¿Por qué no somos totalmente libres?

La Condena de la Libertad: Ser y Elegir

18/01/2024

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Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha reflexionado sobre su lugar en el universo y el grado de control que posee sobre su propio destino. ¿Somos meros peones en un gran tablero cósmico, o arquitectos de nuestra propia realidad? La filosofía existencialista, particularmente a través de la figura monumental de Jean-Paul Sartre, nos confronta con una respuesta tan liberadora como abrumadora: somos seres libres, tan libres que estamos «condenados a ser libres». Esta afirmación no es una mera licencia para hacer lo que queramos, sino una profunda declaración sobre la naturaleza de nuestra existencia y la ineludible responsabilidad que conlleva cada una de nuestras elecciones.

¿Qué quiere decir que somos seres libres?
Nacemos libres, Sartre explica que somos seres condenados a ser libres, no somos una cosa existente del mundo sino un yo condenado a hacerse y, por lo mismo, condenado a ser libre.

La noción de que somos seres libres a menudo choca con nuestra inclinación natural a buscar un orden preestablecido, un plan divino o un destino inmutable. Resulta reconfortante pensar que nuestras vidas están guiadas por fuerzas superiores, que hay un guion ya escrito que nos exime de la carga de la decisión. Sin embargo, Sartre nos invita a mirar de frente la cruda verdad: esa calidez que nos envuelve al decir «estaba escrito en las estrellas» se desvanece cuando nos enfrentamos a la capacidad humana para la crueldad y el horror, como lo demostraron las guerras mundiales y el Holocausto. Estos eventos catastróficos, que sacudieron los cimientos de la fe en Dios y en la bondad inherente del ser humano, impulsaron a los filósofos existencialistas a cuestionar lo más esencial: «¿Qué sabemos y cómo lo sabemos?»

Para pensadores como Sartre, la única verdad innegable es que existimos. «Todo lo que realmente sabemos es que existimos», afirmaron. Esto significa que nuestra experiencia del mundo es fundamentalmente subjetiva y que, a partir de esta existencia consciente, se despliega nuestra libertad.

Índice de Contenido

La Libertad como Esencia de la Existencia

La íntima conexión entre la libertad y la existencia es un pilar central en la obra de Sartre. En su novela seminal, La Náusea, el protagonista Antoine Roquentin, en su desesperada búsqueda de la nada, descubre paradójicamente que incluso al aspirar a la inexistencia, está realizando una elección. Este acto, el de elegir la nada, lo aleja de ella, reafirmando su propia existencia y, por ende, su libertad. Roquentin se da cuenta de que es absolutamente libre y la libertad es existencia.

«Yo soy mi pensamiento, por eso no puedo detenerme. Existo porque pienso… y no puedo dejar de pensar. En este mismo momento —es atroz— si existo es porque me horroriza existir. Yo, yo me saco de la nada a la que aspiro; el odio, el asco de existir son otras tantas maneras de hacerme existir, de hundirme en la existencia. Los pensamientos nacen a mis espaldas, como un vértigo, los siento nacer detrás de mi cabeza… si cedo se situarán aquí delante, entre mis ojos, y sigo cediendo, y el pensamiento crece, crece, y ahora, inmenso, me llena por entero y renueva mi existencia.»

— Jean-Paul Sartre, La Náusea

En su obra maestra filosófica, El ser y la nada, Sartre profundiza en esta idea, explicando que la conciencia no es una entidad abstracta, sino que siempre es «conciencia de algo». Además, la conciencia es conciencia de sí misma y, por tanto, conciencia de ser y conciencia de libertad. Experimentamos esta conciencia de nuestra libertad, y la responsabilidad que de ella emana, a través de la angustia. La angustia, para Sartre, es la revelación de que nuestro ser es pura posibilidad, que estamos constantemente proyectándonos hacia el futuro a través de nuestras elecciones y asumiendo la carga de ser quienes decidimos ser.

