Los Libelli: Certificados de Fe en la Persecución Romana

19/07/2024

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La historia de los primeros siglos del cristianismo está marcada por la fe inquebrantable de muchos, pero también por las duras pruebas que la persecución impuso a los creyentes. En este contexto de tribulación, durante el Imperio Romano, surgió una figura controvertida y un documento que pondría a prueba la moral y la unidad de la Iglesia: los libelli. Estos pequeños certificados, a primera vista una solución práctica para evadir el martirio, desataron una de las crisis más significativas en la cristiandad primitiva, obligando a obispos y fieles a confrontar las complejidades del arrepentimiento, el perdón y la verdadera adhesión a la fe.

¿Quién ordenó a libelli?
Habían sido ordenados legítimamente por los obispos de la provincia en lugar de los antiguos obispos, Basílides y Marcial, quienes habían aceptado libelli durante la persecución.

El nombre de Cecilio Cipriano Tascio, más conocido como San Cipriano de Cartago, se entrelaza profundamente con la saga de los libelli. Como obispo en un periodo de intensa persecución, Cipriano se encontró en la vanguardia de un dilema teológico y pastoral que definiría la disciplina de la Iglesia por siglos. Su vida, sus escritos y sus decisiones en medio de la adversidad ofrecen una ventana invaluable a la forma en que la comunidad cristiana manejó la apostasía y la reconciliación, con los libelli como epicentro de gran parte de la controversia.

Índice de Contenido

La Persecución de Decio y el Nacimiento de los Libelli

En octubre del año 249 d.C., Decio ascendió al trono imperial con la ambición de restaurar la antigua virtud y las tradiciones religiosas de Roma. Su estrategia incluyó la publicación de un edicto en enero del 250 d.C., dirigido específicamente contra los cristianos. El objetivo no era aniquilar físicamente a todos los creyentes, sino forzarlos a una pública demostración de lealtad a los dioses romanos mediante el sacrificio. Aquellos que se negaban enfrentaban castigo, tortura e incluso la muerte, como fue el caso del Papa Fabián el 20 de enero.

Ante esta presión implacable, la Iglesia se vio dividida. Mientras que muchos obispos y fieles mantuvieron su firmeza hasta el martirio, otros cedieron. La prosperidad que la Iglesia había disfrutado durante casi cuatro décadas de paz había, lamentablemente, llevado a ciertos desórdenes y a una mundanalidad que debilitó la fe de algunos. Fue en este escenario que aparecieron los libelli. Estos no eran meros permisos, sino certificados que se adquirían para atestiguar que se había realizado un sacrificio a los dioses paganos o que se había jurado lealtad al emperador, con el fin de obtener la exención para la familia del portador. Es crucial entender que, en la mayoría de los casos, la persona que adquiría el libellus no había sacrificado realmente, sino que había pagado a un funcionario para obtener el documento de forma fraudulenta. Sin embargo, para la Iglesia, el simple hecho de poseer este certificado implicaba un acto de apostasía, un compromiso con el paganismo que comprometía la fe.

En Cartago, la situación fue alarmante. Un número considerable de cristianos, “varios miles”, según los registros de la época, optaron por adquirir estos libelli. A estas personas se les conoció como libellatici. Junto a ellos estaban los sacrificati, aquellos que sí habían ofrecido sacrificios, y los thurificati, quienes habían quemado incienso ante los ídolos. Todos ellos caían bajo la categoría general de lapsi, o “caídos”, quienes, una vez terminada la persecución, clamaron por el perdón y su readmisión en la Iglesia, desatando una profunda crisis interna.

San Cipriano y el Dilema de los Lapsi

La huida de San Cipriano de Cartago durante la persecución de Decio fue un acto estratégico para evitar la muerte y mantener el gobierno de la Iglesia, aunque sus enemigos le reprocharon constantemente este hecho. Desde su retiro, Cipriano animó a los confesores y mártires, pero también tuvo que lidiar con la creciente cuestión de los lapsi. Parte del clero había perdido la fe o se había dispersado, y la disciplina eclesiástica se vio seriamente comprometida.

