12/06/2025
La literatura, al igual que la vida misma, se organiza a menudo en categorías, en un intento de comprender y contextualizar cada obra. Sin embargo, algunas creaciones desafían estas clasificaciones, trascendiendo las barreras impuestas por la teoría literaria de su tiempo y del nuestro. Tal es el caso de la obra cumbre de Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, un libro que, a pesar de su inmensa influencia, ha eludido una definición genérica sencilla. Para el propio Cervantes, un autor profundamente interesado en la teoría literaria y en las reglas que la regían en el Siglo de Oro, el género era una pieza fundamental para la interpretación de una obra. Pero, ¿cómo concibió él mismo el género de su más famosa creación? Y más importante aún, en un texto que constantemente invita al lector a la reflexión crítica, ¿quién puede juzgar las dos caras de una obra tan compleja?
El concepto de género literario es, para autores y lectores por igual, una herramienta inevitable y necesaria. Es prácticamente imposible acercarse a una obra sin situarla en un contexto genérico, ya que este enmarca su interpretación. Como señalaba E. D. Hirsch, un desacuerdo en la interpretación de una obra suele provenir de un desacuerdo sobre su género. Cervantes, consciente de la importancia de estas categorías en su época —donde la teoría literaria estaba intrínsecamente ligada a la clasificación de las obras—, se preocupó por enmarcar sus escritos. Así, La Galatea es una égloga, las Novelas ejemplares depuraron la novella italiana, El Persiles una épica en prosa y el Viaje del Parnaso un libro de viajes. Era evidente que Cervantes concebía a Don Quijote dentro de alguna categoría literaria.

No obstante, las categorías literarias no son estáticas; varían enormemente a lo largo del tiempo, y el significado de sus nombres cambia con ellas. Una obra tan esencial e influyente como Don Quijote tiene la particularidad de cambiar la dirección de la historia literaria. Se percibe de un modo desde el presente y de otro muy distinto cuando se examina en su propio contexto. Por ello, Don Quijote no posee una única categoría genérica válida tanto en el siglo XVII como en la actualidad. Nuestro objetivo es identificar el género de Don Quijote en los términos del propio Cervantes, como un paso fundamental para entender su interpretación de la obra y sus propósitos.
El Desafío del Género en el Siglo de Oro: ¿Una Historia Verdadera?
Desde la perspectiva de Cervantes, Don Quijote no podía ser clasificado como una novela ni como un romance, pues el significado de estas palabras en el Siglo de Oro era radicalmente distinto al que tienen las categorías modernas. Una ayuda fundamental para desentrañar la teoría genérica aurisecular es la Philosophía antigua poética de López Pinciano, un tratado que influyó profundamente en Cervantes y que proponía un criterio clave para la clasificación literaria: la historia o el tema tratado, considerado el alma de la obra, mientras que la forma era simplemente el cuerpo. Esto contrasta con las categorías modernas, que a menudo se basan en la forma.
Inicialmente, podría pensarse que la cuestión del género de Don Quijote, tal como lo veía Cervantes, se resuelve con el término «historia», usado en el título y varias veces en el texto. Sin embargo, «historia» en el Siglo de Oro no era un género literario en sí mismo, aunque su sentido era más amplio que el actual y podía referirse a obras literarias. Significaba, en su sentido más vasto, el simple acto de contar acontecimientos. Una historia podía ser de dos clases: verdadera, una narración histórica —la única forma en que López Pinciano usaba el término—, o fingida, en cuyo caso era literatura, lo que hoy llamaríamos ficción en prosa y que Cervantes también denominaba fábula.
La distinción entre ambos tipos de historia se asemeja a la de una pintura: puede ser un retrato real o imaginario, pero el criterio para evaluarla es el mismo: su fidelidad a la realidad. Este es el criterio tanto para la historia verdadera como para la fingida: «las historias fingidas tanto tienen de buenas y deleitables quanto se llegan a la verdad o la semejança della, y las verdaderas tanto son mejores quanto son más verdaderas».
