21/01/2023
A cuarenta años del golpe cívico-militar que sumió a la Argentina en una de sus etapas más oscuras, la memoria colectiva sigue explorando las profundas heridas dejadas por la represión. Entre las muchas facetas de ese período, la censura cultural, y en particular la prohibición de libros, se erige como un testimonio escalofriante de un régimen que buscó no solo controlar los cuerpos, sino también las mentes y las ideas. La Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, a través del Centro de Mediación e Investigación sobre Prácticas de Escritura y Lectura Infantil y Juvenil (CEMILLIJ), ha recordado recientemente esta faceta, exhibiendo los libros infanto-juveniles que fueron vedados, en un esfuerzo por mantener viva la conciencia histórica y entender cómo el pasado aún resuena en nuestro presente.

- El Silencio Impuesto: La Censura de Libros en la Dictadura Argentina
- ¿Por qué los libros eran una amenaza para el régimen?
- La Quema de Libros: Un Símbolo de la Barbarie Cultural
- La Inocencia Bajo Ataque: Libros Infantiles y Juveniles Prohibidos
- “Operación Claridad”: El Mecanismo de Control Total
- Los Decretos de la Dictadura: La Legalización de la Represión Cultural
- Más Allá de las Páginas: ¿Por qué tanta violencia contra la cultura?
- Preguntas Frecuentes sobre la Censura en la Dictadura Argentina
- Conclusión: La Memoria Como Resistencia
El Silencio Impuesto: La Censura de Libros en la Dictadura Argentina
La dictadura cívico-militar argentina, autodenominada “El Proceso de Reorganización Nacional”, implementó una política de control cultural férrea y sistemática. La censura no fue un acto aislado, sino una estrategia integral para eliminar cualquier forma de pensamiento crítico o disidente. Los libros, especialmente aquellos dirigidos a niños y jóvenes, se convirtieron en un blanco prioritario.
¿Por qué los libros eran una amenaza para el régimen?
La respuesta de la dictadura a la cultura y al conocimiento puede parecer desproporcionada, pero revela la profunda paranoia de un régimen autoritario. Como señala la Prof. Claudia Santiago, directora del CEMILLIJ, los militares temían a los cuentos que “ponían en discusión la autoridad o el orden establecido”. Cualquier atisbo de cuestionamiento, de imaginación desbordante o de una visión del mundo que no encajara en los estrechos parámetros impuestos, era considerado subversivo. La fantasía, lejos de ser vista como una herramienta de desarrollo infantil, se percibía como un peligroso catalizador. “Si había un exceso de fantasía también era prohibido”, explica Santiago, refiriéndose a la “dicotomía de fantasía-realidad” que los censores tenían en cuenta. Para ellos, “los libros tenían que dar cuenta de una realidad establecida, ordenada, donde las cosas podían suceder de un solo modo”. La capacidad de un niño de imaginar “otro orden, otra manera de significar al mundo” era vista como una amenaza directa a la hegemonía ideológica que la dictadura pretendía cimentar.
La Quema de Libros: Un Símbolo de la Barbarie Cultural
Quizás uno de los episodios más brutales y simbólicos de esta represión cultural fue la quema masiva de libros. El Centro Editor de América Latina (CEAL), una editorial emblemática por su compromiso con la difusión del conocimiento y la cultura popular, se convirtió en un objetivo principal de la Junta Militar. En 1978, el CEAL fue acusado de “publicar y distribuir libros subversivos”. La persecución alcanzó su punto álgido el 30 de agosto de 1980, en un terreno baldío de Sarandí, Buenos Aires. Ante la presencia de Boris Spivacow, fundador del CEAL, un millón y medio de libros fueron descargados de camiones, rociados con nafta e incendiados. Entre ellos, había obras de pensadores como Comte, Marx, Varsasky, y figuras políticas como Perón, Evita y el Che Guevara. Pero la barbarie no se detuvo ahí; miles de otros volúmenes que abordaban temas tan diversos como el movimiento obrero, la ciencia o el cuerpo humano, también fueron pasto de las llamas. Aunque Spivacow logró recuperar algunos ejemplares tras acciones legales, el CEAL nunca pudo reponerse completamente de ese golpe devastador. Este acto no fue solo la destrucción de papel, sino un intento de borrar la memoria, de aniquilar el pensamiento y de imponer un silencio absoluto sobre cualquier idea que desafiara el status quo.
La Inocencia Bajo Ataque: Libros Infantiles y Juveniles Prohibidos
La censura se extendió incluso a la literatura infantil y juvenil, un ámbito que a priori parecería ajeno a las preocupaciones de un régimen militar. Sin embargo, para la Junta Militar, estos libros eran “subversivos” precisamente porque invitaban a la fantasía y a la imaginación de “realidades diferentes a la establecida”. La capacidad de la fantasía para abrir la mente a nuevas posibilidades era lo que la convertía en un peligro.
