02/05/2026
En un mundo donde la inocencia suele asociarse a la infancia y sus relatos, la idea de que la literatura infantil pueda ser objeto de censura severa resulta, cuanto menos, desconcertante. Sin embargo, la historia nos demuestra lo contrario. Durante la última dictadura militar argentina, conocida como el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), la represión no se limitó a las desapariciones, encarcelamientos y torturas, sino que extendió sus tentáculos a esferas aparentemente tan alejadas como los libros para niños. Si alguna vez pensaste que la literatura, y en especial la infantil, es un campo neutro, este artículo te revelará por qué el Proceso censuró cuentos que hablaban de huelgas, explotación y la dura realidad de la vida obrera, desvelando una profunda preocupación por la conciencia y la formación de las futuras generaciones.

La dictadura militar no solo buscaba aniquilar físicamente a la disidencia; su objetivo primordial era erradicar cualquier vestigio de pensamiento crítico o la posibilidad de un nuevo desafío al sistema establecido. Para lograrlo, el régimen comprendió la importancia fundamental del sistema educativo como el crisol donde se forjan y naturalizan determinadas concepciones sobre el mundo. Desde sus inicios, los militares expresaron una profunda inquietud por cómo la institución educativa había sido “alcanzada y afectada por la prédica y el accionar de nefastas tendencias ideológicas cuyo objetivo es la destrucción progresiva de los principios y valores que sustentan y definen la argentinidad”. Esta declaración, lejos de ser una simple retórica, evidenciaba una clara preocupación por la crisis de la conciencia burguesa que, a su entender, afectaba a las escuelas. Para el régimen, un sistema no está verdaderamente a salvo cuando sus líderes revolucionarios son eliminados o encarcelados, sino cuando la mera idea de cambiarlo deja de existir en la mente colectiva. La victoria, para ellos, se lograba en el plano de las ideas.
La Represión no conoce edades: El ojo del Proceso en los Libros
Dentro de este vasto proceso de liquidación moral e ideológica de cualquier fuerza revolucionaria, la dictadura puso un especial énfasis en los libros. La represión bibliográfica fue masiva y sistemática, afectando a editoriales, bibliotecas y autores por igual. Ejemplos de esta brutalidad incluyen la requisa de más de 80 mil libros de la reconocida editorial Eudeba en febrero de 1977, la tristemente célebre quema de libros en La Calera en abril de 1976, y la incineración de más de un millón de volúmenes de la Biblioteca CEAL en Sarandí, en agosto de 1980. Estas acciones no eran aleatorias; formaban parte de una estrategia deliberada para borrar del mapa cualquier idea considerada “subversiva” o contraria a los valores que el régimen quería imponer.
Para coordinar esta ofensiva ideológica, en noviembre de 1976, el Ministro de Educación, Ricardo Pedro Bruera, creó un organismo de inteligencia encubierto bajo el inocuo nombre de “Área de Recursos Humanos”. Al frente de esta estructura se ubicó el Coronel Agustín Camilo Valladares. Esta área fue la encargada de desarrollar la infame “Operación Enseñanza”, cuyo propósito era perseguir docentes, estudiantes y escritores, así como investigar y censurar materiales pedagógicos considerados “subversivos”. La operación funcionaba con personal de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), lo que demuestra la seriedad y el alcance de la maquinaria represiva. Fue en este marco que se llevaron a cabo las actividades de censura que hoy nos ocupan, extendiendo su alcance incluso a los textos más insospechados.
La Inocencia bajo la lupa: Literatura Infantil en la mira
La reacción ideológica del Proceso no se limitó al campo de la literatura para adultos. Con una visión totalitaria de la sociedad, el régimen militar también decidió intervenir en un rubro que, en apariencia, resultaba completamente inofensivo: la literatura dirigida al público infantil. A través de una “Comisión de Fiscalización del Libro de Lectura Escolar”, se encargaron de revisar minuciosamente cuáles eran los libros de circulación en las aulas, con el fin de determinar si resultaban “adecuados” por sus temas o diseños. En este proceso, los mecanismos de denuncia interna cobraron una centralidad alarmante, con individuos reportando lecturas que consideraban peligrosas o inapropiadas.