Esta estructura de la libertad no es una cualidad innata o una esencia predefinida, porque, según Sartre, «la existencia precede a la esencia». El ser humano no nace con una esencia o naturaleza preestablecida que lo defina; más bien, primero existe, y a través de sus elecciones y acciones, va construyendo su propia esencia. Esto contrasta radicalmente con los objetos inanimados, cuya esencia (su función, su diseño) precede a su existencia. Para un ser humano, no hay un manual de instrucciones previo a su vida; somos el resultado de lo que elegimos ser en cada instante. La contingencia, la ausencia de una necesidad o propósito inherente a la vida, es lo absoluto; la existencia es pura gratuidad, sin una razón de ser impuesta desde el exterior.

La Condena a la Libertad: Sin Excusas

La idea de que «no hay una naturaleza humana» que nos dicte quiénes somos o cómo debemos actuar es central en el pensamiento sartreano. No somos libres porque tengamos una esencia de libertad; más bien, nuestra libertad es el fundamento de nuestro ser. «El hombre no es primeramente para ser libre después: no hay diferencia entre el ser del hombre y su ‘ser-libre’». Esto nos deja en una posición única y, para muchos, aterradora: estamos solos en la forja de nuestro ser, sin un guion preescrito, lo que nos convierte en los únicos responsables de lo que lleguemos a ser.

Esta libertad no es una elección; es una condición inherente a la existencia humana. Sartre afirma que estamos «condenados a ser libres» porque no elegimos ser libres, sino que simplemente estamos «arrojados» en la libertad, o como diría Heidegger, «dejados ahí». Esta facticidad de la libertad implica que, aunque existan límites físicos en el mundo (nuestro cuerpo, las leyes de la física, nuestra situación específica al nacer), estos no son límites a nuestra libertad de elección, sino el contexto en el que se ejerce. Incluso ante la adversidad más extrema, siempre conservamos la libertad de decidir cómo responder, cómo interpretar nuestra situación y cómo proyectarnos hacia el futuro. Esto nos hace absolutamente responsables de nuestras acciones y de nuestra manera de ser en el mundo. No hay excusas; cada elección es nuestra y solo nuestra. El peso del mundo recae sobre nuestros hombros, pues somos co-creadores de la realidad a través de nuestras decisiones.

Sartre nos invita a vivir auténticamente, lo que significa asumir plenamente esta responsabilidad. No podemos huir de nuestra libertad a través del autoengaño o la «mala fe», pretendiendo que somos víctimas de las circunstancias o que nuestras acciones están determinadas por fuerzas externas. La libertad no es una cualidad que poseamos, sino el mismo hacerse de nuestra conciencia. Somos un continuo «hacerse», y no somos nada que no hayamos elegido. Esta autonomía de elección es la esencia de la libertad sartreana: siempre tenemos una opción, por lo tanto, debemos elegir. Nuestros objetivos y motivaciones no nos son dados, sino que son creados por nuestra propia libertad.

Antoine Roquentin, al perder las razones externas que le daban sentido a su vida, como su amiga Anny, se ve confrontado con su absoluta libertad. Comprende que debe aceptar esta realidad y vivir en virtud de ella, trascendiéndose a sí mismo. Sobrevivir a uno mismo es un acto de afirmación perpetua de la libertad, un constante salir de lo que se es para convertirse en lo que se puede ser.

¿Por Qué el Individuo Debe Seguir Siendo Libre? Una Perspectiva Complementaria

Mientras que Sartre aborda la libertad desde una perspectiva existencial profunda, otros pensadores, como Javier Cardozo, nos invitan a reflexionar sobre la importancia fundamental de la libertad individual en el contexto de nuestra vida social y nuestro desarrollo personal. La libertad, lejos de ser un concepto abstracto, es un pilar esencial para la realización plena del ser humano y para la construcción de una sociedad justa y próspera.