La controversia se intensificó cuando algunos confesores y mártires, inspirados por un fervor excesivo o una interpretación laxa de la autoridad, comenzaron a expedir “indulgencias” de manera indiscriminada. Un confesor, Luciano, llegó a conceder la paz a “todo aquel que la pidiera” en nombre de un mártir, Paulo, utilizando una fórmula vaga como “Permitámosle a uno comulgar con su familia”. Esta práctica amenazaba con socavar toda la disciplina penitencial de la Iglesia. Cipriano protestó enérgicamente, insistiendo en que no se podía imponer ninguna penitencia sobre los lapsi sin una adecuada consideración y sumisión a la autoridad episcopal.

Las decisiones de Cipriano sobre los lapsi fueron inicialmente cautelosas y severas. Propuso que los libellatici solo pudieran ser readmitidos a la comunión en peligro de muerte, y únicamente por un presbítero o diácono. El resto, y especialmente los que habían sacrificado, debían esperar el fin de la persecución para que se celebraran concilios en Roma y Cartago y se llegara a un acuerdo común. Su preocupación era que la situación de los lapsi no fuera mejor que la de aquellos que habían perseverado, habían sido torturados o exiliados.

Para San Cipriano, la gravedad de la apostasía era innegable, y varios sucesos milagrosos, según sus relatos, confirmaron esta postura. Desde personas que se quedaron sin habla en el Capitolio tras renegar de Cristo, hasta un infante que vomitó la Eucaristía tras haber sido llevado a un sacrificio pagano, estos eventos subrayaban la necesidad de una penitencia rigurosa y un verdadero arrepentimiento antes de la readmisión a la comunión.

Concilios y la Resolución sobre los Libellatici

El declive de la persecución a principios del 251 d.C., debido al surgimiento de emperadores rivales, permitió la liberación de muchos confesores y la convocatoria de un concilio en Cartago. Cipriano, finalmente, pudo dejar su refugio después de Pascua. En este concilio, celebrado en abril del 251, Cipriano leyó su célebre tratado “De Ecclesiae Catholicae Unitate” (Sobre la Unidad de la Iglesia Católica), en el que defendía la unidad eclesiástica a través de la unión con el obispo, argumentando que quien no estaba con su obispo estaba fuera de la unidad de la Iglesia y no podía estar unido a Cristo.

Respecto a los lapsi, el concilio adoptó un enfoque matizado. Se decidió que cada caso sería juzgado individualmente según sus méritos. Los libellatici serían readmitidos después de cumplir periodos de penitencia “variados y prolongados”. Aquellos que sí habían sacrificado, los sacrificati, tendrían una penitencia de por vida y solo podrían recibir la Sagrada Comunión a la hora de su muerte. Sin embargo, se estableció una excepción estricta: cualquiera que demorara su aflicción y penitencia hasta el momento de estar moribundo sería excluido de toda Comunión.

La severidad de estas decisiones se vio atenuada por un nuevo concilio en el verano del 252 d.C. (o 253 d.C.), motivado por el anuncio de un recrudecimiento de la persecución bajo los emperadores Galo y Volusiano. Para fortalecer a los fieles ante la inminente prueba, se decidió readmitir de inmediato a todos aquellos que estuvieran haciendo penitencia, para que pudieran ser fortalecidos por la Sagrada Eucaristía. Esta medida pragmática demostró la flexibilidad de la Iglesia para adaptarse a las circunstancias extremas, priorizando el apoyo espiritual en tiempos de peligro.

La Controversia del Rebautismo: Un Eco de la Cuestión de la Unidad

Aunque no directamente relacionada con los libelli, la controversia sobre el rebautismo de herejes, que estalló más tarde, es fundamental para entender el pensamiento de San Cipriano sobre la autoridad y la unidad de la Iglesia, principios que también subyacían a los debates sobre los lapsi. La Iglesia Africana, siguiendo una tradición anterior a Cipriano (bajo Agripino), consideraba nulo el bautismo administrado por herejes, argumentando que no tenían el mismo Dios ni el mismo Cristo que los católicos. Por tanto, los herejes que regresaban a la Iglesia debían ser rebautizados. La opinión de Cipriano era firme: “Non abluuntur illic homines, sed potius sordidantur, nec purgantur delicta sed immo cumulantur. Non Deo nativitas illa sed diabolo filios generat” (Allí los hombres no son lavados, sino más bien ensuciados; ni se purifican los pecados, sino que se acumulan; ese nacimiento no engendra hijos para Dios, sino para el diablo).