A continuación, algunos ejemplos icónicos de libros infantiles prohibidos y las absurdas justificaciones del régimen:
“La Torre de Cubos” de Laura Devetach
Esta obra, considerada un clásico de la literatura infantil argentina, fue prohibida por la resolución N° 480 del Ministerio de Cultura y Educación de Córdoba. Los argumentos esgrimidos son un claro reflejo de la mentalidad de la dictadura: “graves falencias tales como simbología confusa, cuestionamientos ideológicos-sociales, objetivos no adecuados al hecho estético, ilimitada fantasía, carencia de estímulos espirituales y trascendentes”. Más allá de la retórica, la verdadera razón era que el libro criticaba “la organización del trabajo, la propiedad privada y el principio de autoridad”, temas que el régimen no toleraba.
“Un elefante ocupa mucho espacio” de Elsa Bornemann
Prohibido el 13 de octubre de 1977, este cuento infantil es un ejemplo paradigmático de la paranoia dictatorial. La trama, en la que un elefante de circo convence a sus compañeros animales de ir a la huelga para reclamar sus derechos, fue considerada una incitación a la “subversión”. El decreto militar afirmaba que el libro tenía una “finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo (…) De su análisis surge una posición que agravia a la moral, a la Iglesia, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone”. La imagen de un cartel que decía “CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES” era inaceptable para un régimen que reprimía ferozmente la organización sindical y social.

“La ultrabomba” de Augusto Bianco (y Mario Lodi)
Este cuento, prohibido por el decreto N° 1888 del 3 de septiembre de 1976, presenta a un piloto que se niega a arrojar una bomba sobre un pueblo lleno de niños y personas inocentes. En un acto de rebeldía, el piloto regresa al castillo y lanza la bomba sobre el rey y su socio. La negativa a cumplir una orden destructiva y la subversión del poder establecido eran, obviamente, intolerables para la lógica militar.
“Cinco dedos” de Ediciones de la Flor
Este libro infantil, en el que una mano verde persigue a los dedos de una mano roja que, para defenderse y vencer, se unen formando un puño colorado, fue prohibido el 8 de febrero de 1977. La justificación, similar a otros casos, fue que tenía una “finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica, propia del accionar subversivo”. La unión y la resistencia, incluso en un cuento infantil, eran mensajes que debían ser erradicados.
“El pueblo que no quería ser gris” de Beatriz Doumerc y Ayax Barnes
En esta obra, un rey autoritario ordena a todo su pueblo pintar sus casas de gris. Un habitante, inspirado por una paloma, decide pintar la suya de colores, y su acto se vuelve contagioso, ridiculizando a los soldados y al propio rey. Este cuento, que celebra la individualidad, la libertad y la resistencia pacífica, también fue prohibido, ya que desafiaba directamente la uniformidad y el control que el régimen buscaba imponer.
“Operación Claridad”: El Mecanismo de Control Total
La censura durante la última dictadura militar argentina no se limitó a la prohibición de libros específicos. Fue parte de un plan integral de represión cultural conocido como “Operación Claridad”. Este mecanismo abarcó la persecución y tortura de autores, la prohibición de libros y canciones, el cierre de editoriales y el vaciamiento sistemático de bibliotecas. A través del Ministerio del Interior, dirigido por Albano Hardindeguy, y con la anuencia del propio presidente de facto, Jorge R. Videla, se elaboraron decretos y listas negras que funcionaron como una guillotina cultural.
Los años setenta fueron un período de efervescencia social y política en Argentina, con importantes movimientos obreros y estudiantiles. Las creaciones culturales de la época, incluyendo los cuentos infantiles, reflejaban este espíritu de lucha y resistencia. Esto los convirtió en “sospechosos” para los represores, quienes veían en ellos “difusores de ideas peligrosas que atentaban contra los valores de ‘la moral, la familia y la patria’ que se pretendían imponer”. La censura fue, por tanto, un arma en la guerra contra cualquier manifestación de pensamiento crítico o de organización popular.
Los Decretos de la Dictadura: La Legalización de la Represión Cultural
El aparato represivo de la dictadura se encargó de revestir sus actos de una supuesta legalidad. Los decretos de prohibición, como los doce que salieron a la luz a través del Boletín Oficial entre marzo de 1976 y marzo de 1981, eran la herramienta para justificar el secuestro y la prohibición de publicaciones. La premisa era simple y brutal: “Prohíbese en todo el territorio de la Nación la distribución, venta y circulación del libro y secuéstrense los ejemplares correspondientes”. La justificación se basaba en las “facultades privativas del Poder Ejecutivo Nacional acordadas por el artículo 23 de la Constitución Nacional”, una interpretación sesgada y autoritaria que permitía al régimen eliminar cualquier contenido que “pudiese atentar contra los intereses de turno”.

