Cuerpo, Señor, que he recibido, y tu Sangre, que he bebido, se adhieran a mis entrañas; y haz que no quede mancha de pecado en mí, a quien han alimentado estos puros y santos sacramentos). Ambas oraciones pedían a Dios que la comunión fuera un remedio eterno y que preservara el alma de toda mancha de pecado. La Iglesia siempre ha procurado alargar el momento de la comunión con estas oraciones, para que los fieles pudieran hablar con Cristo presente, pidiéndole las gracias necesarias mientras perdurara la influencia directa de la gracia sacramental.

La Controversia del Cáliz del Vino para Seglares

La ablución de la boca era de gran importancia, no solo para el celebrante, sino también para la comunión del pueblo. San Juan Crisóstomo abogaba por que, inmediatamente después de comulgar, se bebiera un sorbo de agua o se comiera un trocito de pan, una costumbre que se extendió a pesar de algunas reservas y que aún se practica entre los coptos. Esto se comprendía mejor cuando el pan consagrado se masticaba. Curiosamente, la práctica continuó incluso después de que el pan fermentado fuera sustituido por el ázimo.

De la misma época de mayor reverencia y cuidado en el trato del sacramento, proviene la costumbre de ofrecer a los comulgantes un cáliz con vino después de la comunión. Esta práctica coincidió con la supresión de la comunión bajo ambas especies, sirviendo no solo como ablución de la boca, sino también para suplir la comunión del cáliz. Es importante notar que nunca se comulgaba con el “sanguis” (sangre) puro, sino muy mezclado con vino. Esta costumbre se generalizó a partir del siglo XIII, y se utilizaba un cáliz o vaso distinto al de la consagración para evitar confusiones y asegurar que el pueblo entendiera que no se trataba de la comunión del sanguis sacramental, sino de una purificación simbólica.

Las Abluciones en la Liturgia Moderna: Cambios y Cuestionamientos

El Misal de Pablo VI (nº 91) establece que, distribuida la comunión, el sacerdote, diácono o acólito purifica la patena sobre el cáliz y el cáliz mismo. Sin embargo, no especifica cómo debe purificarse (vino, agua, o ambos) ni dónde (altar o credencia), ni siquiera la Institución General del Misal Romano hace referencia a las abluciones. La mayoría de los liturgistas posconciliares afirman que deben realizarse en la credencia y, a menudo, después de que la celebración haya terminado, en contraste con las rúbricas del Misal de 1962, que prescribían el altar. El Misal de Pablo VI sí indica que, mientras se purifica, el sacerdote dice en secreto la oración “Quod ore sumpsimus”. Sin embargo, surge la pregunta de si el diácono o acólito también deben decirla si son ellos quienes purifican. La oración “Corpus tuum, Domine, quod sumpsi” ha desaparecido del Misal, lo que ha llevado a interpretar que las abluciones se simplifican a una sola: la del agua, practicada por la mayoría de los celebrantes posconciliares. Estos cambios reflejan una revisión profunda en la comprensión y la práctica de estos ritos.

La Fracción del Pan y la Paz: Símbolos de Unidad y Reconciliación

El rito de la fracción del pan y la conmixtión (mezcla de las especies) son gestos cargados de simbolismo eucarístico. Según el rito codificado por San Pío V (Misal de 1962), el celebrante divide la forma consagrada en tres partículas sobre el cáliz. Dos se colocan en la patena, y con la tercera, se trazan tres cruces sobre el cáliz mientras se dice en voz alta: “Pax Domini sit semper vobiscum” (La paz del Señor esté siempre con vosotros). Luego, esta partícula se deja caer en el cáliz con las palabras “Haec commixtio” (que esta mezcla y consagración del cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo nos sirva, al recibirla, para la vida eterna).

