¿Por qué es importante leer los clásicos de la literatura?

Desentrañando los Clásicos: Guía para su Lectura

13/04/2022

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La palabra “clásico” evoca instantáneamente una sensación de respeto, casi reverencia. Nos trae a la mente volúmenes de naturaleza colosal, obras que, como el Caballo de Troya o Moby Dick, han contribuido a esculpir el mundo con el vigor de sus inmortales palabras. Sin embargo, para muchos, este término es, paradójicamente, sinónimo de todo lo que un libro no debería ser: aburrido, polvoriento y difícil. ¿Cómo podemos, entonces, acercarnos a estas joyas literarias, despojándolas de su aura imponente para descubrir la riqueza que encierran? La clave reside en comprender su verdadera esencia y adoptar una perspectiva de lectura que las haga relevantes y disfrutables en nuestro tiempo.

¿Cómo leer los libros clásicos?
Para leer los libros clásicos, es necesario establecer desde dónde se los lee. De lo contrario, tanto el libro como el lector se pierden en una nube intemporal. El máximo «rendimiento» de la lectura de los clásicos se obtiene al alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad.
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¿Qué Define Realmente a un "Clásico"? Más Allá del Miedo Reverencial

La pregunta sobre qué hace a un libro ser un clásico ha sido una constante en la historia de la literatura y la crítica. Mark Twain, con su acidez característica, bromeaba que un clásico es un libro que la gente elogia pero no lee; un libro que todo el mundo quiere haber leído, pero nadie quiere leer. Esta mordaz observación subraya una triste realidad: a menudo damos por sentados los clásicos precisamente porque han permeado nuestra cultura desde tiempos inmemoriales. Los asociamos con imposiciones académicas o con el intelectualismo más rancio, relegándolos al rincón más recóndito de una estantería olvidada.

Pero, ¿es esta la verdadera naturaleza de un clásico? Italo Calvino, en su magnífico libro Por qué leer los clásicos, propone una de las definiciones más citadas: «los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir «Estoy releyendo…» y nunca «Estoy leyendo…»». Esta frase encierra una verdad profunda: un clásico es una obra que se presta a incesantes revisiones e interpretaciones; un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir, de ahí que su potencial recorrido se antoje infinito. No es una lectura de una sola vez, sino una fuente inagotable de nuevos descubrimientos con cada aproximación.

El tiempo, ese crítico literario por excelencia, es el que separa el trigo de la cizaña. Lo que perdura, lo que siempre permanece, son los clásicos, una fuente inagotable de calidad, conocimiento y, ante todo, humanidad. Como escribió Jorge Luis Borges en su ensayo «Sobre los clásicos», un clásico es «aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término». Los clásicos son leídos con un «previo fervor y con una misteriosa lealtad» por generaciones de hombres.

Su principal atributo es, quizás, su marcada universalidad. Un clásico de verdad no es aquel que se resiste al devenir del tiempo por su ya descafeinada influencia o por sus innovaciones estilísticas de antaño. Antes bien, clásico es, sencillamente, aquel libro que continúa transmitiendo su mensaje con tanta o más fuerza como lo hizo el día de su publicación. No es un libro de una sola voz, sino de una ilimitada pluralidad de voces, una opera aperta, como diría Umberto Eco, que exige la participación activa del lector para revelar sus múltiples significados. Solo así pueden leerse en clave contemporánea y permanecer relevantes, diciéndonos tanto del mundo presente en que vivimos como del mundo pasado sobre el que escribió su autor.

No obstante, ningún clásico tiene la eternidad asegurada. Borges mismo advertía que «las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud». Algunos clásicos, de hecho, tienen fecha de caducidad. Pero el siglo XX nos ha enseñado que la literatura moderna está repleta de ellos, desde El gran Gatsby hasta Cien años de soledad, demostrando que no necesitamos esperar siglos para que un libro se consagre. Siempre habrá clásicos, porque la necesidad de la humanidad de expresarse y de encontrar sentido en las historias es eterna.

