¿Qué es un personaje literario?

Descifrando el Alma de la Narrativa: El Personaje Literario

07/12/2022

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En el vasto universo de la literatura, si hay un elemento que captura nuestra imaginación y nos arrastra sin remedio a las profundidades de cada historia, ese es el personaje. Sin ellos, las tramas carecerían de sentido, los conflictos no tendrían un motor y las emociones no encontrarían un eco en nuestro interior. Son el pilar fundamental sobre el que se construye cualquier relato, la razón por la que, a menudo, recordamos con más nitidez a un Quijote o un Hamlet que a sus propios creadores, Cervantes o Shakespeare. Pero, ¿qué es exactamente un personaje literario y por qué ejerce tal poder sobre nosotros?

¿Por qué son tan importantes los personajes?

La fascinación humana por las historias con personajes ficticios no es casual. Como seres inherentemente incompletos, con una única vida a nuestra disposición, anhelamos la posibilidad de experimentar mil existencias, tal como lo expresaba Vargas Llosa. Crear y encontrarnos con personajes nos permite expandir nuestras fronteras vitales; nos multiplicamos, vivimos a través de ellos, y en ese proceso, nos comprendemos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. Son espejos, ventanas, y a veces, incluso, mapas para navegar nuestra propia realidad. Los escritores, al darles vida, no solo construyen mundos, sino que también exploran las infinitas posibilidades de la condición humana.

¿Qué es un personaje literario?
Todos llevamos dentro una infinitud de seres distintos. Creamos personajes por identificación o por contraste. Persona es máscara en latín y el personaje literario tiene algo de eso, de doble versión del escritor que lo crea. Nuestros personajes son parecidos a nosotros y a las personas que conocemos o radicalmente distintos.

La esencia de un personaje literario: Más allá de las palabras

E.M. Forster, en sus célebres conferencias recogidas en Aspectos de la novela, sugería que un personaje es, en esencia, un grupo de palabras al servicio de una historia. Sin embargo, cuando se logra con maestría, esas palabras trascienden su naturaleza inerte para moverse, respirar y adquirir una vida propia, una vida que resuena con nuestra propia humanidad. Esta magia radica en que la materia prima de los personajes es, en última instancia, la misma que la nuestra: las emociones, los deseos, los miedos y las contradicciones. Todos albergamos una multiplicidad de seres internos, y al crear personajes, los escritores proyectan esas infinitudes, ya sea por identificación o por contraste. La palabra 'persona', de origen latino, significa 'máscara', y el personaje literario comparte algo de esa dualidad: es una versión, un doble, un alter ego del escritor que lo concibe, a la vez que una entidad única, con una singularidad tan marcada como nuestra propia huella dactilar.

Construyendo un personaje creíble: De la idea a la vida

Para que un personaje adquiera esa credibilidad que lo hace memorable, es fundamental conocerlo a fondo. El proceso de construcción puede inspirarse en personas reales que conocemos, en facetas de nuestra propia vida, o ser una amalgama de diversos individuos. Una vez que la idea inicial germina, el siguiente paso es darle forma: ¿Cómo es físicamente? ¿Qué edad tiene? ¿Cómo es su rostro, su cuerpo? ¿Qué tipo de ropa usa? ¿Qué gestos lo distinguen al hablar o al caminar? Estos detalles, aunque superficiales, son cruciales para anclar al personaje en la realidad del lector. Los personajes deben ser seres singulares que realicen acciones concretas en un espacio y un tiempo determinados. Una novela, al fin y al cabo, es una sucesión de hechos sostenidos por los personajes; y en narrativa, una acción contundente puede valer más que mil reflexiones.

La ficha de personaje: Una herramienta esencial

Para facilitar este complejo proceso de creación, especialmente en obras extensas como una novela, la elaboración de una ficha de personaje se vuelve una herramienta invaluable. Esta ficha, una suerte de documento de identidad del ser ficticio, nos permite registrar y organizar todos sus atributos: desde los detalles físicos hasta sus peculiaridades más íntimas. Conocer a fondo a nuestros personajes a través de esta herramienta nos ayuda a evitar inconsistencias a lo largo del texto; un personaje que se describe como rubio no puede aparecer repentinamente pelirrojo sin una justificación narrativa sólida. La coherencia es la piedra angular de la credibilidad.

