23/07/2024
En un mundo lleno de desafíos y adversidades, la capacidad de mantener una perspectiva clara de la victoria divina puede parecer un ideal inalcanzable. Sin embargo, las Escrituras nos revelan que es posible visualizar a Jehová triunfando sobre sus enemigos y liberando a su pueblo de la tribulación, incluso cuando Él mismo permanece invisible a nuestros ojos literales. Esta poderosa visión no es fruto de la imaginación, sino de una fe sólida y activa que nos impulsa a la acción y nos sostiene en medio de las pruebas más severas.

La esencia de esta capacidad reside en la fe, una cualidad que nos permite percibir lo que no es visible. Aunque ningún ser humano ha visto a Dios con sus ojos físicos, su invisibilidad no debe sembrar dudas sobre su existencia. Al contrario, sus maravillosas obras creativas son un testimonio elocuente de su poder eterno y su divinidad, tal como lo expresa el apóstol Pablo en Romanos 1:20: “Sus cualidades invisibles se ven claramente desde la creación del mundo en adelante, porque se perciben por medio de las cosas hechas, hasta su poder sempiterno y Divinidad.” Además, la inmutabilidad de sus cualidades y normas, confirmada por su propia declaración: “Yo soy Jehová; no he cambiado” (Malaquías 3:6), fortalece nuestra confianza en que su carácter y sus tratos con su pueblo son constantes y dignos de nuestra absoluta confianza. Esta fe profunda ha transformado vidas enteras, llevando a personas que antes vivían en la inmoralidad, la falta de honradez o la violencia a adoptar un camino que agrada a Dios, demostrando un aprecio sincero por las cosas espirituales y poniendo la voluntad de Jehová en primer lugar.
A lo largo de la historia, numerosos siervos de Dios han demostrado esta fe inquebrantable, sirviendo como ejemplos luminosos de cómo “ver” al Invisible. Moisés, a pesar de haber disfrutado de una posición privilegiada en la casa de Faraón, decidió rehusar ser llamado hijo de la hija de Faraón. Su fe lo impulsó a dejar Egipto sin temor al enojo del rey, manteniéndose firme “como si viera a Aquel que es invisible” (Hebreos 11:27). Esta misma fe le permitió presenciar la división milagrosa del Mar Rojo y la liberación de Israel de la esclavitud egipcia, un triunfo divino innegable. Su sucesor, Josué, también “vio” a Jehová en acción cuando las aguas del Jordán se detuvieron y los muros de Jericó cayeron, demostrando el poder de Dios en la conquista de la Tierra Prometida. Incluso una mujer no israelita, como Rahab, en Jericó, “vio” la mano de Jehová por su fe y fue perdonada junto con su familia. En tiempos posteriores, la viuda de Sarepta “vio” el poder de Jehová cuando el profeta Elías clamó, y su hijo regresó a la vida, confirmando la veracidad de la palabra de Dios. Estos y muchos otros, que conforman la “tan grande nube de testigos” mencionada en Hebreos 12:1, atestiguan que es posible “ver” a Dios no con ojos literales, sino con los ojos de la fe, y que esta visión impelirá a la acción y al aguante.
La fe se convierte en un ancla inquebrantable, especialmente en tiempos de tribulación. Los siervos de Jehová en la actualidad, al igual que los de la antigüedad, han enfrentado y continúan enfrentando persecuciones severas, demostrando una lealtad férrea a su Padre celestial. Ejemplos conmovedores incluyen a los Testigos de Jehová bajo el diabólico régimen nazi en Alemania, donde miles perdieron sus empleos, negocios y hogares. Se confiscaron propiedades, se negaron pensiones, y muchos fueron arrestados, cumpliendo sentencias que sumaron miles de años de prisión. Centenares murieron en prisión o fueron ejecutados. Más recientemente, en Malawi, bajo un dictador “cristiano”, decenas de miles de Testigos fueron forzados a huir, solo para ser “repatriados” y enfrentar tormentos inhumanos, golpizas, robos, violaciones y la separación de sus hijos en campos de concentración. A pesar de este registro diabólico de sufrimiento, su fe se mantuvo fuerte. ¿Qué les permitió aguantar? Acudieron a la Santa Biblia, la Palabra de Dios, encontrando en ella ejemplos de fidelidad y aguante, especialmente el de Jesucristo. Su experiencia refleja la de Job, quien, a pesar de sufrir escarnio y mofa, “retuvo firmemente su integridad”, demostrando que Satanás era un mentiroso. De igual modo, David y Jeremías, aunque objeto de burla y oprobio, fueron sostenidos por Jehová. La prueba de Sadrac, Mesac y Abednego, quienes se negaron a adorar la imagen de oro aun frente al horno ardiente, es un recordatorio poderoso de que Jehová puede rescatar o, si no, que el sufrimiento momentáneo no es nada en comparación con la vida eterna en perfección, como dice Pablo: “aunque la tribulación es momentánea y liviana, obra para nosotros una gloria que es de más y más sobrepujante peso y es eterna” (2 Corintios 4:17). Estos ejemplos nos animan a mantenernos firmes, sabiendo que Dios está con nosotros y que nuestra fe triunfará.