La definición más reveladora de Calvino es quizás la undécima, que ubica la esencia de los clásicos en el plano subjetivo del lector: «tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él». Un clásico de verdad es aquel que nos cambia irremediablemente, que se convierte en parte íntegra de nuestro ser y nos acompaña como un fiel amigo, un libro del que podemos depender ciegamente.

¿Cómo leer los libros clásicos?
Para poder leer los libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. De lo contrario tanto el libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Así pues, el máximo «rendimiento» de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad.

La Imperiosa Pregunta: ¿Por Qué, en Verdad, Leer los Clásicos?

La pregunta persiste: ¿por qué leer los clásicos? ¿Qué puede aportarle a usted una epopeya en verso de hace milenios o una novela gótica sobre una joven huérfana? Es cierto que los clásicos no le curarán un dolor de espalda, ni aliviarán sus cargas económicas, ni pondrán fin a guerras. En un sentido puramente utilitario, los clásicos, realmente, no sirven para nada.

Pero su valor trasciende la utilidad práctica. Como escribió Charles Augustin Sainte-Beuve, un clásico es importante porque «nos devuelve nuestros propios pensamientos con toda riqueza y madurez […] y nos da esa amistad que no engaña, que no puede faltarnos y nos proporciona esa impresión habitual de serenidad y amenidad que nos reconcilia con los hombres y con nosotros mismos». Los clásicos nos proporcionan unos cimientos necesarios para aprender a discernir lo bueno de lo meramente oportuno. Abordan conflictos humanos fundamentales, como la lucha entre la justicia divina y la humana que vemos en Antígona, o la limitación del conocimiento humano. Nos muestran la importancia de la templanza y el equilibrio frente al orgullo y la obcecación.

Al releer el pasado, ese pasado sobre el que tanto se ha escrito, sucede que, en muchas ocasiones, estamos en realidad leyendo acerca del presente, sobre el que tanto queda por escribir. Los clásicos nos hacen más humanos y, por ello, más libres como personas. Nos permiten explorar la complejidad de la experiencia humana, los dilemas morales, las grandes preguntas existenciales que, aunque formuladas en otro tiempo, resuenan con fuerza en el nuestro. Son un espejo en el que nos vemos a nosotros mismos, y ese «nosotros» idealmente nunca cambia.

Estrategias para una Lectura Enriquecedora de los Clásicos

Para leer los libros clásicos, es necesario establecer desde dónde se los lee. De lo contrario, tanto el libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Esto implica reconocer el contexto histórico y cultural en el que fueron escritos, pero también entender que su mensaje sigue siendo relevante hoy. Una estrategia útil es alternar su lectura con la de obras de actualidad, lo que permite obtener el máximo rendimiento de ambas, enriqueciendo la perspectiva y evitando la sensación de estar atrapado en el pasado.

Es fundamental abordar los clásicos con normalidad y sin miedo. Un clásico, al fin y al cabo, no deja de ser un libro, con todo lo que eso entraña. No es necesario que transcurran siglos para que un libro sea considerado un clásico. La literatura moderna está repleta de ellos, desde novelas hasta poesía y relatos cortos. No esperemos a que los demás digan que un libro es un clásico para atrevernos a decirlo nosotros mismos. La lectura de un clásico debe ser un acto placentero, producto de la libertad más absoluta, y no un vía crucis que nos hunda sin misericordia en la desazón intelectual.

Calvino nos advierte: «si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino solo por amor». Los clásicos deben liberarnos, no amordazarnos. Si un libro, clásico o no, no le dice nada, sencillamente no es un buen libro para usted en ese momento. Reconocer que no todos los clásicos han de serlo para cada uno (es decir, admitir que hay «clásicos» aburridos y mediocres para nuestro gusto personal) es el primer paso para alcanzar la libertad como lector. En lugar de “los clásicos”, quizás sea más apropiado hablar de “mis clásicos”, construyendo así una biblioteca ideal basada en la conexión personal, no en la obligación.