Las Dimensiones del Ser y el Nacimiento del «Yo»

Para comprender la necesidad de la libertad, es crucial reconocer la complejidad del ser humano. Somos seres compuestos por tres dimensiones interconectadas: un cuerpo físico y dos aspectos inmateriales: la mente y el espíritu. Mientras el cuerpo nos permite interactuar con el mundo material y experimentar sus limitaciones, es la mente (con su capacidad de raciocinio, lenguaje y percepción de ideas, tanto simples como complejas, como explicó John Locke) la que nos dota de una particular dimensión. A diferencia de los animales o los objetos, que interactúan de forma más mecanicista y carecen de voluntad o conciencia en su desenvolvimiento, el ser humano posee la capacidad de la reflexión y la autodeterminación.

Gracias a nuestra mente, no solo percibimos el mundo exterior, sino que también nos percibimos a nosotros mismos. De esta autopercepción, de este saber de nuestra propia existencia, surge el concepto del «yo». Este «yo» no es una mera parte del mundo, sino un ser distinto, separado del resto de los seres, tanto racionales como irracionales. Este «yo», que es un ser diferenciado, posee «potencia», es decir, la capacidad de realizar actos y hacerlo de forma voluntaria. Por lo tanto, el ser humano es libre precisamente porque es un ser con raciocinio que se percibe a sí mismo como un sujeto único y diferenciado, lo que constituye la idea del individuo, y este individuo actúa por voluntad propia en relación con el mundo exterior. La libertad es, en esencia, la expresión de este «yo» consciente y voluntario.

Límites de la Libertad: Un Equilibrio Necesario para la Convivencia

Es importante aclarar que esta concepción de la libertad no es absolutista, no implica la capacidad de hacer absolutamente todo sin obstáculos. Una libertad ilimitada, al estilo de la omnipotencia, no sería aplicable a ningún ser no divino, ya que todos nos enfrentamos a las trabas del mundo físico. La libertad humana se entiende como la posibilidad de realizar actos en el mundo sin otro límite que el derecho de los demás a ser libres y las restricciones físicas lógicas.

¿Por qué el individuo debe seguir siendo libre?
Hay argumentos lógicos, filosóficos e inclusive antropológicos de porque el individuo es y debe seguir siendo libre, sin embargo hay varias corrientes ideológicas que reducen considerablemente la libertad del sujeto al grupo social o no toman en cuenta principios claves como los comentados en este escrito.

La distinción es crucial. No podemos volar sin alas (un límite físico evidente), pero sí podemos elegir intentar construir un avión o encontrar otras formas de desplazamiento. El límite más relevante en el ámbito social es el principio de no agresión. El liberalismo, a menudo definido por figuras como Javier Milei como «el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo», encierra este principio fundamental. Esto significa que, aunque no estemos de acuerdo con el proyecto de vida de otra persona, o incluso si nos desagrada, no tenemos derecho a coaccionarla u obligarla a comportarse de una manera específica. Podemos intentar influenciar o convencer pacíficamente a través del diálogo y la razón, pero nunca obligar, porque al hacerlo, estaríamos violentando su individualidad y su libertad. Reconocer la libertad del otro es el cimiento de una sociedad que valora la diversidad de proyectos de vida y la autonomía personal.

El ser humano posee dos instintos fundamentales que, aunque a veces parecen opuestos, son complementarios: el instinto social y el instinto individual. Necesitamos vivir en comunidad, compartir, interactuar y sentirnos parte de un grupo. Sin embargo, también necesitamos reafirmar nuestra individualidad, sentirnos únicos y libres. El ser humano, por naturaleza, necesita sentirse libre porque así reafirma su existencia única. Sin libertad, un sujeto se convierte en parte de una masa, un ente inanimado o una mera pieza de un ser más grande, perdiendo su conciencia individual y su capacidad de ser verdaderamente libre. La libertad es el oxígeno que alimenta la chispa de la individualidad.

