13/03/2024
La noche del 30 de diciembre de 2004, Buenos Aires se detuvo. Un incendio devastador en el boliche República Cromañón, durante un recital de la banda Callejeros, se cobró la vida de 194 personas y dejó a miles con secuelas imborrables. Más allá de la tragedia inmediata, Cromañón se convirtió en una profunda herida en el tejido social argentino, un punto de inflexión que expuso negligencias estatales, empresariales y culturales. Sin embargo, de esa oscuridad emergió una fuerza inquebrantable: la de los sobrevivientes y familiares que, lejos de rendirse, se organizaron para buscar justicia, preservar la memoria y, fundamentalmente, sanar las heridas invisibles. Es en este contexto que surge una iniciativa vital: No Nos Cuenten Cromañón.

Este artículo explorará la complejidad de lo ocurrido en Cromañón, el significado de la pertenencia para una generación, el impacto en la escena cultural y, sobre todo, la valiosa labor de la organización que lleva por nombre una frase que se ha vuelto un grito de resistencia.
- ¿Qué fue la Masacre de Cromañón? Un Relato de Fuego y Negligencia
- "No Nos Cuenten Cromañón": Un Faro de Asistencia en Salud Mental
- La Pertenencia y el Ritual del Rock Barrial: Un Símbolo Desgarrado
- Cromañón como Herida Generacional y Espacio de Memoria
- El Impacto en la Escena Musical y el Resurgimiento Femenino
¿Qué fue la Masacre de Cromañón? Un Relato de Fuego y Negligencia
La Masacre de Cromañón, como la definen sobrevivientes y familiares, no fue un accidente, sino una tragedia evitable. El boliche República Cromañón, ubicado en Bartolomé Mitre al 3000, en el barrio de Once, Ciudad de Buenos Aires, estaba habilitado para unas mil personas, pero esa noche albergaba al menos cuatro veces más. El inicio del recital de Callejeros fue el detonante: una bengala, parte de un ritual de pirotecnia común en los recitales de la época, encendió la espuma de poliuretano y la media sombra que cubrían el techo del local. Estos materiales, altamente inflamables, liberaron gases tóxicos como monóxido de carbono y ácido cianhídrico, que llenaron el lugar de un humo denso, negro y mortal.
Las consecuencias fueron catastróficas. Las salidas de emergencia estaban clausuradas con candados o tapadas, impidiendo la evacuación. Dentro, no había agua en las canillas, y la infraestructura de seguridad era prácticamente nula. En cuestión de minutos, el infierno se desató. La mayoría de las 194 víctimas fatales tenían entre 15 y 30 años. Además, unas 1500 personas resultaron heridas, y muchas más quedaron con secuelas físicas y psíquicas que persisten hasta el día de hoy.
El proceso judicial posterior fue largo y complejo, con idas y vueltas que se extendieron hasta 2016, cuando la Corte Suprema de Justicia dictó sentencia definitiva. Las condenas alcanzaron a Omar Chabán, el responsable del local, a los integrantes de la banda Callejeros y a diversos funcionarios públicos, evidenciando una cadena de responsabilidades que abarcaba desde la negligencia empresarial hasta la impericia estatal.
Las Voces de los Sobrevivientes: Un Dolor que Permanece
Las historias de quienes estuvieron esa noche son desgarradoras y revelan la magnitud del trauma. María Luján Rossi, de 20 años en ese entonces, recuerda el humo “negro, denso y compacto. Como una pared a oscuras”. Su prioridad era salir con sus dos hermanos menores, pensando en la responsabilidad de la hermana mayor y en sus documentos. Logró salir, pero la imagen del humo negro que escupió durante meses es imborrable. Su preocupación inmediata, tras sobrevivir, era “cuántos muertos” y qué pasaría con la gente sin obra social, una muestra de la desconexión entre la tragedia y la respuesta institucional.
Belkyss Contino, que tenía 16 años, describe cómo el cuerpo continuó viviendo en “zona de masacre”. Para ella y muchos otros, los primeros dos años se centraron en recuperar la salud física y mental, con constantes visitas a médicos, psiquiatras y psicólogos. La dificultad de comprender el andamiaje legal y la incomodidad de ver su experiencia personal expuesta públicamente, la llevaron a estudiar Ciencias Políticas para intentar entender el porqué de todo lo ocurrido.