El motor interno: Motivaciones, fobias y secretos

Más allá de los rasgos físicos, lo verdaderamente vital es comprender qué es lo que el personaje desea dentro de la historia, qué lo impulsa, qué lo motiva. ¿Tiene fobias, filias, costumbres arraigadas, manías peculiares? Estos elementos internos son los que le dan profundidad y lo hacen tridimensional. Aunque el escritor pueda conocer el destino final de su personaje desde el principio, es preferible presentarlo al lector de forma gradual. A través de lo que dice, lo que hace y lo que piensa, el personaje se irá dibujando progresivamente en la mente del lector. Es crucial dejar siempre algunos enigmas sin desvelar hasta el final; cada persona esconde un misterio, y mantener pequeños secretos sin revelar desde el inicio es lo que fomenta la intriga y asegura que el lector no pierda el interés por seguir leyendo.

El conflicto: El corazón de la historia

Si entendemos la historia como un conflicto, entonces el personaje es el campo de batalla. Sin conflicto no hay historia. Espesar un argumento significa, en esencia, complicarle la vida al protagonista. John Gardner, un gran teórico de la ficción, afirmaba que ninguna obra de ficción puede revestir verdadero interés si el personaje central no es un agente activo que se esfuerza por alcanzar sus propios objetivos. Si es una mera víctima pasiva sujeta a la voluntad de los demás, el relato pierde fuerza. Cuanto más noble y desafiante sea el objetivo del personaje, más cautivador será el relato. La vida es una constante lucha, llena de logros y fracasos, y la literatura, en su afán de imitarla, refleja esta dinámica. Como reza el dicho popular en la escritura: “Si Pepe quiere a Pepa y son felices, no hay historia.” La felicidad sin obstáculos no genera narrativa.

La imaginación y sus reglas: Coherencia y verosimilitud

Aristóteles sostenía que el arte consiste en contar “lo que podía suceder”. Una técnica poderosa para hacer avanzar la historia y desarrollar a los personajes es la pregunta “¿Y si…?”. Esta simple interrogante dispara la imaginación y nos posiciona frente al personaje y la situación, explorando nuevas posibilidades. Sin embargo, la imaginación, por muy desbordante que sea, también tiene sus reglas. Como los niños que juegan a los indios y saben que si un herido se levanta, el otro le dirá: “¡No vale, tú estabas muerto!”. Los niños, mejor que nadie, dominan la lógica de la imaginación, que se rige por tres principios fundamentales: coherencia, verosimilitud y orden. Cuando nos planteamos un “¿Y si…?” en una historia, surgen de inmediato otras preguntas cruciales: ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Para responderlas, no valen los tópicos ni las generalidades. Los personajes actúan, y es vital recordarlo, en un tiempo y en un lugar concretos, lo que añade otra capa de autenticidad a su existencia ficticia.

Tipos de personajes literarios según E.M. Forster

E.M. Forster, en sus ya mencionadas conferencias, estableció una clasificación de personajes que sigue siendo un pilar en el estudio de la narrativa. Esta distinción ayuda a comprender la función y la complejidad de cada figura en la trama:

Tipo de PersonajeCaracterísticas PrincipalesEjemplo de Función
Personajes RedondosComplejos, contradictorios, impredecibles, cambian y evolucionan a lo largo de la historia.El protagonista de la historia, el que vive el conflicto principal y lo supera o resuelve.
Personajes SecundariosApoyan al protagonista, pueden tener cierta complejidad y verosimilitud, pero no son el foco principal.Sirven de contrapeso, confidentes, o catalizadores para el cambio del protagonista.
Personajes PlanosCarecen de complejidad, son predecibles, no cambian, y su función es puramente instrumental.Un taxista, un camarero, un transeúnte que aparece brevemente para una función específica.

Los personajes redondos suelen ser los protagonistas. La palabra 'protagonista' proviene del griego protos (primero) y agon (combate o diálogo), refiriéndose en el teatro clásico al actor principal que sostenía el conflicto. Son figuras complejas que se debaten internamente, se contradicen, nos sorprenden y, lo más importante, experimentan una transformación significativa a lo largo de la novela. Su viaje, sus dilemas y su crecimiento son el eje central del interés del lector.

Los personajes secundarios, aunque no son el foco, son indispensables. Actúan como contrapeso a los personajes principales, interactúan con ellos y a menudo adquieren matices que los acercan a la complejidad de los protagonistas. Su presencia aporta verosimilitud al relato y profundiza las relaciones dentro de la historia.

¿Qué es ser una persona imparcial?
¿Qué es la imparcialidad? ¿Cuándo ser imparcial? Una persona imparcial, por ejemplo, es aquella que juzga o procede con imparcialidad, sin ser tendenciosa o subjetiva, sino que se muestra neutral y ecuánime.

Los personajes planos, por su parte, carecen de esa mínima complejidad; son predecibles y puramente instrumentales, como hitos en el camino de la historia en los que apenas nos detenemos. El cartero que entrega una carta o el chófer del taxi que transporta al protagonista son ejemplos clásicos. Sin embargo, es importante destacar que, al igual que en la vida real, un personaje que nace plano puede crecer y volverse complejo a medida que la trama se desarrolla y el lector lo conoce mejor.