Libertad, Desarrollo Pleno y Felicidad: Un Camino Personal

La libertad es indispensable para el desarrollo pleno del individuo. El objetivo de la vida humana, para muchos, es la búsqueda de la felicidad. Sin embargo, la felicidad es un concepto profundamente subjetivo; lo que hace feliz a una persona puede no hacer feliz a otra. Por lo tanto, nadie puede ser obligado a ser feliz. La libertad permite al individuo escoger qué desea hacer, qué actividades desarrollar, qué camino seguir en la vida, qué valores priorizar, lo que en última instancia lo acerca a su propia concepción de la felicidad. Si se imponen trabas arbitrarias, si se impide el accionar libre, se aniquila la libertad y, con ella, la posibilidad de la felicidad genuina y la autorrealización.

Es importante desmentir la falsa idea de que la defensa del individualismo implica un estilo de vida egoísta o destructivo, donde una persona busca obtener lo que quiere a costa de los demás. Esta es una interpretación errónea, a menudo asociada con visiones nietzscheanas extremas, que va en contra de la necesidad social de los humanos y del principio de no agresión. Reafirmar la individualidad no significa aniquilar a los otros o adoptar un estilo de vida solitario. Por el contrario, cuando un ser humano actúa con libertad, a menudo lo hace para su propio beneficio y, simultáneamente, para el beneficio de los demás. El comercio es un ejemplo claro de cómo el intercambio voluntario entre individuos libres genera beneficios mutuos: el vendedor obtiene un beneficio (dinero) y el comprador obtiene un objeto o servicio que necesita, creando un valor que no existiría sin la libertad de ambas partes. Las acciones que violan el principio de no agresión (como tomar algo por la fuerza) no son expresiones de libertad legítima, sino abusos que atentan contra la libertad y los derechos de los demás, y que justifican la defensa legítima por parte de la persona afectada.

Reflexiones Finales: La Carga y la Grandeza de Ser Libres

La libertad, entonces, se presenta como una dualidad: una condena en el sentido existencial de Sartre, pues no podemos escapar a la necesidad de elegir, y una condición indispensable para el florecimiento humano, como lo postulan otros pensadores. Desde la perspectiva sartreana, nuestra conciencia es un continuo hacerse, un proyecto consciente que nos obliga a trascendernos. Ser libres es el compromiso de transformarnos, de ser algo distinto de lo que somos en cada momento, asumiendo íntegramente cada situación con la conciencia orgullosa de ser sus autores. Cada elección que hacemos nos define, nos moldea y nos convierte en aquello que decidimos ser. Somos el fundamento de todos los valores, y por ello, responsables del mundo y de nosotros mismos.

Reconocer y abrazar esta libertad, a pesar de la angustia que pueda generar, es el camino hacia una vida auténtica. Huir de ella en la «mala fe» es renunciar a nuestra propia esencia. La concepción de la libertad de Sartre, que se descubre a sí misma en medio del asco existencial de Roquentin, no admite excusas: somos responsables de nuestra libertad y de lo que hacemos con ella. La libertad no es simplemente la capacidad de hacer algo, sino la autonomía de elegir, de crear nuestras propias posibilidades.

Desde argumentos lógicos y filosóficos hasta antropológicos, la defensa de la libertad individual es imperativa. Aunque existen visiones ideológicas que buscan reducir la libertad del sujeto al grupo social o ignoran principios clave como el de no agresión, es fundamental sostener la postura de que el ser humano, al percibir el mundo exterior y a sí mismo como un «yo» único y diferenciado, es un individuo capaz de acciones voluntarias. Estas acciones, aunque limitadas por la lógica física y el principio de no agresión hacia los demás, son la expresión de nuestra inherente libertad. Debemos ser firmes en esta defensa y desvelar los mitos que intentan socavar este concepto tan vital para nuestra existencia y para la construcción de un futuro donde cada individuo pueda florecer plenamente.