El “Pax Domini”: Más Allá del Saludo

Las acciones de fracción y conmixtión se recitaban en silencio, pero la “consignatio” (las tres cruces) se hacía en voz alta. Dado que el ósculo de la paz seguía muy poco después, se sospecha que las palabras “Pax Domini” estuvieron originalmente relacionadas con la ceremonia del beso de la paz. Sin embargo, su significado original es más profundo. Remonta al “fermentum”, una partícula que el Papa o los obispos enviaban los domingos a los sacerdotes de su diócesis que no podían asistir a la Misa episcopal. Esta partícula se echaba al sanguis después del embolismo, trazando tres cruces sobre el cáliz y diciendo el “Pax Domini”. Representaba la unidad del sacrificio y el carácter de la Eucaristía como vínculo de caridad y unión. Así, el “Pax Domini” no era tanto una invitación al ósculo de la paz, sino una bendición para la conmixtión, un deseo de unidad y paz para toda la Iglesia.

La supresión de la consignatio en la reforma de 1969 y el traslado del “Pax Domini” como saludo al pueblo antes de invitar al ósculo de la paz han hecho olvidar su significado genuino. Es paradójico que la apología “Domine Jesu Christe, qui dixisti Apostolis tuis…” se haya elevado de rango y colocado justo después del embolismo, mientras que el significado original del “Pax Domini” se ha diluido.

La Evolución del “Fiat Commixtio”

Durante la preparación del Misal Tridentino, surgieron reparos teológicos a la fórmula “Fiat commixtio et consecratio corporis de sanguinis D.N.I.Ch, accipientibus nobis in vitam aeternam. Amen” (Que se haga conmixtión y consagración de la sangre con el cuerpo de N.S.J.C…). La palabra “consecratio” y la posición del verbo “fiat” generaban dudas. Se temía que se interpretara que el cuerpo y la sangre de Cristo no se unían sino en esta conmixtión, o que Cristo no existía entero en cada una de las especies antes de este rito, una interpretación sostenida por los utraquistas (husitas checos). Para no cambiar radicalmente una fórmula antigua, se optó por un compromiso, colocando el “fiat” después del sujeto, lo que modificó su sentido de “hágase” a “nos sirva”. La “consecratio” en este contexto no se refería a la transustanciación, sino a la preparación del cáliz para la comunión del pueblo, añadiendo gotas del sanguis a vino puro. Esta práctica, que utilizaba un colador para la partícula, buscaba mantener el principio de consagrar un solo cáliz como símbolo de unidad y facilitar la distribución sin profanación.

Con la introducción del pan ázimo en el siglo IX y la posterior preparación de partículas de antemano, el rito de la fracción general perdió importancia y solemnidad debido a la poca frecuencia de la comunión del pueblo. La fracción se limitó a la forma del celebrante, dividida en tres partes: una para el cáliz, otra para la comunión del celebrante, y la tercera para el viático de los enfermos.

El Ósculo de la Paz: De Gesto Fraterno a Rito Estilizado

El ósculo de la paz aparece en el culto cristiano como una ceremonia que termina la oración de los fieles, una especie de “Amén” transformado en rito, como atestiguan San Justino, Orígenes y San Hipólito. En la liturgia hispánica, aún hoy ocupa este lugar. Más tarde, se relacionó con la ofrenda, recordando la admonición del Señor de reconciliarse con el hermano antes de presentar dones a Dios. Este parece ser el sentido en las liturgias orientales. En las liturgias africana y romana, el beso de la paz se trasladó al final del canon (siglos V-VI) y luego, por San Gregorio Magno, después del Padrenuestro, entrando definitivamente entre las ceremonias de la comunión. Su significado se enriqueció: preparar el corazón para recibir el Cuerpo del Señor mediante el perdón y la reconciliación mutua. San Gregorio mismo cuenta cómo monjes, ante un naufragio, comulgaron después de darse la paz.

Originalmente, era una ceremonia exclusiva de los fieles, iniciada por el celebrante con una invitación, y consistía en un breve ósculo entre los más próximos. Con el tiempo, se estilizó y se limitó al clero y al coro. Lo que fue un verdadero beso en la intimidad de las primeras asambleas, donde todos se sentían hermanos, tuvo que cambiar al ampliarse la comunidad. En la liturgia romana, se convirtió en un abrazo apenas insinuado con un roce de mejillas. Desde Inglaterra, y arraigando en España, se propagó el “portapaz”, una tabla ricamente adornada que el celebrante besaba y pasaba a los fieles, transmitiendo la paz desde el altar. Este objeto, común en parroquias antiguas, se usó en misas solemnes hasta el “Novus Ordo” de 1969.

