¿Cuáles son los libros más importantes de los mayas?

La Sabiduría Oculta de los Mayas: Sus Libros Sagrados

30/12/2024

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La civilización maya, cuna de un vasto conocimiento y una profunda espiritualidad, nos legó un patrimonio inmaterial invaluable: sus libros. Más que meros registros, estos manuscritos eran objetos de veneración, repositorios de una sabiduría ancestral que conectaba al ser humano con lo divino, con el cosmos y con su propia historia. La palabra, convertida en imagen y plasmada con maestría, tenía la misión de hablar “a los que estaban por venir”, revelando los misterios de lo sagrado, el poder, el tiempo y la vida cotidiana de uno de los pueblos más enigmáticos de Mesoamérica.

¿Cuáles son los libros más importantes de los mayas?
Los libros mayas más importantes son los Libros de Chilam Balam de los yucatecas, el Popol Vuh de los quichés y el Memorial de Sololá de los cakchiqueles, que fueron escritos con el fin de conservar y fortalecer la religión maya.

La escritura maya representa la cúspide de los sistemas de escritura ideados en Mesoamérica, un arte donde la palabra se transformaba en una intrincada imagen. Los mayas vistieron sus templos de textos escritos y redactaron libros en un sistema de signos que logró visualizar la palabra y sus elementos más fundamentales: los sonidos y los fonemas. Este complejo sistema no solo se hallaba en manuscritos, sino que también fue tallado en piedra sobre estelas, altares, tronos, dinteles y edificios, así como pintado en cerámica y en la pintura mural. Todo ello evidencia la omnipresencia y el valor sagrado que le otorgaban a la escritura.

Índice de Contenido

La Escritura y su Carácter Sagrado

La literatura maya, al igual que la ciencia y otras disciplinas, estaba intrínsecamente al servicio de la religión. Para los mayas, la relación con la divinidad era el eje central de la vida comunitaria, y por ende, el arte se concebía más como una expresión de lo sagrado que como una forma de creación personal o colectiva. La escritura misma era considerada sagrada, y su conocimiento estaba restringido a unos pocos elegidos, generalmente sacerdotes, a quienes les eran revelados los designios de los dioses y las leyes divinas que mantenían el orden cósmico. Esta exclusividad reforzaba la veneración hacia los libros, los cuales eran leídos en rituales y ceremonias litúrgicas para que la comunidad comprendiera el sentido profundo de su existencia. Es importante destacar que estas obras eran anónimas; a nadie se le habría ocurrido firmar su creación, ya que los autores eran vistos como meros transmisores de la voluntad divina y de la herencia espiritual de su pueblo.

Los Códices Mayas Prehispánicos: Testimonios Visuales

Los mayas crearon una escritura pictográfica de alto colorido y sumamente compleja, plasmándola principalmente en los Códices. Estos eran libros de papel amate (corteza de árbol) doblados en forma de biombo, a los que los mayas yucatecos llamaban *anahte*. En ellos, sus libros sagrados, se registraron noticias, crónicas y hechos históricos; hicieron gala de la precisión de sus sistemas cronológicos y de su literatura, y dieron cuenta de su arte, así como de sus conocimientos en astronomía, medicina y botánica.

La Elaboración de un Códice

Escribir un códice era, entre los mayas, un acto ritual que solo podían llevar a cabo personas muy especializadas que recibían el título de *ah ts’ib* y *ah woh*, términos que pueden traducirse como escribas y pintores, respectivamente. Para obtener estos títulos, era fundamental poseer un talento excepcional para dibujar o pintar. Los sacerdotes, como miembros de la clase dominante, seleccionaban a jóvenes con estas habilidades para destinarlos al oficio de escriba o pintor. Su preparación comenzaba con la transmisión de conocimientos profundos sobre la lengua maya y la cultura general de la época, para luego especializarse en temas concretos como historia, astronomía o medicina. Tras un arduo aprendizaje de varios años, el novel escriba estaba en condiciones de pertenecer a una clase superior poseedora de grandes conocimientos.

A partir de ese momento, y de acuerdo con la especialidad adquirida, el joven escriba pasaba a residir en alguno de los centros religiosos, económicos o civiles que requerían de sus servicios, como templos, tribunales de justicia, palacios y mercados. Eran también los únicos que podían leerlos e interpretarlos, ya que la manera de hacerlo dependía del momento, de la situación y de quién los consultaba. La interpretación jamás era única y lineal, lo que dificulta el desciframiento de los códices. Como su escritura tenía varios signos para representar una misma idea, la lectura se volvía rica en expresiones, pero altamente compleja.