A menudo se nos dice que Don Quijote es una historia verdadera, e incluso al final del libro, el término se usa favorablemente. Sin embargo, la insistencia en su veracidad es a menudo irónica e insincera. Cervantes confiaba en que sus lectores no serían engañados; ¿quién creería que un Alonso Quijano manchego se habría lanzado a ser caballero andante, atacando molinos de viento o rebaños de ovejas? Desde el prólogo, donde se llama a la obra «hijo del entendimiento», es evidente que se trata de una historia fingida. Todas las pretensiones de veracidad —el historiador ficticio Cide Hamete Benengeli, los detalles del manuscrito encontrado y su traducción— no hacen más que subrayar la falsedad inherente a los libros de caballerías que el autor satiriza. Cervantes incluso pide a sus lectores que den a su obra «el mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de cavallerías, que tan validos andan en el mundo», una clara invitación a la lectura crítica.
En una época donde los lectores podían ser crédulos y creer que todo lo impreso era verdadero, Cervantes desafía esta noción. Indirectamente, a través de Don Quijote, pregunta: ¡Piensa! ¿Puede una torre navegar por el mar? ¿Son coherentes los detalles de una historia antigua con referencias a la España contemporánea? Don Quijote intenta constantemente ayudar a los lectores ignorantes a convertirse en lectores críticos, capaces de distinguir la verdad de las mentiras. El número de observaciones críticas es impresionante: que todos digan que una bacía es un yelmo no lo hace cierto; las pruebas físicas no presentes no son fiables. El lector es animado a examinar la credibilidad del narrador y la coherencia de la narración, culminando en el ejercicio práctico de juzgar el relato de la cueva de Montesinos y concluir que fue un sueño. Así, Don Quijote no es una historia verdadera, y aunque sea una historia fingida, este término es demasiado general para ser una categoría genérica.
Géneros Descartados: ¿Qué NO es el Quijote?
El Género Burlesco
Anthony Close propuso que Don Quijote pertenece al género burlesco. Si bien la naturaleza burlesca de la obra es innegable, el problema de «burlesca» como etiqueta genérica para Don Quijote radica en que no era una categoría genérica en la España del Siglo de Oro ni es mencionada por López Pinciano. «Burlesca» no es un sustantivo en español; se usa como adjetivo para describir comedias, romances o sonetos. Cervantes no podría haber llamado a su obra “una burlesca”.
La Parodia
López Pinciano menciona la parodia como una clase de literatura: «La Parodia no es otra cosa que vn poema que a otro contrahaze, especialmente aplicando las cosas de veras y graues a las de burlas». Sin embargo, Pinciano concibe la parodia basada en una obra específica, no como un género en sí mismo. Además, la parodia es esencialmente respetuosa, no intenta rebajar su objeto. Don Quijote, en cambio, discute seria y francamente los defectos de los libros de caballerías con la intención de proscribirlos. Por lo tanto, no es una parodia.
La Sátira
También podemos descartar la sátira como género de Don Quijote. Una sátira ataca y nombra a personas determinadas. Aunque la obra contiene ataques contra ciertos personajes secundarios —como el bandido Roque Guinart, Diego de Miranda, Ginés de Pasamonte o Ricote—, la crítica está atenuada. El propio Cervantes afirmó en su Parnaso que nunca había escrito sátira y la atacó repetidamente, lo que hace improbable esta clasificación.
La Comedia
La sugerencia de que Don Quijote es una comedia, aunque parezca absurda, tiene ciertos fundamentos. Avellaneda en su prólogo a la continuación apócrifa, observa que «casi es comedia toda la historia de don Quixote de la Mancha». Los comentarios de Cervantes sobre la comedia en el capítulo 48 de la primera parte establecen un paralelismo entre la comedia y los libros de caballerías: ambos buscan admirar, alegrar y suspender, proporcionando honesta recreación. Para lograrlo, deben guiarse por arte y reglas, ser verosímiles y libres de absurdos. Por ello, se sugiere que la misma persona, un crítico oficial, podría juzgar ambos tipos de obras.
López Pinciano también aporta elementos pertinentes: la comedia no debe atacar personas, sino «especie de hombres malos y viciosos», enseñando «con sus risas, prudencia para se gobernar el hombre». Es una «imitación actiua hecha para limpiar el ánimo de las passiones por medio del deleyte y risa». La comedia trata de personas comunes, no graves, y aunque provoca más risa que lágrimas, la principal causa de la risa es «lo feo» o «alguna fealdad y torpeza». Ejemplos de acciones ridículas en Pinciano incluyen caídas, especialmente de caballo, de las que abundan en Don Quijote.