El narrador como un personaje más

Incluso el narrador, aunque a veces se oculte detrás de una voz omnisciente en tercera persona, es, en sí mismo, un tipo de personaje de la historia. En las narraciones en primera persona, el propio protagonista suele ser el narrador, lo que impone ciertas limitaciones: no puede ser omnisciente y solo sabe lo que ve o lo que le cuentan. En otras ocasiones, la voz narrativa recae en un personaje secundario, convirtiéndose en un narrador-testigo. Un ejemplo magistral de esto es Nick Carraway en El Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, quien nos cuenta la historia de Gatsby a través de sus ojos y su perspectiva limitada, enriqueciendo la narrativa con su subjetividad.

Personajes colectivos y la personificación de lo inanimado

A diferencia del héroe único de las historias antiguas, el siglo XIX y XX vieron la entrada del pueblo en escena, dando origen al personaje colectivo. Este actúa en grupo, ya sea en una manifestación, una guerra o una revolución, encarnando la voz y la acción de una comunidad. Además, las fuerzas de la naturaleza también pueden adquirir el estatus de personajes en muchas historias tradicionales, gracias a la figura retórica de la prosopopeya o personificación. Esta consiste en atribuir cualidades o actividades humanas a seres inanimados (como una piedra o el agua), a animales o plantas, o incluso a conceptos abstractos (como la sabiduría o la culpa). De esta manera, un río puede ser un personaje que guía o detiene, o el viento una fuerza que susurra secretos, dándoles una agencia y un rol activo en la trama.

La evolución del personaje: Un viaje de transformación

La transformación es un elemento clave en la construcción de personajes, especialmente para los protagonistas. Salvo raras excepciones, los personajes principales deben cambiar a lo largo de la historia. Este cambio puede ser interno, reflejando una evolución psicológica o emocional, y a menudo se manifiesta también en cambios externos, como un cambio de trabajo, de aspecto o de amistades, tal como se observa en el protagonista de Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, cuya pérdida de peso es una metáfora de su liberación emocional. Es crucial que esta evolución sea progresiva y esté justificada por la trama, siendo coherente con la personalidad del personaje y los acontecimientos vividos. Uno de los errores más frecuentes en escritores principiantes es que el personaje evolucione de golpe al final de la historia, o que su cambio no tenga un motivo claro, o peor aún, que pierda la coherencia con su personalidad previamente establecida. Los personajes no son marionetas; tienen su propia lógica interna, y el lector percibe cuando actúan de forma inconsistente con su ser.

En definitiva, los personajes son el alma de la narrativa. Son ellos quienes nos permiten trascender nuestra propia experiencia, vivir otras vidas y, en última instancia, comprender mejor el complejo tapiz de la existencia humana. Crear un personaje creíble, con sus luces y sombras, sus deseos y sus conflictos, es la clave para tejer historias que permanezcan en la memoria y el corazón del lector mucho después de haber cerrado el libro.

Preguntas Frecuentes sobre Personajes Literarios

¿Es el personaje siempre humano?

No necesariamente. Aunque la mayoría de los personajes son humanos o humanoides, un personaje literario puede ser un animal, un objeto, un elemento de la naturaleza (como una tormenta o un río), o incluso un concepto abstracto. Lo que le confiere el carácter de personaje es que se le atribuyen cualidades humanas (pensamientos, emociones, motivaciones) o que actúa como un agente con un rol activo y significativo dentro de la trama, interactuando con otros elementos de la historia de una manera que imita el comportamiento humano.

¿Qué significa que un personaje sea "redondo" o "plano"?

Estos términos, acuñados por E.M. Forster, describen la complejidad y el desarrollo de un personaje. Un personaje "redondo" es complejo, multifacético, contradictorio y capaz de cambiar y evolucionar a lo largo de la historia, a menudo sorprendiendo al lector. Son los que se sienten más "reales". Por otro lado, un personaje "plano" es simple, unidimensional, predecible y no experimenta un desarrollo significativo. Suelen servir una función específica en la trama sin mucha profundidad psicológica.

¿Por qué un personaje debe tener un conflicto?

El conflicto es el motor de cualquier historia. Sin un conflicto, ya sea interno (psicológico) o externo (contra otro personaje, la sociedad, la naturaleza, etc.), la trama carecería de tensión, de un propósito y de interés para el lector. El conflicto impulsa al personaje a actuar, a tomar decisiones y a transformarse, revelando su verdadera naturaleza y manteniendo al lector enganchado a la narrativa para descubrir cómo se resolverá o si el personaje logrará sus objetivos.

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