Si bien se registraron algunos casos absurdos, como la prohibición del libro de física La cuba electrolítica (por una supuesta alusión al país caribeño), la gran mayoría de los textos fueron censurados por su contenido político explícito o implícito. El criterio era claro: cualquier idea que cuestionara la autoridad, promoviera la solidaridad obrera, visibilizara la pobreza o la desigualdad, o simplemente fomentara el pensamiento crítico, era una amenaza. Veamos algunos de los casos más emblemáticos que ilustran la paranoia y la meticulosidad de esta censura ideológica.
Niños y Huelgas: El elefante que ocupó demasiado espacio
Dentro de la lista negra de libros prohibidos, uno de los más conocidos es Un elefante ocupa mucho espacio, de la célebre autora Elsa Bornemann. Este libro fue incorporado a la lista el 13 de octubre de 1977. El decreto de prohibición no se andaba con rodeos, señalando su rol de adoctrinamiento y calificándolo como un “agravante a la moral, a la Iglesia, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone”. ¿Qué era lo tan peligroso que narraba esta historia? El cuento seguía a Víctor, un elefante de circo que, cansado de la explotación, decide declarar una huelga general en el circo, convencido de que él y los demás animales “trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero”.
Víctor, actuando como un verdadero delegado, logra convencer al resto de los animales, y juntos declaran el “Circo tomado por sus trabajadores. Huelga general de animales”. Los animales, en un giro subversivo, logran doblegar a los humanos, obligándolos a hacer piruetas hasta que se rinden. Como resultado de esta contienda, los “curiosos huelguistas” regresan a la selva en libertad. Todos viajan en un avión, excepto Víctor, que ocupa uno él solo porque “todos sabemos un elefante ocupa mucho, mucho espacio”. La referencia a una huelga, la organización obrera y el cuestionamiento a la explotación laboral eran elementos inadmisibles para un régimen que buscaba erradicar cualquier forma de resistencia social.
La Explotación No Existe: Cuentos que incomodaron al poder
En octubre de 1978, mediante el Decreto nº 1.831, se prohibió el libro Cuentos para chicos traviesos, del autor francés Jacques Prévert, editado por Fausto. En este compendio de historias, diversas narraciones protagonizadas por animales permitían cuestionar la explotación de manera sutil pero efectiva. Por ejemplo, en el cuento “Escena de la vida de los antílopes”, se describe una realidad incómoda para el régimen:
“Los habitantes de África son los hombres negros, pero también hay hombres blancos que van para hacer negocios y necesitan que los negros los ayuden, pero a los negros les gusta más bailar que construir caminos y ferrocarriles […], pero es un trabajo muy duro que a menudo los hace morir […] los negros se ven obligados a hacer el ferrocarril […] y los blancos los llaman ‘trabajadores voluntarios’ […], a menudo los negros están muy mal alimentados.”
La descripción de la explotación colonial y el trabajo forzado, junto con el uso de términos como “camaradas” para referirse a los animales (la historia está narrada desde la visión de los antílopes), era una clara alusión a conceptos de lucha de clases y solidaridad que el Proceso quería erradicar. La visibilización de la explotación y las injusticias sociales, incluso en un contexto ficcional y animal, era considerada una amenaza directa a la narrativa oficial de orden y armonía.
La Propiedad Privada es Sagrada: La torre de cubos y los cuadernos gratis
Uno de los casos más emblemáticos de censura fue la prohibición de La torre de cubos de Laura Devetach. Este libro, primero prohibido en Santa Fe y luego extendido al resto del país por el Decreto 380 de mayo de 1979, fue tildado de ser portador de una “ilimitada fantasía” y de realizar “cuestionamientos ideológico-sociales”. El libro contiene nueve historias, pero fue una en particular la que encendió las alarmas: “La planta de Bartolo”.
En este cuento, el protagonista, Bartolo, siembra un cuaderno en un macetón y, para su sorpresa, la planta comienza a dar cuadernos. La reacción de Bartolo es inmediata y generosa: “¡Ahora todos los chicos tendrán cuadernos!”. Esta idea surge porque, en su pueblo, los cuadernos eran muy caros y las madres se enojaban con sus hijos cuando terminaban uno, en lugar de alegrarse por su dedicación al estudio. El “villano” de la historia es, claro está, “el vendedor de cuadernos”, quien, furioso por la competencia inesperada, intenta comprar la planta de Bartolo. Sin embargo, el niño, junto a sus amigos, se niegan a venderla “ni por todas las cosas del mundo”. Este relato, que cuestiona la propiedad privada y el acceso a bienes básicos, y que promueve la generosidad y la solidaridad por encima del lucro, era directamente opuesto a los valores capitalistas y de individualismo que el régimen quería afianzar.