En este camino de fe y aguante, la oración juega un papel fundamental, siendo un elemento crucial para visualizar la victoria de Jehová. La historia de Daniel en el capítulo 9 de su libro es un testimonio majestuoso de la verdadera oración intercesora. Daniel, un hombre de inquebrantable compromiso espiritual, mostró una profunda conciencia de su pecaminosidad y una humildad admirable al volverse a Dios en ruego, ayuno, cilicio y ceniza. Su oración nos revela elementos esenciales de la comunión con Dios.

En primer lugar, la oración nace de la Palabra de Dios. Daniel no oró al azar; su oración fue una respuesta directa a su estudio de las profecías de Jeremías, donde leyó que la desolación de Jerusalén duraría setenta años. Aunque Daniel sabía que Dios cumpliría su palabra, él oró. ¿Por qué orar por algo que ya está determinado? Porque la oración no es para cambiar la voluntad de Dios, sino para que nosotros nos alineemos con sus propósitos divinos. Es una expresión de nuestra identificación con los planes de Dios y de nuestra sumisión a ellos. Así, la Palabra y la oración están inseparablemente ligadas; no podemos orar con inteligencia si no entendemos lo que Dios ha revelado en sus Escrituras. El Salmo 119 lo ilustra, al decir que los testimonios de Dios son “consejos” y “meditación” que llevan a un mayor entendimiento y a la oración. De igual manera, Esdras y Nehemías nos muestran cómo la lectura de la Ley de Dios llevó al pueblo a la confesión, el arrepentimiento y la oración. Como dijo el apóstol Pablo, al comprender el misterio de la gracia de Dios, él dobló sus rodillas en oración (Efesios 3). La Palabra de Dios genera oración porque nos revela la voluntad, las promesas y los juicios divinos, impulsándonos a alabar, confesar, suplicar y clamar por los perdidos.
En segundo lugar, la verdadera oración está arraigada en la voluntad de Dios. No se trata de intentar manipular a Dios o de pedirle que cambie sus designios perfectos. Más bien, es una búsqueda humilde para que nuestros corazones y deseos se conformen a lo que Él ya ha determinado. Daniel, al igual que los mártires en Apocalipsis 6 que clamaban “¿hasta cuándo, oh Señor?”, no oraba por ignorancia de los planes divinos, sino por un anhelo profundo de que la voluntad de Dios se cumpliera. El profeta Samuel, a pesar de que Dios había prometido no desamparar a su pueblo, consideró que dejar de rogar por ellos era un pecado (1 Samuel 12:23). Esto subraya que, aunque la voluntad de Dios sea inevitable, nuestra participación en la oración es vital para nuestra propia alineación espiritual y para el cumplimiento de sus propósitos. La oración nos transforma, nos acerca a Dios y nos hace partícipes de su obra.
Finalmente, la oración eficaz se caracteriza por la pasión. Daniel no oró superficialmente; “volvió su rostro al Señor Dios, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza.” Esta intensidad y persistencia son un contraste con la tendencia moderna a la oración casual y de atención limitada. Daniel oró por un tiempo prolongado, como lo demuestra la llegada de Gabriel mientras aún estaba hablando en oración. Su profunda conciencia de su propia pecaminosidad, aun siendo un hombre justo, lo llevó a un quebrantamiento que impulsó su fervor. Dios responde a esta pasión genuina. Aunque sabemos que solo unos pocos entrarán por la puerta estrecha, o que las condiciones mundiales empeorarán, nuestra pasión en la oración por la glorificación del nombre de Dios, por la salvación de almas y por la manifestación de su voluntad, no debe cesar. La oración “eficaz del justo tiene mucha fuerza” (Santiago 5:16), no para cambiar a Dios, sino para moldearnos a nosotros y hacernos instrumentos en Sus manos.