El proceso de fabricación de un Códice era meticuloso: de las ramas se arrancaba la corteza, de cuyo interior se obtenían capas de suave fibra. Con esta se producía una pasta, reiteradamente aplastada y aplanada hasta convertirla en hoja, que luego se ponía a secar al sol. El resultado eran largas tiras de papel de entre 15 y 25 centímetros de ancho que se doblaban cuidadosamente a manera de biombo en porciones iguales, formando las páginas del Códice. Estas páginas se cubrían con una capa de cal o almidón y, finalmente, con una preparación blanca de carbonato de calcio. A cada página se le pintaba un grueso marco de color rojo y algunas líneas horizontales y verticales, dividiéndola en varios cuadros, dentro de los cuales se dibujaba un ideograma diferente, aunque relacionado con los demás. Los temas tratados podían ocupar una o varias páginas.

Escribir un Códice era una labor que requería el trabajo continuado de varios días. Cada figura se delineaba con tinta negra, fabricada a base de carbón. Para este trazo inicial se usaban espinas de maguey o astillas de huesos de pequeños animales, especialmente de aves. Posteriormente, se coloreaba el interior de la figura con un pincel más grueso fabricado con pelo de algún animal. Darle color a las imágenes no tenía propósitos decorativos; por el contrario, tonos y matices eran totalmente simbólicos, ya que los mayas le conferían a cada color un significado especial relacionado con diversas deidades, la naturaleza o el cosmos. Una vez concluida la coloración de un códice, este se guardaba en habitaciones especiales dentro de los mismos edificios civiles o religiosos. De allí salía solo en muy contadas ocasiones, cuando se requería para estudiar, interpretar o transmitir su contenido.

La Destrucción y Supervivencia de los Códices

La llegada de los castellanos al Nuevo Mundo marcó un punto de inflexión trágico para la literatura maya. Los ideogramas y el profundo significado de los libros mayas provocaron curiosidad y, sobre todo, temor en los primeros frailes. La intransigencia inquisitorial hizo el resto, y se emprendió una frenética y sistemática guerra contra estos documentos. Uno de los artífices de esa obra destructora fue el obispo de Yucatán, Fray Diego de Landa (1524-1579), quien mandó a la hoguera miles de documentos. El 12 de julio de 1562, organizó un gran Auto de Fe en la población yucateca de Maní, donde destruyó ídolos y objetos sagrados mayas, además de centenares de Códices.

A pesar de esta devastación, tres Códices sobrevivieron casi completos al fuego y al agua. Por caminos desconocidos, en algún momento llegaron al continente europeo, permaneciendo olvidados durante más de doscientos cincuenta años. Luego, debido a circunstancias muchas veces azarosas, fueron saliendo a la luz en Dresde (Alemania), París (Francia) y Madrid (España), ciudades que hoy les dan nombre.

Los Códices Sobrevivientes

Estos tres códices son invaluables testimonios de la astronomía, la religión y las ciencias mayas. Aunque su número es reducido, su contenido es una ventana directa al pensamiento prehispánico.

Códice Dresde

Este códice aborda temas de astronomía, religión y diversas ciencias y artes. Destaca por sus tablas astronómicas y calendáricas de una precisión asombrosa, que incluyen el ciclo del planeta Venus y los eclipses, además de formular augurios sobre diferentes hechos y situaciones ligadas a la cosmogonía maya. Es el más pequeño de los tres códices, plegado en forma de biombo y dividido en 39 hojas de 9 x 20,4 cm, pintadas por ambos lados con excepción de cuatro que tienen el anverso en blanco. Extendido, el documento mide 3,50 metros de largo y tiene 74 páginas pintadas con extraordinario cuidado y nitidez. Para su elaboración, se utilizaron un pincel muy fino y una gama de colores que incluía rojo, amarillo, verde, sepia, negro y el distintivo azul maya. Por sus diferentes estilos de escritura, se cree que fue obra de al menos ocho personas, suponiéndose originario de Chichén Itzá. La fecha aproximada en que fue realizado se sitúa entre los años 1000 y 1200 d.C., y posiblemente aún estaba en uso entre los mayas a la llegada de las tropas castellanas. Fue encontrado en Viena en el siglo XVIII, habiendo sido llevado en el siglo XVI desde Guatemala como parte de los presentes ofrecidos a Carlos I de España, Emperador de Alemania. Fue Alejandro de Humboldt quien lo dio a conocer al mundo en 1810.