La Reintroducción Post-Conciliar y sus Desafíos

La reforma de Pablo VI reintrodujo el signo de la paz para todos los fieles, con la intención de un breve intercambio de saludo (beso o apretón de manos). Sin embargo, en la práctica, se ha convertido en un momento de gran alboroto y movimiento en muchas iglesias, con celebrantes descendiendo del altar para abrazar a los fieles y estos, a su vez, moviéndose por toda la nave. Este trastorno ha llevado incluso al Papa Benedicto XVI a considerar trasladarlo a antes del ofertorio, buscando preservar el silencio y el recogimiento previos a la comunión. La oración por la paz que la precede en el Misal Romano de 1962 era una apología, “Domine Jesu Christe, qui dixisti Apostolis tuis: pacem relinquo vobis, pacem meam do vobis: ne respicias peccata mea, sed fidem Ecclesiae tuae…”, convertida ahora en una oración comunitaria que ruega a Dios conceder paz y unión fraterna a toda la Iglesia.

El Último Evangelio y la Despedida: Sellando la Celebración

Al final de la Misa, se han desarrollado diversos ritos de despedida, más allá de la bendición esencial recibida en la comunión. Estos ritos buscan expresar que los asistentes han conseguido lo que esperaban al honrar a Dios y recibir sus gracias. Uno de los elementos más notables fue la recitación del Último Evangelio.

El Prólogo de San Juan: Un Texto Venerado y su Uso como Bendición

Era costumbre antiquísima considerar los primeros párrafos de un libro como expresión del libro entero, atribuyendo a la simple lectura de la palabra de Dios una virtud santificadora. El prólogo de San Juan, con su carácter misterioso, fue mirado con especial veneración desde antiguo y usado en la Edad Media como vehículo de bendición. Se leía sobre enfermos y niños, y San Francisco Javier lo recomendó a sus compañeros en la India. La fe en su poder contra las tormentas explica por qué los fieles insistían en que se leyera al final de la Misa, como una bendición adicional.

Su primera mención en la liturgia de la Misa data de 1256, en el ordinario de los dominicos, quienes lo difundieron ampliamente. Gozaba de tal prestigio que fue adoptado incluso en la liturgia armenia. Sin embargo, no fue una costumbre universal ni la única lectura final; rivalizó con la lectura de “Loquente Iesu ad turbas” en las fiestas de la Virgen. La Compañía de Jesús, al unificar su rito, dejó libertad para escoger entre ambas. Cartujos, por ejemplo, no lo decían. La liturgia conservó el recuerdo de su finalidad primitiva: el obispo lo recitaba al desvestirse de los ornamentos. Además del Último Evangelio, existían otras bendiciones adicionales, como el reparto del “pan bendito” (antidoron) en Occidente, considerado a veces una especie de comunión. La abolición del Último Evangelio fue progresiva, con su supresión en el Ordo Sabbati Sancti de 1951 y su definitiva eliminación en 1964, culminando en el Misal de Pablo VI de 1969.

La Bendición Final: Del Papa al Sacerdote

Lo más llamativo del ceremonial final de la Misa en la forma extraordinaria (Misal de 1962) es que el celebrante invita primero a los fieles a retirarse y luego les da la bendición. Originalmente, después de la poscomunión (considerada la verdadera bendición final), se daba el aviso de retirada y se formaba la procesión a la sacristía. Los fieles, sin embargo, solían pedir una bendición especial al Papa al bajar del altar, con un rito que incluía la petición “Jube, domine benedicere” por obispos, sacerdotes y otros funcionarios. De esta bendición papal arranca la historia de la actual bendición final.

Antes de la bendición, el Papa besaba el ara del altar por última vez, un gesto de despedida que no era preparación para la bendición, ya que esta no existía entonces. Solo al trasladarse la liturgia romana al Imperio de los francos, se añadieron fórmulas como el “Placeat tibi sancta Trinitas” (Séate agradable, Trinidad Santa), de origen galicano, que se reza inclinado y pide una bendición copiosa, redactada en singular, como una ceremonia íntima del celebrante.