Sin embargo, la clasificación de Don Quijote como comedia debe ser rechazada. Avellaneda mismo usó el adverbio «casi», y Cervantes no siguió todas las características de la comedia según López Pinciano: la comedia debe «enseña[r] la vida […] que se deue seguir», mientras que Don Quijote enseña «la vida que se deue huyr». La comedia requiere un estilo bajo, mientras que Don Quijote tiene varios estilos. Además, la comedia no debería tener «tristes y lamentable fines», algo que sí ocurre en ambas partes de Don Quijote. Finalmente, las comedias de la época eran obras de teatro, mucho más cortas que Don Quijote.
La Épica
Algunos críticos han propuesto que Don Quijote es una épica. Si bien cae dentro de la categoría general de poesía heroica de López Pinciano, al igual que el Bernardo, surge la pregunta: ¿es un poema épico en prosa o una subcategoría, un libro de caballerías? Además, dado que Persiles pertenece a la épica y era costumbre que los escritores compusieran solo una, es poco probable que Don Quijote, siendo tan distinto, también lo fuera. Las semejanzas de Don Quijote con obras épicas son mínimas en comparación con su parecido a los libros de caballerías. Las acciones, filosofía y discursos de Don Quijote están inspirados en los libros de caballerías, no en poemas épicos. El propio don Quijote clasificaría una obra sobre sus hazañas como un libro de caballerías, y así lo consideraron los lectores contemporáneos. Las características épicas ocasionales —como las listas de combatientes en los rebaños o la bajada a la cueva de Montesinos— son elementos lícitos en un libro de caballerías, que puede permitirse ser épico, lírico, trágico o cómico. La gran variedad de materiales, estilos y formas literarias en Don Quijote es, de hecho, un argumento poderoso a favor de que sea un libro de caballerías.
La Verdadera Identidad: Un Libro de Caballerías Burlesco
La propuesta más acertada es que Don Quijote es un libro de caballerías burlesco. Esto significa que es, en primer lugar, un libro de caballerías (el nombre, la categoría principal), y en segundo lugar, burlesco (el adjetivo, la cualidad que lo distingue). La validación de esta clasificación se encuentra en cómo Cervantes evita los defectos de los libros de caballerías anteriores y se conforma con sus propias sugerencias para la composición de uno mejor.
Forma y Función
Don Quijote se asemeja a los libros de caballerías por su forma: es una biografía ficticia, contada lineal y cronológicamente, larga y compleja, con un gran número de personajes e incidentes. La primera parte está dividida en cuatro, al igual que Amadís y otros. En cuanto a su función, se dirige al lector ocioso, descrito como un pasatiempo y entretenimiento, un rol que compartían los libros de caballerías. Al igual que estos, Don Quijote destierra la melancolía.
Temática y Estilo
El criterio clave para la clasificación literaria, según López Pinciano, es la historia o el tema tratado. El tema de Don Quijote son las aventuras caballerescas, no los casos amorosos ni las batallas épicas. La vida del protagonista es la de un caballero andante, narrada por el sabio encantador Cide Hamete, imitando a los historiadores ficticios de los libros de caballerías. Don Quijote, como los caballeros andantes, se va de casa en secreto, es armado caballero, escoge un escudero, una dama, un símbolo heráldico y un nombre. Intenta ganar fama y honor, y ser útil. Envía presentes a su dama, la libera de encantamientos, se enfrenta a otros caballeros y pernocta en castillos (o cree hacerlo).
El Doble Sentido de la Burla
La clave es que la vida caballeresca de don Quijote es una burla. Los dos sentidos en que Cervantes usa la palabra «burla» ayudan a entender un aspecto central de la obra. Primero, la burla era lo contrario de las «veras», es decir, algo fingido y contrahecho. La vida caballeresca de don Quijote es inherentemente falsa: su armadura de cartón, la invención de Dulcinea, sus «calabaçadas» no son verdaderas. Cervantes confía en que el lector discernirá esta falsedad, invitándolo a pensar críticamente sobre los absurdos de los libros de caballerías.
Segundo, una burla era algo que provocaba la risa, con la cual se asocia repetidamente en el texto. Las bromas de los duques, el manteamiento de Sancho, la confusión del yelmo de Mambrino y la bacía, o incluso el «encantamiento» de Dulcinea, son ejemplos de situaciones que generan una risa incontrolable en los personajes y, por extensión, en el lector. Una obra de burlas, a diferencia de una parodia, es compatible con el propósito de atacar algo, humillando o menospreciando el objeto. Al crear un libro de caballerías burlesco, Cervantes pudo llegar a los lectores de estos libros, ofreciéndoles entretenimiento mientras, de manera sutil, los instruía sobre sus defectos.