Algunos ejemplos de libros y editoriales afectados por estos decretos incluyen:
- El Decreto S 268/1977, que prohibió siete libros de Editorial Siglo XXI: “Gramsci y la revolución de Occidente” de María Antonieta Macciochi, “Tribunal Russell” Sesiones de Estocolmo, “Sociología de la Explotación” de Pablo González Casanova, “Estudio sobre los orígenes del peronismo” de Juan Carlos Portantiero, “El Poder Negro” de Stokely Carmichael, “El Mayo Francés o el Comunismo Utópico” de Alain Touraine, y “Lógica Formal y Lógica Dialéctica” de Henri Lefevre.
- Las publicaciones de Ediciones Odal, prohibidas por el Decreto S 258/1977, bajo el argumento de que “coadyuvan a mantener y agravar las causas que determinaron la implantación del estado de sitio”.
- La obra de Haroldo Conti, escritor argentino detenido y desaparecido en mayo de 1976. Su libro “Mascaró - El cazador americano” de Editorial Crisis, fue prohibido por “poner de manifiesto por su contenido e intencionalidad, tendencias disociantes y metodologías de reclutamiento para la acción de la subversión armada”.
- El libro “El Marxismo Leninismo doctrina viva y eficiente”, cuya lectura, según el decreto, podía provocar “conductas atentatorias a la armonía”.
El control no se limitaba a los textos literarios; la dictadura también intervino en otras áreas culturales, como el cine, designando a la nueva cúpula del Instituto Nacional de Cinematografía con figuras militares, como el “señor Capitán de Fragata Contador Juan Enrique Salva” como Asesor.
Más Allá de las Páginas: ¿Por qué tanta violencia contra la cultura?
La pregunta persiste: ¿por qué un gobierno de facto, que ejercía una violencia extrema, llegó a atacar el patrimonio cultural, incluso el de los más chicos? La respuesta, como señalaba León Trotsky, es que “El Estado no es un fin en sí mismo sino que es el más perfecto medio de organización, desorganización y reorganización de las relaciones sociales”. La censura, la represión a artistas y escritores, la prohibición de libros, la tortura sistemática y la desaparición forzada de personas fueron partes integrantes de una vasta red de acciones tácticas. Su objetivo final era disciplinar a la sociedad, desarticular cualquier forma de organización o resistencia que pudiera recordar la efervescencia obrera y estudiantil de la década del ’70. Esa generación de militantes, intelectuales y escritores que “soñaron y lucharon hasta las últimas consecuencias por un mundo más justo para todos” fue el verdadero blanco de un régimen que no dudó en prohibir incluso cuentos infantiles, por el simple hecho de que invitaban a la reflexión y a la libertad.
Preguntas Frecuentes sobre la Censura en la Dictadura Argentina
¿Cuál fue el objetivo principal de la censura de libros durante la dictadura militar argentina?
El objetivo principal fue el control ideológico y social. Se buscaba eliminar cualquier forma de pensamiento crítico, disidente o que cuestionara el “orden establecido” por el régimen, así como erradicar ideas que pudieran inspirar la organización o la resistencia popular.
¿Qué tipo de libros fueron los más afectados por la censura?
La censura afectó a una amplia gama de libros, desde obras de filosofía y política hasta literatura infantil y juvenil. Se prohibieron textos que promovían la libertad de pensamiento, la justicia social, la fantasía sin límites, la crítica a la autoridad, o que simplemente no se ajustaban a los valores conservadores y autoritarios impuestos por la dictadura.
¿Cómo se llevó a cabo la censura de libros en la práctica?
La censura se implementó a través de diversos mecanismos, incluyendo decretos militares que prohibían la distribución y venta de libros, la inclusión de autores y obras en “listas negras”, el cierre de editoriales, el vaciamiento de bibliotecas, y la persecución e incluso tortura de escritores y editores. La quema masiva de libros fue una de las manifestaciones más brutales de esta política.
Conclusión: La Memoria Como Resistencia
La censura de libros durante la dictadura argentina es un capítulo doloroso pero fundamental de nuestra historia. No fue un acto menor, sino una parte esencial de una estrategia para desarticular el tejido social, imponer el miedo y controlar la mente de los ciudadanos, desde los más pequeños hasta los adultos. Recordar estos hechos, como lo hace la exhibición de libros prohibidos a 40 años del golpe, es un acto de resistencia y una lección invaluable. Es un recordatorio de que las ideas, la fantasía y la capacidad de imaginar un mundo diferente son herramientas poderosas que los regímenes autoritarios siempre intentarán silenciar. Este 24 de Marzo, y siempre, la memoria, la verdad y la justicia son pilares inquebrantables para construir un futuro donde la libertad de pensamiento y expresión sean derechos irrenunciables, y para que la voz de los 30.000 compañeros detenidos-desaparecidos resuene por siempre.
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