Códice París (Peresiano)

A pesar de haberse hallado incompleto y en malas condiciones, sus glifos exhiben una gran calidad y complejidad técnica, comparable con la de las esculturas y bajorrelieves de sitios como El Naranjo, Piedras Negras y Quiriguá, en Guatemala. Aunque existen dudas sobre su origen, se aventura que pudo haber sido originario del área de Palenque, estimándose que data del siglo XIII d.C. Es un documento doblado también en forma de biombo que, desplegado, mide 45 cm de largo. Doblado, consta de 11 hojas de 24 x 13 cm, pintadas por ambos lados. En dos de ellas los motivos han desaparecido totalmente, y en el resto se han perdido los jeroglíficos de los cuatro extremos de la página, por lo que solo subsiste la porción central de cada una. Trata básicamente de cuestiones rituales. Una de sus caras está dedicada por entero a la sucesión de *katunes* (períodos de 20 años) comprendidos entre los años 1224 y 1441, con sus correspondientes deidades y ceremonias. En cada página hay la representación de un *katún* y el texto jeroglífico que lo rodea se relaciona con ritos y profecías. El reverso está formado por almanaques adivinatorios, ceremonias de año nuevo y un probable zodíaco con divisiones de 364 días. Fue el segundo en aparecer en Europa, alrededor de 1832, en la entonces llamada Biblioteca Imperial de París, y el nombre de Peresiano se debe a que fue encontrado envuelto en un pliego de papel que tenía escrita la palabra “Pérez”.

Códice Madrid (Matritense o Tro-Cortesiano)

Este códice describe diversas ceremonias y artes mayas de carácter mágico, aunque no todos sus jeroglíficos han sido descifrados. El documento, que mide 6,70 metros, es el más largo de los manuscritos mayas conocidos. Dispone de 56 hojas dobladas en forma de biombo, lo que da una pieza con 112 páginas de 12 centímetros de ancho por 24 de alto. Se trata del Códice mejor conservado. Es un texto de adivinación diseñado para ayudar a los sacerdotes a predecir la suerte. Tiene 11 secciones; la primera incluye ritos dedicados a los dioses Kukulkan e Itzamná; la segunda se refiere a las influencias malignas sobre los cultivos y a los ritos y ofrendas para regularizar las lluvias. La tercera sección está dedicada a un período de 52 años rituales. Las ocho secciones restantes aluden, entre otros temas, a la caza y las trampas usadas, los calendarios, la muerte y la purificación. Apareció en España, en el siglo XIX, dividido en dos secciones, en poder de dos personajes llamados, respectivamente, Juan de Tro y Ortolano y José Ignacio Miró. Originalmente se le llamó Códice Cortesiano porque se pensaba que Hernán Cortés lo había enviado a España. Desde 1964, este códice está guardado en el Museo de América de Madrid. Se estima que su origen podría haber sido la parte occidental de Yucatán y su fecha aproximada entre los siglos XIII y XV.

Tabla Comparativa de los Códices Mayas Sobrevivientes

CódiceContenido PrincipalDimensiones (aprox.)Origen/Fecha EstimadaDescubrimiento/Ubicación Actual
DresdeAstronomía, calendarios, augurios, cosmogonía.3.5m (extendido), 39 hojas (9x20.4cm)Chichén Itzá, 1000-1200 d.C.Viena (s.XVIII), ahora en Dresde, Alemania.
ParísRituales, katunes, almanaques adivinatorios, zodiaco.45cm (extendido), 11 hojas (24x13cm)Palenque (posible), s.XIII d.C.París (1832), ahora en la Biblioteca Nacional de Francia.
MadridCeremonias, artes mágicas, adivinación, ritos, ciclos.6.7m (extendido), 56 hojas (12x24cm)Yucatán occidental, s.XIII-XV d.C.España (s.XIX), ahora en el Museo de América, Madrid.

La Literatura Maya Post-Conquista: Un Legado en Nueva Forma

Con la Conquista, el conocimiento de la escritura maya se perdió en gran medida. Probablemente, lo que hoy conocemos como literatura maya habría desaparecido también de no haber sido por algunos nobles indígenas educados por frailes españoles. Estos se empeñaron en la tarea de preservar su historia, sus tradiciones y creencias religiosas, escribiéndolas en su lengua materna, pero utilizando el alfabeto latino. De esta vasta producción, pueden distinguirse dos tipos de libros: los que fueron escritos con fines legales, y los que se convirtieron en los nuevos libros sagrados.

¿Quién destruyó los ídolos y objetos sagrados mayas?
Uno de los artífices de esa obra destructora fue el obispo de Yucatán, fray Diego de Landa (1524-1579), que mandó a la hoguera miles, de documentos. El 12 de julio de 1562 organizó un gran Auto de Fe en la población yucateca de Maní donde destruyó ídolos y objetos sagrados mayas, además de centenares de Códices.