La Búsqueda de la Verosimilitud y el Realismo
Una de las características teóricas más significativas de Don Quijote es su respuesta al mayor fallo de los libros de caballerías: la falta de verosimilitud. La obra de Cervantes está repleta de cosas «possibles» y «tir[a] lo más que fuere possible a la verdad». Por esta razón, «dexa[r] atrás y escurece[r] […] los Amadisses, Esplandianes y Belianisses». Cervantes evita no solo los imposibles fantásticos, sino también los detalles que solo dan una apariencia de verdad, tan típicos de los libros de caballerías. En contraste, Don Quijote se adhiere a la imitación de la realidad, lo que hace buena a la literatura, según el canónigo.
Esta intención de atacar los libros de caballerías explica una de las características más atractivas y complejas del Quijote: su retrato de la España contemporánea y su gente, lo que vagamente se denomina el realismo de la obra. Aunque difícil de evaluar globalmente, la exactitud de Cervantes en geografía, plantas, animales y costumbres de su tiempo es notable. Este realismo, presente en todas sus obras, alcanzó su mayor logro en Don Quijote como respuesta a los libros de caballerías, llenos de gente y lugares increíbles, fantasías y magia. Cervantes los combatió y los sustituyó ofreciendo verdad, realidad o, al menos, verosimilitud.
En lugar de reyes y nobles, Don Quijote nos ofrece un corte transversal de la sociedad española, aprovechando la libertad que encontró en la forma de los libros de caballerías. La variedad de personajes, con un verosímil predominio de la clase baja, y los vivos diálogos que dan la impresión de conversación real, son aspectos que lo diferencian de las obras que ataca. El uso de estos personajes también sirve para mostrar los efectos de los libros de caballerías en distintos lectores contemporáneos. Mientras los libros de caballerías se situaban en tiempos vagos y remotos, y en lugares inexistentes, Don Quijote se ubica en la España contemporánea, en un mundo donde la magia se desvela como el falso producto de la mente de la gente.
El Precedente de Tirant lo Blanch
Cervantes reconoció que Don Quijote no tenía precedentes, siendo una «nueva y jamás vista historia». Sin embargo, es lógico que usara un modelo, como lo hizo para otras obras. El Tirant lo Blanch (Tirante el blanco), un libro de caballerías cómico que Cervantes creía castellano y del siglo XVI, es un precedente importante. En el famoso pasaje del escrutinio de la librería, el cura elogia el Tirant, destacando que, a diferencia de Don Quijote, su humor no era intencionado, sino que sus necedades «no estaban escritas de industria». Este libro, lleno de caballeros cobardes y mujeres poco virtuosas, inspiró a Cervantes. Los caballeros de Tirant luchan con escudos de papel, inspirando la celada de cartón de don Quijote. Las mujeres licenciosas, los nombres jocosamente ordinarios o «peregrinos y significativos» (como Placerdemivida o Quirieleisón) y el hecho de que «comen los cavalleros, y duermen y mueren en sus camas, y hazen testamento antes de su muerte», eran elementos que Cervantes percibía como humorísticos por su contraste con la idealización caballeresca. Estos detalles «poco caballerescos» en un contexto caballeresco sin duda sirvieron de inspiración a Cervantes para crear humor a través del contraste en su propia obra.
¿Quién Juzga las Obras? La Figura del Crítico Ideal
La pregunta central de quién puede juzgar los dos tipos de obras de Don Quijote (en referencia a la comedia y los libros de caballerías, como se compara en el texto) encuentra su respuesta en la propia obra y en la visión de Cervantes. Para que una obra logre admirar, alegrar, suspender y entretener, neutralizando los peligros de la ociosidad, debe guiarse por el arte y las reglas, ser verosímil y estar libre de absurdos. Por esta razón, el canónigo recomienda la existencia de un crítico oficial. La misma persona, un lector discreto, capaz de discernir y aplicar estos principios, podría juzgar tanto la comedia como los libros de caballerías.