La Infancia es una Sola: Narrando la vida obrera y la pobreza
El libro de Laura Devetach, La torre de cubos, también abordaba otro tópico urticante para la dictadura: el de las infancias tristes, es decir, las infancias obreras o empobrecidas. En el cuento “El pueblo dibujado”, la autora narra la historia de Laurita, una niña que siempre se quedaba sola en su casa con su gato porque sus padres trabajaban. Laurita anhelaba dibujar en la pared con colores, pero “no tenía con qué pintar (…) solamente tenía para hacer su dibujo un pedazo de tiza que encontró en la calle, un cascote rojo y un carbón”. La imagen de una niña dibujando en la pared porque no tenía papeles, durmiendo en la cocina “porque no había otra pieza en la casita”, y encargándose de hacer la sopa para sus padres que llegaban cansados del trabajo, pintaba un cuadro de pobreza y vida obrera que el régimen prefería ocultar o negar.
Algo similar sucede con el libro Dulce de Leche de Carlos Joaquín Duran y Noemí Beatriz Tornadú, editado por Editorial Estrada. En su versión original de 1974, el libro incluía la historia “Una familia nómade”, que describía cómo “hay trabajos que no son continuos (…) se los llama temporarios. Para ellos, se emplean obreros temporarios”. El texto enumeraba trabajos como la vendimia, la esquila, la cosecha de papa, duraznos, manzana, tabaco, algodón, yerba, e ilustraba a los obreros trabajando en estas actividades. Y lo más revelador: “trabajan mujeres y hombres, matrimonios con hijos (…) César es hijo de una de esas familias, por eso nunca pudo ir a una escuela (…) es analfabeto”. Otro cuento, “Juan de la ciudad y Pedro del bosque”, contrastaba la vida de Juan en una ciudad gris, sin acceso a plazas por las largas filas para hamacarse, con la vida de Pedro en el bosque, quien, a pesar del frío y los mosquitos, realizaba “faenas” antes de ir a la escuela. Ambas historias visibilizaban la precariedad laboral, el analfabetismo y las desigualdades sociales, realidades que la dictadura buscaba invisibilizar a toda costa.
El caso de Dulce de Leche es particularmente ilustrativo del temor que se apoderaba de los autores una vez que sus libros eran prohibidos. En este caso, ambos autores aceptaron las correcciones y modificaciones que les marcaron sus censores. Así, la misma historia de Juan y Pedro, en su versión de 1977, fue reescrita para narrar la vida de dos niños “felices ‘en sus particularidades’”, eliminando cualquier rastro de crítica social o dureza en sus vidas. Esto demuestra cómo la censura no solo prohibía, sino que también ejercía una presión directa sobre los creadores para que se autocensuraran y adaptaran sus obras a la narrativa oficial.
Tabla Comparativa: Libros Censurados y sus Motivos
| Título del Libro | Autor/a | Año de Prohibición | Tema Central Censurado |
|---|---|---|---|
| Un elefante ocupa mucho espacio | Elsa Bornemann | 1977 | Huelga, organización obrera, cuestionamiento a la explotación. |
| Cuentos para chicos traviesos | Jacques Prévert | 1978 | Explotación laboral, solidaridad (uso de 'camaradas'). |
| La torre de cubos | Laura Devetach | 1979 | Cuestionamiento a la propiedad privada, acceso a bienes, visibilización de la pobreza y vida obrera. |
| Dulce de Leche | Carlos Joaquín Duran y Noemí Beatriz Tornadú | 1978 (versión corregida) | Precariedad laboral, familias nómades, analfabetismo, desigualdad social. |
La Batalla por las Letras: Una Guerra Ideológica
Lo aquí narrado es solo una pequeña muestra de los cientos de libros censurados durante la última dictadura militar. Es importante destacar que, en los casos seleccionados, sus autores no tenían pasados activos en la militancia política ni se declaraban abiertamente simpatizantes de fuerzas sociales revolucionarias. Por el contrario, en sus testimonios, muchos manifiestan haber recibido la censura con sorpresa, sin comprender inicialmente la magnitud de la amenaza que representaban sus historias. Sin embargo, esta aparente “inocencia” no le resta mérito ni impacto a sus obras.