¿Quién ordenó a libelli?
Habían sido ordenados legítimamente por los obispos de la provincia en lugar de los antiguos obispos, Basílides y Marcial, quienes habían aceptado libelli durante la persecución.

Esta postura chocó con la tradición romana, defendida por el Papa Esteban I, quien sostenía que no debía hacerse ninguna “innovación” (es decir, ningún nuevo bautismo), y que la tradición romana de imponer simplemente las manos sobre los herejes convertidos en señal de absolución, debía seguirse en todas partes, bajo pena de excomunión. La correspondencia entre Cipriano y Esteban se tornó tensa, con Cipriano defendiendo la libertad de los obispos para diferir en esta cuestión, a pesar de su vehemente crítica a la “ceguera de mente” y “terquedad” de Esteban.

La controversia no se resolvió hasta la muerte de Esteban y el ascenso de Sixto II, quien, siendo más “amante de la paz”, comulgó con Cipriano. Aunque Cipriano y Esteban se oponían firmemente, ambos consideraban el asunto como una cuestión de disciplina. La solución teológica definitiva, que la validez del sacramento es independiente de la indignidad del ministro (“Ipse est qui baptizat” – Cristo mismo es quien bautiza), sería formulada más tarde por San Agustín, quien elogió la firmeza de Esteban y expresó su confianza en que el martirio de Cipriano expió sus excesos en la controversia.

Apelaciones a Roma y la Autoridad Papal

La relación de San Cipriano con la Sede de Pedro es compleja y ha sido objeto de mucho debate. Por un lado, Cipriano consideraba a Roma como el centro de la unidad de la Iglesia, la “Cátedra de Pedro, de donde brotó la unidad del Episcopado”, y la “cuna y raíz de la Iglesia Católica”. Creía que comulgar con el obispo de Roma era sinónimo de estar en comunión con la Iglesia Católica, y que obispos rivales en Roma dividirían la Iglesia.

Sin embargo, también hay ejemplos de su independencia y crítica. En el caso de Marciano, obispo de Arlés, quien se unió al partido de Novaciano, Cipriano apremió al Papa Esteban a deponerlo y ordenar una nueva elección. Esto demuestra que Cipriano reconocía una autoridad papal para intervenir en otras diócesis.

Más revelador es el caso de los obispos españoles Basílides y Marcial. Estos lapsi, que habían aceptado libelli y cometido otras faltas graves, fueron depuestos por los obispos de su provincia. Sin embargo, lograron engañar al Papa Esteban, quien “se encontraba lejos e ignorante de los hechos”, y consiguieron ser restituidos injustamente en sus sedes. El concilio africano, obviamente liderado por Cipriano, declaró que la decisión de Esteban era nula porque se basó en información falsa. Esto no negaba el derecho del Papa a tomar decisiones, sino que enfatizaba que dichas decisiones debían basarse en la verdad de los hechos, y que podían ser “nulas” si la información era fraudulenta. Este episodio ilustra la tensión entre la primacía romana y la autoridad episcopal local, un debate que continuaría evolucionando en la historia de la Iglesia.

Tabla Comparativa: Lapsi y su Penitencia

Tipo de LapsiDescripciónPenitencia Inicial (Concilio 251)Penitencia Posterior (Concilio 252/253)
LibellaticiAdquirieron certificados (libelli) para evitar el sacrificio, sin haberlo realizado.Períodos variados y prolongados de penitencia. Readmisión en peligro de muerte por presbítero/diácono.Readmisión inmediata si estaban haciendo penitencia, para fortalecerse con la Eucaristía.
Sacrificati / ThurificatiRealmente realizaron sacrificios paganos o quemaron incienso a los ídolos.Penitencia de por vida. Solo recibían la Sagrada Comunión a la hora de su muerte.Readmisión inmediata si estaban haciendo penitencia, para fortalecerse con la Eucaristía.
Aquellos que Demoraron PenitenciaApostataron y pospusieron el arrepentimiento hasta estar enfermos o moribundos.Excluidos de toda Comunión.Excluidos de toda Comunión.