La transición de una bendición pontifical a una sacerdotal enfrentó dificultades, dada la prohibición para los simples sacerdotes de dar la bendición públicamente en la iglesia. Existían dos tradiciones: una que lo prohibía siempre, y otra solo si el obispo estaba presente. Quizás se buscaba impedir que los sacerdotes dieran la antigua bendición episcopal galicana. Sin embargo, la cura de almas y el deseo de los fieles impulsaron la búsqueda de un modo para que los sacerdotes pudieran otorgarla, especialmente en regiones con pocas sedes episcopales. Existían antecedentes en sacramentarios romanos anteriores al Gregoriano, como las “oraciones sobre el pueblo”, que el sacerdote podía usar. El Gelasiano contenía bendiciones especiales para Misas sin la oración sobre el pueblo. Con la introducción del Gregoriano, estas fórmulas desaparecieron y las oraciones sobre el pueblo se limitaron a la Cuaresma, lo que hizo necesaria una solución para la bendición final. Una solución fue considerar la poscomunión como bendición final, pero no satisfizo a todos.

Finalmente, se impuso la solución de que el sacerdote diera la bendición que el Papa daba después del “Ite missa est”, una costumbre que se toleró antes de ser prescrita, consolidándose en el siglo XI y documentada en el XII. El paso definitivo fue dar la bendición en el mismo altar, no al salir. A principios del siglo XIV, la bendición papal actual con “Sit nomen Domini benedictus” se diferenció de la que ya estaba extendida para todos los sacerdotes. La fórmula actual “Benedicat vos, omnipotens Deus…” se encuentra por primera vez en 1230. Al principio, el sacerdote trazaba la cruz sobre sí mismo diciendo “Benedicat nos”, pero para distinguirla de la del obispo, este la daba con la mano, mientras el presbítero usaba una reliquia, una cruz, una patena o el cáliz. La reforma de Pío V uniformó esta ceremonia. La bendición final también ha sido objeto de consideración alegórica, viendo en la elevación de ojos y manos al cielo el gesto de la Ascensión de Cristo.

El “Ite, missa est”: Un Final con Historia

Terminada la bendición, el diácono avisaba a los fieles que podían retirarse. En Oriente, se decía “Id en paz”. En la Misa hispánica, aún hoy se dice: “El culto ha terminado en el nombre del Señor Jesucristo. Sea agradable nuestro voto con paz. Demos gracias a Dios.” La fórmula romana, “Ite missa est”, es más compleja. Su fondo, sobrio, significa: “Id, ha llegado el momento de separarnos.” La palabra “missa” no solo significaba “despedida” sino que era el término técnico para indicar el final de una reunión, especialmente en la corte imperial. De Roma pasó a Bizancio sin traducción. Es una fórmula muy antigua, anterior a los Ordines Romani que la registran por primera vez.

Lo curioso es cómo “missa”, originalmente “despedida”, llegó a significar “sacrificio eucarístico”. Esta evolución ilustra el sentido del rito de despedida como bendición. En el relato de Eteria (siglo IV), “et fit missa” se refiere a la bendición final. Como esta bendición era sacerdotal y referida a los penitentes, “missa” pasó a significar “oración sacerdotal con carácter de bendición”. Más tarde, siendo la oración sacerdotal el núcleo de las funciones religiosas, cada parte se llamó “missa” (ej. “missa nocturna”). Finalmente, al componer varias “missae” la función del sacrificio eucarístico, este se llamó “missarum sollemnia” (en plural) o “missae”. Así, la palabra “missa” llegó a ser sinónimo de sacrificio eucarístico ya a mediados del siglo V. El “Ite missa est” estaba precedido por el “Dominus vobiscum” hasta la reforma de 1969, que lo considera cumplido por el saludo inicial del celebrante. En algunas Misas, es sustituido por el “Benedicamus Domino”. Al ser un aviso del diácono, el “Ite missa est” se cantaba con voz más fuerte y melodía variada, mientras que el celebrante hablaba con voz más recatada. La Edad Media añadió “tropos” al “Ite missa est” para sostener las melodías, mientras que el “Benedicamus Domino”, al ser menos solemne, carecía de ellos. Esta evolución demuestra la profunda adaptabilidad de la liturgia romana a lo largo de los siglos.