Con estos elementos de fe y oración, podemos visualizar con claridad el triunfo final y la liberación que Jehová traerá a su pueblo. La profecía nos asegura que los malhechores y perseguidores “sufrirán el castigo judicial de destrucción eterna de delante del Señor y de la gloria de su fuerza” (2 Tesalonicenses 1:9). Por otro lado, Dios ha prometido a sus siervos fieles: “De seis aflicciones te librará, y en la séptima no te tocará el mal” (Job 5:19). Esta poderosa afirmación bíblica nos asegura la protección divina en medio de cualquier adversidad, sin importar la cantidad o la intensidad, prometiendo que el mal no tendrá la última palabra. La adversidad, por lo tanto, se convierte en una oportunidad para que la cualidad probada de nuestra fe, “de mucho más valor que el oro que perece a pesar de ser probado por fuego, sea hallada causa de alabanza y gloria y honra al tiempo de la revelación de Jesucristo” (1 Pedro 1:6, 7). A pesar de la oposición, el nombre de Dios se está dando a conocer ampliamente, y todas las naciones “tendrán que saber” que Él es Jehová (Ezequiel 39:7). Hoy, en muchas partes de la Tierra, se observa una respuesta sin precedentes a la Palabra de Dios, con personas buscando estudios bíblicos, lo que nos anima a expandir nuestro ministerio con celo y compasión, ayudando a más personas a “ver” a Dios con los ojos de la fe. No debemos permitir que la indolencia de nuestra parte prive a otros de la oportunidad de conocer al gran Dador de vida.
Preguntas Frecuentes sobre la Tribulación y la Fe:
¿Por qué Dios permite la tribulación a los justos?
La tribulación no es un signo de desaprobación divina, sino a menudo un medio para probar y fortalecer la fe (Santiago 1:2,3), refinar el carácter, y demostrar la integridad de los siervos de Dios frente a los desafíos de Satanás (como en el caso de Job). También puede ser una oportunidad para que la gloria de Dios se manifieste a través de la liberación, o para que Su pueblo se alinee más profundamente con Su voluntad y confíe plenamente en Él.

¿Cómo puedo “ver” a Dios si es invisible?
“Ver” a Dios es una experiencia espiritual, no literal. Se logra a través de los “ojos de la fe”, los cuales nos permiten discernir sus cualidades invisibles en la creación (Romanos 1:20), comprender su carácter y sus propósitos al estudiar su Palabra inspirada, y reconocer su mano activa en nuestra vida y en los acontecimientos mundiales. Al igual que los héroes de la fe, cuanto más nos sumergimos en su Palabra y en la oración, más clara se vuelve esta “visión” espiritual.
¿La oración puede cambiar la voluntad de Dios?
No, la oración genuina no busca cambiar la voluntad inmutable de Dios, que es perfecta y siempre para nuestro bien. Más bien, la oración nos alinea con esa voluntad divina. Nos permite comprenderla, aceptarla y, a menudo, nos convierte en instrumentos para su cumplimiento. Es una vía para expresar nuestra dependencia de Dios, nuestra sumisión a su soberanía y nuestra identificación con sus propósitos eternos. Como Daniel, oramos para que “se haga” la voluntad de Dios, no para que cambie.
¿Qué significa la frase “De seis aflicciones te librará, y en la séptima no te tocará el mal”?
Esta poderosa promesa, encontrada en Job 5:19, es una expresión poética que significa que Dios librará a sus siervos de *todas* las aflicciones, sin importar cuán numerosas o severas sean. El uso de “seis” y “siete” simboliza la totalidad y la perfección. Implica que la protección y la liberación de Dios son completas y definitivas, asegurando que el mal, en su sentido más destructivo y permanente, no prevalecerá sobre aquellos que confían en Él. Es una afirmación de la soberanía de Dios sobre el sufrimiento y su compromiso de salvaguardar a los justos.
En conclusión, visualizar a Jehová triunfando de sus enemigos y librando a su pueblo de toda tribulación es más que una esperanza; es una certeza que se nutre de una fe inquebrantable y una vida de oración apasionada. Al continuar constantes “como viendo al que es invisible”, al igual que Moisés y la gran nube de testigos, podemos confiar en que Jehová nos fortalecerá y nos protegerá, permitiéndonos ser partícipes de su magnífica victoria y de las bendiciones eternas que aguardan a quienes le sirven con lealtad. Que nuestra vida de fe sea un testimonio viviente de esta gloriosa verdad.
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