Sofía Sugue Paredes perdió a su mejor amiga, Vicki, de 15 años. Para ella, Cromañón era “la meca para las bandas barriales”, un lugar donde “una dejaba todo pero nunca estaba en juego la idea de que podías dejar la vida literalmente”. La tragedia le enseñó que “la gente de mi edad podía morirse y que la muerte puede estar en cualquier lado”, una verdad brutal que marcó su adolescencia.
Fabiana Puebla perdió a su compañero, José Cantale. Ella misma sufrió secuelas físicas por la inhalación de humo tóxico. Su relato es el de una vida que se transformó en un “acto cotidiano de supervivencia”. La imagen del árbol de Navidad que habían armado y que permaneció intocable durante semanas en su casa compartida, es un símbolo de la vida detenida por la tragedia. Solo con el nacimiento de sus hijos pudo volver a armar un árbol navideño, un pequeño gesto de reconstrucción y esperanza.

"No Nos Cuenten Cromañón": Un Faro de Asistencia en Salud Mental
Frente a un Estado que, en muchas ocasiones, no dio respuestas adecuadas o suficientes, los propios afectados tomaron la iniciativa. La organización No Nos Cuenten Cromañón impulsó un Programa de Asistencia en Salud Mental que se ha convertido en un pilar fundamental para la comunidad de sobrevivientes y familiares.
Este espacio surge de la necesidad y el derecho identificados por quienes vivieron la masacre de recibir una asistencia “adecuada y eficiente”. Su objetivo principal es brindar atención psicológica y psiquiátrica a:
- Sobrevivientes de la masacre.
- Familiares de sobrevivientes.
- Familiares de víctimas fatales.
El programa se apoya en una Red interdisciplinaria de profesionales voluntari@s matriculad@s, incluyendo Licenciad@s en Psicología y Psiquiatras. La asistencia está orientada a lo individual, buscando que cada persona acceda a un tratamiento acorde a sus requerimientos específicos. Además, toda la labor se enmarca en la legalidad y la ética profesional, respetando la Ley Nacional de Salud Mental (Nº 26.657) y la Ley de Derechos del Paciente (Nº 26.529).
Este programa es una alternativa crucial a los dispositivos existentes, demostrando el poder de la autoorganización y la solidaridad en la búsqueda de la salud mental y el bienestar tras un evento traumático de tal magnitud.
La Pertenencia y el Ritual del Rock Barrial: Un Símbolo Desgarrado
Para muchos jóvenes de la época, Cromañón no era solo un boliche; era un templo, un punto de encuentro de una tribu. La pertenencia al movimiento rolinga o a la escena del rock barrial era una forma de identidad, especialmente tras la crisis de 2001 que había llevado al país al abismo. Era un “triunfo de los ninguneados”, una mística “gutural, primitiva, ardiente” que incluía rock, amistad y cerveza.
El ritual previo y durante el recital era una parte esencial de esa pertenencia: conseguir la entrada, saberse todas las canciones, pasar horas bebiendo cerveza, saltar en el pogo y, al final, mostrar los moretones como “trofeos” de la “aguante”. Era una forma de “dar la vida” por la banda, sin conciencia de que, literalmente, se podía dejar la vida.
Esta mística incluía aspectos que, vistos hoy, resultan problemáticos. Marilina Giménez, cineasta y música, recuerda cómo la escena del rock era “chongueril” y abiertamente misógina. Se imponían estéticas y comportamientos que no siempre eran cómodos, especialmente para las mujeres. Sin embargo, en ese momento, era parte de la “militancia” por la banda y la tribu.
Es importante desmentir una acusación recurrente en los medios de comunicación de la época: la supuesta “guardería” donde las madres abandonaban a sus hijos. Sobrevivientes y familiares son enfáticos en que nunca existió tal guardería. Explican que era común que algunas familias llevaran a sus hijos a recitales, especialmente de bandas barriales que eran vistas casi como parte de la familia o que prometían ser una “fiesta”. Algunos empleados, incluso, llevaban a sus hijos por no tener con quién dejarlos. Acusar a las mujeres de abandono fue una forma de desviar la atención de las verdaderas responsabilidades.
Cromañón como Herida Generacional y Espacio de Memoria
Camila Fabbri, escritora y dramaturga, en su libro “El día que apagaron la luz”, describe a Cromañón como una herida generacional. Para ella, no solo afectó a las víctimas directas y sobrevivientes, sino a toda una franja de jóvenes argentinos que, de repente, “empezaron a dejar de crecer”. La tragedia marcó un antes y un después en la historia juvenil del país, obligando a muchos a confrontar la fragilidad de la vida y la inseguridad del mundo y los vínculos.