Estas historias, aunque no fueran explícitamente políticas, expresaban lo que la dictadura denominaba una “crisis de conciencia burguesa” y una profunda empatía con las realidades de las clases trabajadoras y las luchas sociales. En ese sentido, el canon literario, incluso en el campo infantil, no puede abstraerse de la lucha de clases. La literatura siempre interviene, siempre toma una posición, incluso sin proponérselo de forma consciente. Por eso, el régimen militar se encargó de prohibirlos. No porque los militares fueran paranoicos o delirantes, sino porque eran conscientes y consecuentes en una batalla que no se agotaba en el campo material (la destrucción de militantes) ni político (la toma del poder), sino que debía ir mucho más allá: la victoria en el plano cultural. Es decir, imponerse de tal modo que el vencido piense como el vencedor, que sus ideas y valores sean los del opresor.
En este contexto, la literatura para el público infantil cumple un papel fundamental: la formación temprana de la conciencia y la estructura sentimental de toda la población. Como bien expresó Galtieri, uno de los líderes de la dictadura, “en el campo intelectual la lucha es más larga, más a fondo [...] va a demandar mayor tiempo que la lucha militar”. Esta afirmación es profundamente cierta. De hecho, esa escalada reaccionaria, esa batalla por las ideas, continuó incluso bajo la democracia. La profundidad de esa larga derrota ideológica aún se percibe en los cambios en la forma de presentar los problemas en los materiales educativos actuales.
Mientras antes existían libros que hablaban de huelgas y de explotación, hoy en día se nos presentan narrativas que enfatizan la “concordia” y la “dignidad” del trabajo, a menudo silenciando las contradicciones de clase. Mientras ayer nos narraban la vida pobre y obrera de Laurita, hoy los materiales del Ministerio de Educación nos cuentan todas las cosas que podemos comprar en la “Feria de Tristán”, sin importar cuánto dinero tengamos, creando una ilusión de acceso universal que dista mucho de la realidad. Resulta, en este sentido, paradójico que la izquierda revolucionaria, hoy día, a veces sostenga una abstracta “libertad de los artistas”, negando la relación intrínseca del texto con su contexto, que no es otro que la permanente lucha de clases. Quizás, como sociedad, deberíamos aprender de la astucia del “enemigo” ideológico y comprender el verdadero poder de las palabras, especialmente aquellas que forjan las mentes más jóvenes.
Preguntas Frecuentes sobre la Censura de Libros Infantiles en el Proceso
¿Por qué la dictadura militar se enfocó específicamente en la literatura infantil?
El Proceso consideraba que la educación y la literatura infantil eran herramientas cruciales para la formación de la conciencia y los valores de las nuevas generaciones. Censurando estos libros, buscaban erradicar cualquier idea que pudiera desafiar el orden establecido, como la solidaridad, la crítica a la explotación o la visibilización de la pobreza, asegurando así la hegemonía ideológica del régimen a largo plazo.
¿Qué tipo de temas consideraba el Proceso "subversivos" en los libros para niños?
Se consideraban subversivos temas que promovieran la organización obrera (huelgas), que cuestionaran la explotación y la propiedad privada, que visibilizaran las desigualdades sociales o la pobreza infantil, y que mostraran una "crisis de conciencia burguesa" o empatía con las luchas de clases. Cualquier contenido que incitara al pensamiento crítico o a la solidaridad era visto como una amenaza.
¿La censura solo afectó a autores con pasado militante?
No, la censura no se limitó a autores con un pasado militante activo. Como se demostró con los casos de Elsa Bornemann o Laura Devetach, muchos autores fueron sorprendidos por la prohibición de sus obras, a pesar de no tener una afiliación política explícita. La dictadura censuraba las ideas y los mensajes que consideraba peligrosos, independientemente de la intencionalidad o el perfil político de los autores.
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