16/03/2024
En el vasto universo de la música latinoamericana, pocas canciones logran encapsular la esencia de un personaje real con la profundidad y el misterio de “El violín de Becho”, la célebre obra de Alfredo Zitarrosa. Por décadas, la figura de “Becho” fue para muchos un enigma, un personaje de ficción surgido de la pluma de un genio. Sin embargo, detrás de esa melodía que evoca melancolía y admiración, existió un hombre de carne y hueso, un violinista bohemio y excepcional llamado Carlos Julio Eizmendi. Su historia, repleta de talento, anécdotas y una profunda humanidad, es un testimonio de la riqueza cultural uruguaya y de cómo el arte puede inmortalizar vidas que, de otro modo, quizás permanecerían en el olvido.

Este artículo busca desentrañar la verdadera identidad de “Becho”, el hombre que inspiró a Zitarrosa, y explorar su fascinante vida, desde sus humildes orígenes en Lascano hasta su reconocimiento en escenarios internacionales, un reconocimiento que, paradójicamente, no siempre encontró eco en su propia tierra.
¿Quién fue Carlos Julio Eizmendi, el 'Becho'?
Carlos Julio Eizmendi, conocido afectuosamente como “Becho”, nació el 7 de febrero de 1932 en Lascano, una localidad en el departamento de Rocha, Uruguay. Su vida fue una singular mezcla de raíces provincianas y un espíritu cosmopolita. Sus padres, Don Ángel, un peluquero, y Doña Chicha, una maestra que fundó el liceo de Lascano, le proveyeron un hogar donde el arte y la educación eran valorados. Fue precisamente en el liceo fundado por su madre donde “Becho” fue alumno fundador, forjando desde temprana edad un vínculo profundo con el conocimiento y la expresión.
El origen de su peculiar apodo, “Becho”, sigue siendo un misterio que ni siquiera sus parientes más cercanos han logrado desvelar. Algunos especulan que podría derivar de “beso”, un reflejo del cariño y la naturaleza amable de su madre, o quizás de su propia personalidad afable que lo hacía tan querido por todos. Este pequeño detalle, aparentemente trivial, añade una capa más de encanto al personaje y a la leyenda que lo rodea.
La infancia y juventud de “Becho” transcurrieron entre Lascano, Barra del Chuy, Rocha y Montevideo. La Barra del Chuy, en particular, fue escenario de episodios memorables durante sus veraneos a fines de los años treinta. Fue allí, siendo un adolescente, donde comenzó a estudiar violín, un instrumento que se convertiría en su voz y su compañero inseparable. Junto a un grupo de amigos del balneario, solían ofrecer serenatas a las muchachas, pero estas veladas trascendían el simple cortejo para convertirse en pequeños conciertos callejeros, donde la música se ofrecía generosamente a toda la gente del lugar. Este espíritu de compartir su arte, sin pretensiones, fue una constante a lo largo de su vida.
El Músico Bohemio y su Genialidad Incomprendida
La vocación musical de Carlos Julio Eizmendi no tardó en llevarlo a escenarios de mayor envergadura. En noviembre de 1953, su talento excepcional lo catapultó al prestigioso SODRE (Servicio Oficial de Difusión, Radiotelevisión y Espectáculos), la institución musical más importante de Uruguay. Apenas un año después, en 1954, su maestría con el violín fue tan evidente que ascendió rápidamente para convertirse en uno de los primeros violinistas de la orquesta sinfónica. Este logro no solo hablaba de su habilidad técnica, sino también de su capacidad para integrarse en un conjunto de élite, demostrando una disciplina y un compromiso con la música clásica que contrastaban, en cierto modo, con su espíritu más libre y popular.
Los relatos de quienes lo conocieron lo sitúan como un músico de enorme talento, pero también lo acercan al estereotipo del músico bohemio. No le gustaba tocar “en serio” para sus amigos; esa formalidad la reservaba para las orquestas. En compañía de sus allegados y la gente del pueblo, “Becho” aprovechaba para divertirse, para jugar con el violín tanto como para tocarlo. Una de las anécdotas más entrañables, y que revela la esencia de su espíritu lúdico, ocurrió en la casa de Alfredo Zitarrosa. Mientras “Becho” ensayaba con Alfredo, observó cómo el arco de su violín proyectaba una sombra en el suelo que San Pedro, el gato de Zitarrosa, intentaba atrapar. Este juego improvisado dio como resultado una grabación fantástica, donde “Becho” tocaba el violín y, al mismo tiempo, interactuaba con el gato, creando un momento de pura magia. Era tal su conexión con el instrumento que, como algunos decían, “él hacía hablar al violín”.