La necesidad de hablar, de reconstruir argumentos y de batallar por la verdad y la justicia fue constante. La memoria colectiva, a menudo “vedada”, necesitaba ser explorada. Es por eso que el lugar de la masacre, en Bartolomé Mitre al 3000, se ha convertido en un “santuario” o memorial. Allí, paneles blancos exhiben las fotos de las 194 personas fallecidas, cada una con su nombre y edad, un recordatorio conmovedor de las vidas truncadas. Sobrevivientes y familiares, agrupados en el Movimiento Cromañón, han lanzado la campaña “Yo quiero un espacio de memoria en Cromañón” para exigir a la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires la expropiación del inmueble y su conversión en un sitio permanente de homenaje y reflexión.

El Impacto en la Escena Musical y el Resurgimiento Femenino
Cromañón no solo transformó la vida de miles de personas, sino que también tuvo un impacto sísmico en la escena musical argentina. El “under” colapsó. Las regulaciones, que antes eran casi nulas, se volvieron excesivas. Se hizo más complejo para los músicos conseguir lugares y fechas para tocar. Marilina Giménez lo describe como la “muerte de la cultura Cemento y todo ese asunto tan chongueril”. Las grandes bandas y las estéticas dominantes perdieron su brillo.
Sin embargo, de esa restricción y ese vacío, surgió una nueva fuerza. Marilina, a través de su documental “Una banda de chicas”, investigó cómo, a partir de 2010, mujeres, travestis y personas trans comenzaron a abrirse paso en una escena musical históricamente misógina. Con las limitaciones de espacio y sonido (solo se podía tocar con una guitarra o teclado, sin batería ni grandes performances), la estética musical se transformó. Esta nueva ola de artistas, que incluye a Kumbia Queers, Miss Bolivia y Las Kellies, no solo subvirtió la escena con talento, sino que también se conectó con movimientos sociales como Ni Una Menos y la lucha por la legalización del aborto, recuperando el espacio público y la voz.
Preguntas Frecuentes sobre Cromañón y su Legado
Para comprender mejor la complejidad de este evento y su impacto duradero, respondemos algunas preguntas clave:
¿Qué fue la masacre de Cromañón?
Fue un incendio ocurrido el 30 de diciembre de 2004 en el boliche República Cromañón de Buenos Aires, durante un recital de Callejeros. Causó la muerte de 194 personas y dejó más de 1500 heridos, debido a la pirotecnia, materiales inflamables y salidas de emergencia bloqueadas.
¿Quiénes fueron los principales responsables de la tragedia?
Las condenas judiciales recayeron sobre Omar Chabán (dueño del local), los músicos de Callejeros y varios funcionarios públicos, evidenciando una cadena de negligencias y corrupción que permitió que las condiciones de seguridad fueran mínimas o inexistentes.
¿Qué es “No Nos Cuenten Cromañón”?
Es un programa de asistencia en salud mental impulsado por la organización del mismo nombre. Ofrece atención psicológica y psiquiátrica gratuita a sobrevivientes de la masacre, familiares de sobrevivientes y familiares de víctimas fatales, con un enfoque individual y respetando las leyes de salud mental vigentes.
¿Cómo afectó Cromañón a los sobrevivientes a largo plazo?
Los sobrevivientes experimentaron y aún experimentan secuelas físicas (respiratorias, entre otras) y psicológicas profundas, incluyendo estrés postraumático, ansiedad, depresión y dificultades en sus relaciones personales. La necesidad de asistencia es constante y vital para su proceso de sanación.
¿Qué significa el concepto de “aguante” en este contexto?
El “aguante” se refiere a la devoción y lealtad incondicional de los fans hacia una banda, que se manifestaba en acciones como seguirla a todos lados, participar en pogos, y tolerar condiciones difíciles, incluso peligrosas. En el contexto de Cromañón, este concepto se vio trágicamente resignificado al poner en riesgo la vida misma.
La tragedia de Cromañón es una herida que sigue abierta en la memoria argentina. Pero de ese dolor ha nacido una resiliencia inquebrantable y un compromiso constante con la justicia y la memoria. Iniciativas como No Nos Cuenten Cromañón no solo brindan apoyo vital, sino que también aseguran que la historia sea contada desde la voz de quienes la vivieron, para que el “nunca más” sea una promesa cumplida. La lucha por un espacio de memoria y la transformación de la escena cultural son testamentos de que, a pesar de la oscuridad, la luz de la verdad y la esperanza siempre se abren paso.
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