Preguntas Frecuentes (FAQ) sobre los Libelli

¿Qué era exactamente un libellus?

Un libellus era un certificado oficial, emitido por las autoridades romanas durante la persecución de Decio (250 d.C.), que atestiguaba que una persona había cumplido con los requisitos de la ley imperial, generalmente realizando un sacrificio a los dioses paganos o jurando lealtad al emperador. En muchos casos, los cristianos lo obtenían sin haber sacrificado realmente, pagando a un funcionario para obtenerlo de forma fraudulenta.

¿Quiénes eran los libellatici?

Los libellatici eran aquellos cristianos que, durante la persecución de Decio, habían adquirido un libellus. Aunque no habían sacrificado directamente, la Iglesia consideraba que su acto de obtener el certificado, que implicaba una falsa adhesión al paganismo, era una forma de apostasía.

¿Por qué San Cipriano consideraba problemáticos los libelli?

Para San Cipriano, la adquisición de un libellus representaba una grave falta contra la fe y la unidad de la Iglesia. Si bien era menos grave que el sacrificio directo, seguía siendo una negación de Cristo y un compromiso con el paganismo. La readmisión indiscriminada de los libellatici, especialmente por parte de algunos confesores, socavaba la disciplina eclesiástica y desvalorizaba el sacrificio de los mártires y la perseverancia de los fieles.

¿Cuál fue la decisión final de la Iglesia sobre los libellatici?

Los concilios de Cartago bajo San Cipriano inicialmente establecieron penitencias variadas y prolongadas para los libellatici, permitiendo su readmisión a la comunión en peligro de muerte. Sin embargo, debido a un recrudecimiento de la persecución, un concilio posterior decidió acelerar la readmisión de aquellos que ya estaban haciendo penitencia, para que pudieran ser fortalecidos por la Eucaristía ante la nueva prueba.

¿Qué papel jugó el Papa Esteban en la controversia de los lapsos?

El Papa Esteban I tuvo un papel crucial, aunque no siempre en armonía con Cipriano. Fue engañado por algunos lapsi (como Basílides y Marcial) que buscaron su restitución. La controversia principal de Esteban con Cipriano fue sobre el rebautismo de herejes, pero ambos líderes eclesiásticos se enfrentaron a la enorme tarea de restaurar la unidad y la disciplina de la Iglesia después de la persecución de Decio, aunque con métodos y perspectivas diferentes.

¿Se sigue utilizando el término “libelli” en la Iglesia actual?

El término “libelli” en su contexto histórico específico (certificados de apostasía durante las persecuciones romanas) ya no se utiliza en la Iglesia actual. Sin embargo, los principios teológicos y canónicos que surgieron de la controversia de los lapsi y los libelli, como la necesidad de penitencia para el perdón de pecados graves y la autoridad de la Iglesia para administrar los sacramentos, son fundamentos perdurables de la doctrina y disciplina católica.

Conclusión

La historia de los libelli y los debates en torno a ellos, especialmente a través de la figura de San Cipriano, no es meramente un episodio histórico, sino un testimonio crucial de la evolución de la Iglesia en tiempos de crisis. Refleja la compleja relación entre la fe individual y la disciplina comunitaria, la autoridad episcopal y la primacía de Roma, y la incansable búsqueda del perdón y la reconciliación. Aunque los libelli como tales desaparecieron con las persecuciones, los principios teológicos y canónicos debatidos en aquella época sentaron las bases para la comprensión futura de la penitencia y la unidad eclesiástica, demostrando que la fe, incluso bajo la presión más extrema, siempre busca la verdad y la integridad. La figura de San Cipriano emerge como un pilar en la defensa de la unidad de la Iglesia, un legado que perdura a través de los siglos.

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