Preguntas Frecuentes sobre la Libertad Humana

¿Es la libertad una carga o un regalo?

Para Jean-Paul Sartre, la libertad es ambas cosas, y esta dualidad es la fuente de la angustia existencial. Es un regalo invaluable porque nos confiere la capacidad de definirnos a nosotros mismos, de crear nuestro propio significado en un mundo que carece de un propósito preestablecido. Nos permite ser los arquitectos de nuestra propia esencia. Sin embargo, también es una carga inmensa porque implica una responsabilidad absoluta por cada una de nuestras elecciones y acciones. No hay escapatoria a esta responsabilidad; no podemos culpar a Dios, al destino o a nuestra «naturaleza» por lo que somos o hacemos, lo que genera una profunda angustia al darnos cuenta de que somos el único fundamento de nuestro ser.

¿Podemos realmente escapar de nuestra libertad?

Según Sartre, no. Estamos «condenados a ser libres», lo que significa que no podemos dejar de ser libres. La libertad no es algo que podamos poseer o no, sino que es constitutiva de nuestro ser como conciencia. Incluso la decisión de no elegir, de procrastinar o de huir de la responsabilidad es, en sí misma, una elección y un acto de libertad. Lo que Sartre llama «mala fe» es el intento de engañarnos a nosotros mismos sobre nuestra libertad, de pretender que somos objetos determinados por fuerzas externas o por una supuesta «esencia» predefinida. Pero incluso en la mala fe, somos libres de elegir autoengañarnos.

¿Cuáles son los límites de la libertad humana?

Desde la perspectiva existencialista de Sartre, los únicos límites a nuestra libertad son la libertad misma (no podemos elegir dejar de ser libres) y la «facticidad» de nuestra situación. La facticidad se refiere a las condiciones concretas y contingentes en las que existimos: nuestro cuerpo, el lugar y tiempo de nuestro nacimiento, las leyes de la física, etc. Sin embargo, incluso la facticidad no anula la libertad, sino que proporciona el escenario y los obstáculos para su ejercicio. Siempre somos libres de elegir cómo interpretar y cómo responder a nuestra facticidad. Desde una perspectiva más social y ética, la libertad individual encuentra su límite en el derecho de los demás a ser igualmente libres. El principio de no agresión es fundamental: mi libertad termina donde comienza la libertad del otro, estableciendo un marco de convivencia basado en el respeto mutuo de la autonomía.

Si no hay una «naturaleza humana», ¿cómo sabemos cómo actuar?

Precisamente porque no hay una naturaleza humana predefinida, somos nosotros quienes debemos crear nuestros propios valores y darle sentido a nuestra existencia a través de nuestras elecciones y compromisos. No hay un manual de instrucciones universal o un código moral inherente que nos dicte cómo actuar. Actuamos basándonos en nuestra conciencia, nuestras proyecciones de futuro y la responsabilidad que asumimos al elegir. Cada elección contribuye a forjar lo que somos individualmente y, de alguna manera, lo que la humanidad puede ser. Es un proceso continuo de creación y autodefinición.

¿Cómo se relaciona la libertad con la felicidad y el desarrollo personal?

La libertad es vista como un requisito indispensable para la verdadera felicidad y el desarrollo pleno del individuo. Dado que la felicidad es un concepto subjetivo y profundamente personal (lo que hace feliz a una persona puede no hacer feliz a otra), solo a través de la libertad de elegir nuestros propios caminos, actividades, proyectos de vida y valores, podemos aspirar a alcanzarla de manera auténtica. La coacción o la imposición de un camino (incluso si se argumenta que es para nuestro «bien») anula la posibilidad de una felicidad genuina y de un desarrollo personal significativo, ya que estos deben ser una construcción personal y voluntaria, fruto de nuestra propia autodeterminación.

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