Este crítico ideal es aquel que Cervantes intenta formar en sus propios lectores: alguien que «piensa», que usa la cabeza para distinguir la verdad de la mentira, que examina la credibilidad y la coherencia narrativa. No es un «bárbaro inculto» ni un «loco» que acepte disparates sin cuestionar. Es un lector que puede apreciar la belleza y la concordancia de la obra, el arte cuidadosamente construido y la verosimilitud de las aventuras. Cervantes buscaba la aprobación de estos lectores discretos, pero también escribía para el «vulgo», la mayoría de sus lectores, quienes buscaban «gusto y maravilla». Para ellos, la admiración surge de la locura y sabiduría combinadas de don Quijote y Sancho, y la alegría, del humor que, aunque con el tiempo se ha deteriorado, fue fundamental para los primeros lectores.
Cervantes aceptaba que distintos lectores quisieran distintos tipos de placer. Para los discretos, el deleite provenía de la apreciación del arte y la verosimilitud. Para el vulgo, el gusto y la maravilla se lograban con elementos que, aunque diferentes de los libros de caballerías, seguían generando admiración y alegría. La obra, con su mezcla de inteligencia y locura, de sensatez y disparate, invitaba a la risa y a la reflexión, guiando al lector hacia una nueva forma de entender la literatura y la realidad.
Así, el juicio sobre Don Quijote no recae en una única categoría preestablecida, sino en la capacidad de un lector crítico y discreto de apreciar su complejidad, su verosimilitud y su propósito burlesco. La obra es un triunfo de la literatura que, al deconstruir y superar un género popular, creó algo radicalmente nuevo, un espejo de la realidad y una fuente inagotable de reflexión y entretenimiento.
Preguntas Frecuentes sobre el Género de Don Quijote
¿Por qué es tan difícil clasificar el género de Don Quijote?
Es difícil clasificar Don Quijote debido a que las categorías genéricas varían mucho entre épocas. Cervantes no lo concibió como una 'novela' o 'romance' en el sentido moderno. Además, la obra es una mezcla compleja de elementos que parodian, critican y superan los géneros existentes, creando algo único que se adelantó a su tiempo y redefinió la literatura.
¿Cómo se relaciona Don Quijote con los libros de caballerías?
Don Quijote es, fundamentalmente, un 'libro de caballerías burlesco'. Toma la forma y el tema de los libros de caballerías (biografía de un caballero andante, aventuras), pero los somete a una crítica y parodia constantes. Cervantes lo usa para exponer la falsedad e inverosimilitud de estos libros, ofreciendo a cambio una obra que, aunque cómica, es profundamente verosímil y arraigada en la realidad española de su época.
¿Qué significa que Don Quijote es una 'historia fingida'?
Que Don Quijote sea una 'historia fingida' significa que es una obra de ficción, una 'fábula', y no una narración histórica verdadera. Cervantes utiliza la ironía al llamarla 'verdadera historia' para resaltar la inverosimilitud de los libros de caballerías que pretendían ser reales. Invita al lector a usar su juicio crítico para discernir la diferencia entre la realidad y la invención, incluso cuando la ficción se presenta con pretensiones de veracidad.
Tabla Comparativa: Don Quijote vs. Libros de Caballerías Tradicionales
| Característica | Libros de Caballerías Tradicionales | Don Quijote (Libro de Caballerías Burlesco) |
|---|---|---|
| Género Principal | Épica, romance caballeresco | Libro de caballerías (con elemento burlesco) |
| Veracidad Pretendida | A menudo pretenden ser historias verdaderas | Presentado irónicamente como 'historia verdadera'; en realidad, una 'historia fingida' |
| Propósito | Entretener, idealizar, exaltar hazañas heroicas | Entretener, criticar y superar el género de caballerías, instruir al lector en el juicio crítico |
| Estilo y Tono | Solemne, heroico, a veces exagerado | Mixto, con humor, ironía, realismo y momentos de solemnidad |
| Personajes | Reyes, príncipes, caballeros perfectos, damas idealizadas | Personajes de todas las clases sociales, realistas, con defectos y virtudes; un hidalgo loco y su escudero rústico |
| Contexto Geográfico | Lugares vagos, remotos, fantásticos, sin mapa | España contemporánea, lugares reconocibles y detallados |
| Eventos Sobrenaturales | Magia, encantamientos reales y frecuentes | Magia desmitificada, explicada como producto de la mente o engaños; encantamientos falsos o soñados |
| Final | A menudo inconcluso o abierto a continuaciones | Conclusión clara, con el protagonista recuperando la cordura y muriendo |
| Recepción del Lector | Aceptación acrítica por parte de muchos | Se fomenta la lectura crítica y la reflexión sobre la verosimilitud |
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