¿Cuántas novelas clásicas deberías leer al menos una vez en la vida?
Como esta lista de las 30 novelas clásicas que deberías leer al menos una vez en la vida, esta otra sobre los libros clásicos universales, o esta otra con los 100 mejores libros del mundo y de todos los tiempos. Incluso un test que te ayudan a elegir el clásico a leer según tus gustos.

Tabla Comparativa: Mitos vs. Realidades de los Clásicos

Mito Común sobre los ClásicosRealidad del Clásico
Son aburridos y difíciles de entender.Son dinámicos y capaces de múltiples interpretaciones.
Solo sirven para el estudio académico.Ofrecen una experiencia personal y transformadora.
Son libros muertos, polvorientos y obsoletos.Están vivos, se renuevan y son atemporales.
Deben leerse por obligación o respeto.Se leen por amor, placer y conexión personal.
Solo los escribieron autores de hace siglos.Existen clásicos modernos y contemporáneos.
Su mensaje es único y fijo.Son una "opera aperta" con pluralidad de voces.

Preguntas Frecuentes sobre la Lectura de Clásicos

¿Necesito ser un experto en literatura para leer un clásico?

Absolutamente no. Los clásicos están escritos para ser leídos por cualquier persona dispuesta a sumergirse en ellos. No necesitas conocimientos previos especializados. Lo importante es la curiosidad y la apertura a nuevas ideas y formas de ver el mundo. Si bien el contexto histórico puede enriquecer la lectura, no es un requisito indispensable para disfrutar la obra.

¿Qué hago si un clásico no me gusta o me parece aburrido?

¡No pasa nada! No todos los clásicos conectarán con todos los lectores. Como dijo Calvino, si la chispa no salta, no hay nada que hacer. La lectura debe ser un placer, no una tortura. Si un libro no te atrapa después de darle una oportunidad razonable, déjalo y busca otro. Hay miles de clásicos esperando ser descubiertos, y tu tiempo como lector es valioso. Tener criterio propio es esencial.

¿Son solo "libros viejos" los clásicos?

No, para nada. Aunque muchos clásicos provienen de la antigüedad o de siglos pasados, el concepto de clásico es dinámico. El siglo XX y el XXI han producido y siguen produciendo obras que ya son consideradas clásicos modernos. Un clásico no se define por su antigüedad, sino por su capacidad de perdurar, de seguir hablando a las generaciones futuras y de ofrecer una relevancia atemporal.

¿Debería releer los clásicos?

La relectura de los clásicos es una de sus mayores virtudes. Como bien señala Calvino, se suele oír «Estoy releyendo…» y nunca «Estoy leyendo…» al hablar de clásicos. Cada vez que vuelves a ellos, tu propia experiencia de vida ha cambiado, y esto te permite descubrir nuevas capas de significado, comprender matices que antes pasaron desapercibidos y profundizar en la obra de maneras insospechadas. Son libros que nunca terminan de decir lo que tienen que decir.

¿Pueden los clásicos dejar de serlo?

Sí, es una posibilidad. Aunque la idea de un clásico es la de una obra que perdura, algunos pueden perder relevancia con el tiempo para ciertas audiencias o épocas. Borges creía que las obras clásicas no tienen la eternidad asegurada, ya que los medios y las formas deben variar para no perder su virtud. Sin embargo, esto no demerita su valor en su momento o para otras generaciones. La discusión sobre qué permanece y qué se desvanece es parte de la vitalidad de la literatura.

En resumen, los clásicos nos invitan a un viaje fascinante, un diálogo a través del tiempo con las mentes más brillantes de la humanidad. No son objetos de estudio inamovibles, sino compañeros de viaje que nos ofrecen perspectivas, nos desafían y, en última instancia, nos hacen más libres. El misterio que los rodea no es una barrera, sino una invitación a explorar. Porque, con toda probabilidad, será en los clásicos donde, algún día, pueda materializarse esa preciosa frase de Cervantes:

En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia.

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