Otro episodio que ilustra su particular sentido del humor y su ingenio ocurrió en el Chuy. Solía ir al boliche de un tal Nicomedes Gómez, se escondía detrás de una columna y le daba las buenas noches usando solo el violín. El bolichero, desconcertado, se desesperaba buscando la fuente de esa voz musical, sin saber si pertenecía a una persona o a un loro. Estas historias delinean a un tipo querible, poseedor de un notable sentido del humor y una gran sensibilidad, un artista que trascendía las convenciones y que encontraba en la música una forma de vida, de juego y de expresión.
Un Talento Universal con Raíces Profundas
La trascendencia internacional de Carlos Julio Eizmendi contrasta de forma notoria con la falta de reconocimiento en su propio país, un fenómeno tristemente común para muchos talentos uruguayos. “Becho” no solo fue un eximio violinista, sino que su maestría lo llevó a competir en escenarios mundiales. Se presentó a un concurso para una plaza en la Filarmónica de Múnich, una de las orquestas más prestigiosas del mundo, y entre doscientos aspirantes fue elegido él. Este logro es un testimonio irrefutable de su calidad técnica y artística, capaz de sobresalir en el más alto nivel de la música clásica.
Su talento fue reconocido también en Latinoamérica. Dirigió en Cuba, en Venezuela, en Bolivia, donde además fue profesor de conservatorio. Integró la Sinfónica de Maracaibo, ampliando su horizonte y llevando su arte a diversas culturas. Esta trayectoria internacional, que abarcó tanto la interpretación como la docencia y la dirección orquestal, demuestra la versatilidad y la profundidad de su capacidad musical.

Sin embargo, a pesar de estos méritos más que suficientes para ocupar un lugar destacado en la historia de la música uruguaya, la vida del músico no es recordada en su propia tierra más que por sus coetáneos, personas de más de sesenta años. Gran parte de la gente joven de Lascano, su ciudad natal, ignora que “Becho” es de allí, y muchos, como se mencionó, creían que se trataba de un personaje inventado por Zitarrosa. Esta paradoja de un “lascanense universal”, como lo llamaban algunos de sus coterráneos en referencia a su dilatada trayectoria en orquestas de Europa y América, subraya la necesidad de rescatar y difundir su legado musical y su impacto cultural.
Es importante destacar el carácter popular y bohemio de “Becho”, más allá de su trayectoria en la música denominada culta. Ese era el rasgo distintivo: era un tipo popular, que conectaba con la gente a través de su arte de una manera espontánea y genuina. Esta dualidad entre el virtuoso de la orquesta sinfónica y el músico callejero, juguetón y cercano, es lo que lo hizo tan único y lo que, en última instancia, lo convirtió en una fuente de inspiración tan rica para un artista como Zitarrosa.
El Legado Vivo de 'Becho': Más Allá de la Canción
Carlos Julio Eizmendi falleció el 21 de mayo de 1985, en el hospital de Clínicas de Montevideo. Su partida dejó un vacío en el mundo de la música, pero su espíritu y su arte perduran, en gran parte gracias a la canción de Alfredo Zitarrosa que lo inmortalizó. Rocha, la ciudad en la que dictó clases de música y donde fue enterrado, y Montevideo, donde vivió durante dieciocho años, fueron testigos de su vida adulta y de su incansable labor.
Las anécdotas compartidas por sus amigos delinean aún más la personalidad de “Becho”. Una de ellas se relaciona con su generosidad para compartir su música. Durante sus vacaciones en la Barra del Chuy, ponía su arte a disposición de los jóvenes del balneario para brindar serenatas a las muchachas, un gesto que evidencia su amor por la música y su deseo de compartirla sin límites.