Preguntas Frecuentes sobre los Ritos de la Misa

¿Por qué los hombres debían lavarse las manos para comulgar en la antigüedad?
En la Iglesia primitiva, especialmente en lugares como Jerusalén, la comunión se daba y recibía en la mano. Para asegurar la reverencia y la limpieza, los hombres debían lavarse las manos antes de acercarse a comulgar. Por esta razón, las antiguas basílicas solían contar con una fuente en el atrio. Las mujeres, además, cubrían sus manos con un pañito blanco. Esta práctica subraya la gran estima y respeto por la Sagrada Eucaristía desde los primeros siglos.
¿Por qué la Comunión en la mano desapareció y luego regresó?
La comunión en la mano era la forma común en la Iglesia primitiva, como atestigua San Cirilo de Jerusalén. Sin embargo, hacia el siglo IX, o incluso antes, esta práctica comenzó a prestarse a abusos (pérdida de partículas, irreverencia). Por ello, se empezó a dar la comunión directamente en la boca, coincidiendo con la sustitución del pan fermentado por el ázimo. Esta costumbre se generalizó y se mantuvo por más de mil años. La comunión en la mano reapareció en el periodo posconciliar, como una concesión a determinadas Conferencias Episcopales, bajo la justificación de un retorno a las prácticas más antiguas. Sin embargo, su reintroducción ha sido objeto de debate sobre sus efectos en la reverencia y devoción de los fieles.
¿Qué es el “Agnus Dei” y por qué se canta?
El “Agnus Dei” (Cordero de Dios) es un canto introducido en Roma por el Papa Sergio I (687-701), de origen sirio. Su primera palabra, “Cordero”, corresponde a la “hostia” o víctima en la liturgia bizantina y se refiere a Cristo inmolado, cuya pasión se recuerda en la fracción del pan. Originalmente, se cantaba con el “miserere nobis” (ten piedad de nosotros) y vino a sustituir un salmo durante la fracción. Más tarde, en el siglo XI, la tercera invocación cambió a “dona nobis pacem” (danos la paz) debido a las continuas alteraciones de la paz. Se repetía cuantas veces fuera necesario para llenar las pausas de la fracción o la comunión, pero luego se limitó a tres. Es una plegaria en forma de letanía que pide misericordia y paz al Cristo sacrificado.
¿Qué significa el “Ite, missa est”?
“Ite, missa est” es la fórmula de despedida al final de la Misa. Su significado literal es “Id, la reunión ha sido enviada/terminada”. La palabra “missa” originalmente significaba “despedida” o “envío”, y era un término técnico para el final de una reunión. Con el tiempo, debido a que la oración sacerdotal era el núcleo de las funciones religiosas y de sus partes, estas se comenzaron a llamar “missa”. Finalmente, el término “Misa” se usó para referirse a todo el sacrificio eucarístico, tanto en plural (“missarum sollemnia”) como en singular. Así, la frase indica que la asamblea ha concluido su celebración y los fieles son enviados al mundo para vivir lo que han recibido.
¿Qué diferencia hay entre las oraciones de la Misa antes y después del Concilio Vaticano II?
El Misal de Pablo VI (1969), surgido del Concilio Vaticano II, realizó una profunda simplificación y revisión de las oraciones. Muchas oraciones privadas del celebrante, especialmente las preparatorias para la comunión y algunas de las abluciones, fueron suprimidas o acortadas. El énfasis se trasladó de una piedad más individualista y de reparación a una dimensión más comunitaria y de acción de gracias. Por ejemplo, la oración “Corpus tuum, Domine” fue eliminada, y el “Domine non sum dignus” se redujo de tres a una vez. En algunos casos, se buscaron oraciones con un lenguaje más contemporáneo y una teología que acentuara la unión con Cristo y el reconocimiento de su presencia en los hermanos, como en la nueva oración de poscomunión para la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Estos cambios buscaron una mayor participación de los fieles y una liturgia más accesible y directa.

Este viaje a través de los siglos nos permite comprender que la liturgia no es estática, sino un organismo vivo que se ha desarrollado y adaptado a las necesidades y sensibilidades de cada época, siempre fiel a su núcleo esencial. Conocer esta historia nos invita a una participación más consciente y profunda en cada Misa, valorando la riqueza de una tradición que continúa evolucionando bajo la guía del Espíritu Santo.

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