Otra anécdota revela la importancia que “Becho” le brindaba a su trabajo como profesor. En una ocasión, tenía que viajar desde Montevideo a Rocha para dar una clase en el conservatorio de la ciudad. Perdió el ómnibus, pero su compromiso era tal que decidió tomar un taxi para llegar a tiempo, un viaje que le insumió todo su sueldo de ese mes. Este acto de dedicación subraya su profesionalismo y la seriedad con la que asumía su rol de educador.
Afortunadamente, en los últimos años, se han realizado esfuerzos por reconocer el reconocimiento póstumo que “Becho” tanto merecía. Rodolfo Picca, un lascanense radicado en La Paz, diseñó y esculpió una placa de mármrmol de 1,80 metros de altura y 100 kilos de peso, que fue colocada en una plaza de Lascano, en las inmediaciones del Liceo local, el mismo que su madre fundó y del que él fue alumno fundador. Una sala del conservatorio de música de Rocha, donde “Becho” fue profesor, lleva ahora su nombre, honrando su trayectoria docente.
Además, la Intendencia de Rocha prometió realizar una exposición con los programas de los conciertos que “Becho” dio en el teatro 25 de Mayo de Rocha, donde debutó como concertista a los 17 años, un recordatorio de su precoz talento. Y en un gesto de gran significado, la calle Dr. Corbo y su continuación desde la calle Padre Montaldo hasta el Liceo de Lascano, se llama ahora Carlos Julio Eizmendi, asegurando que su nombre y su legado permanezcan vivos en las calles de su ciudad natal.
“El violín de Becho” de Alfredo Zitarrosa no es solo una canción; es un homenaje, una ventana a la vida de un hombre extraordinario. La letra de Zitarrosa, que habla de un violín que “no ama pero siente que el violín lo llama”, y de un “niño violín que se desespera cuando Becho lo toca y se calma”, capta la esencia de la relación de Eizmendi con su instrumento y su peculiar forma de hacer música. Carlos Julio Eizmendi, “Becho”, fue un artista de trascendencia internacional, un genio humilde y un ser humano excepcional, cuyo violín, y la canción que lo inmortalizó, siguen sonando en el alma de quienes tienen el privilegio de conocer su historia.
Preguntas Frecuentes sobre Carlos Julio 'Becho' Eizmendi
- ¿Quién fue Carlos Julio Eizmendi, el 'Becho'?
Carlos Julio Eizmendi, conocido como 'Becho', fue un talentoso violinista uruguayo, nacido en Lascano, que se destacó tanto en la música clásica como en su faceta bohemia y popular. Fue la inspiración real detrás de la famosa canción 'El violín de Becho' de Alfredo Zitarrosa. - ¿Alfredo Zitarrosa inventó a 'Becho' o fue un personaje real?
Contrario a la creencia popular, 'Becho' no fue un personaje ficticio. Carlos Julio Eizmendi fue una persona real, un amigo cercano de Zitarrosa y un músico de gran talento que inspiró directamente la canción. - ¿Cuál fue la trayectoria musical de 'Becho'?
'Becho' ingresó al SODRE en 1953 y se convirtió en uno de los primeros violinistas de la orquesta sinfónica en 1954. Su talento lo llevó a competir y ser elegido para la Filarmónica de Múnich, y dirigió y enseñó en países como Cuba, Venezuela y Bolivia, además de integrar la Sinfónica de Maracaibo. - ¿Por qué 'Becho' era considerado un músico bohemio?
Se le consideraba bohemio por su espíritu libre y su forma lúdica de relacionarse con la música fuera de los escenarios formales. Disfrutaba jugando con el violín, como en la anécdota del gato de Zitarrosa o la del boliche de Nicomedes, demostrando un sentido del humor y una cercanía con la gente que trascendía su virtuosismo técnico. - ¿Cómo se ha honrado la memoria de 'Becho' en Uruguay?
En Lascano, su ciudad natal, se colocó una placa de mármol en una plaza cercana al liceo que fundó su madre y donde él fue alumno. Una sala del conservatorio de música de Rocha, donde fue profesor, lleva su nombre. Además, se prometió una exposición de sus conciertos y una calle en Lascano fue nombrada en su honor.
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