Los primeros sirvieron a los mayas como títulos de propiedad de las tierras heredadas por sus antepasados; en ellos se estableció el origen de los principales linajes y se narraron los acontecimientos más importantes de cada pueblo. Pero, a pesar de que, en apariencia, los mayas habían decidido convertirse al catolicismo, hubo otros textos nacidos de la necesidad de conservar la religión, las costumbres y la herencia mística prehispánicas. En ellos se recogieron los mitos cosmogónicos, buena parte de la tradición oral conservada hasta entonces, y los principales acontecimientos del momento. Estos libros se leían en las ceremonias religiosas secretas, prohibidas durante la Colonia y castigadas con pena de muerte para todos los participantes. Por ello, fueron celosamente guardados por las principales familias de cada comunidad y traspasados de generación en generación. Con el alfabeto castellano dio comienzo lo que hoy se conoce como “literatura maya”.

El Popol Vuh: El Libro de la Sabiduría Quiché

En las creaciones literarias prehispánicas y coloniales, sin duda alguna el Popol Vuh representa la obra más importante producida por los pueblos mesoamericanos y un punto de partida fundamental para la historia de la literatura del continente. Aunque se tienen informaciones fragmentarias y a veces contradictorias sobre su origen, es claro que el texto que ahora se conoce en los idiomas modernos proviene del manuscrito que recogiera entre 1701 y 1703 en lengua maya-quiché el dominico fray Francisco Jiménez, sacerdote de Santo Tomás Chuilá (hoy Chichicastenango), en Guatemala. El manuscrito original, de autor o autores anónimos, estaba redactado en lengua maya-quiché y databa aproximadamente de la mitad del siglo XVI, cuando había sido escrito por indígenas letrados en su idioma original utilizando la escritura fonética prestada del español. Permaneció oculto y guardado celosamente por el pueblo en Chichicastenango por espacio de siglo y medio. El texto que hoy se conoce no corresponde a la versión original escrita por los indígenas anónimos, sino a la copia manuscrita hecha por fray Francisco Jiménez, la cual se encuentra en la Biblioteca Newberry. La más conocida y aceptada de las traducciones al español proviene de Adrián Recinos, publicada en 1947 por el Fondo de Cultura Económica de México, con el título de *Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché*.

En su calidad de libro sagrado de los quichés, el Popol Vuh es el compendio de los saberes cotidianos básicos, de los mitos de la creación de todo lo existente, de los dioses del mundo visible y del inframundo, de los héroes civilizadores que realizan su gesta para ordenar y conferirle sentido al universo, y del origen remoto de las tribus que poblaron el mundo maya-quiché. Por esta razón, es el libro mayor de la sabiduría quiché y contiene relatos míticos de índole cosmogónica, antropogónica, etiológica, lúdica y didáctica que son la fuente fundamental del universo religioso e histórico de este pueblo. Los diferentes nombres que ha recibido, como Manuscrito de Chichicastenango, El Libro del Consejo, Libro del Común, Historias del origen de los indios de estas provincias de Guatemala, Libro Nacional de los Quichés, o el *Pop Wuh: poema mito-histórico kiché* (Libro del Tiempo o de Acontecimientos), le confieren un carácter sagrado, pues representa la génesis más remota de la historia mítica de los quichés. La concurrencia de relatos míticos e históricos de diferente índole dota al texto de un sentido trascendente y expresa la idea de la totalidad y del equilibrio, nociones esenciales para entender el simbolismo de sus manifestaciones religiosas.

Los Libros del Chilam Balam: Profecías y Crónicas Yucatecas

Los Libros del Chilam Balam constituyen otro gran compendio de la primitiva mitología maya, procedente de las tierras bajas de la península de Yucatán. También fueron traducidos al latín en el periodo colonial. Toman su nombre del sacerdote-gobernante maya Chilam Balam, quien profetizó la llegada de los españoles. “Chilam” significa «el que es boca», es decir, el que profetiza; los *chilames* eran los sacerdotes que interpretaban los libros antiguos para extraer de ellos profecías y el conocimiento de los hechos futuros. Para los mayas, el arte de profetizar era posible porque creían que el tiempo era una sucesión de ciclos cósmicos y que los acontecimientos, dependiendo de estos ciclos, podían repetirse. Así, a los *chilames* se les consideraba intérpretes de los mensajes de los dioses. “Balam” significa «jaguar» o «brujo», y es, en realidad, un nombre de familia. Se dice que Chilam Balam fue un taumaturgo, un sacerdote del pueblo de Maní que vivió poco antes de la Conquista y que tenía gran reputación como profeta. Se cuenta que, junto con otros sacerdotes como Napuctun, Al Kauil Chel, Nahau Pech y Natzin Yubun Chan, predijo la llegada de una nueva religión; tras la Conquista, esto se interpretó como un aviso de la llegada de los españoles y del cristianismo.

Existen varias versiones de estos libros, siendo las más famosas las de Tizimin y la de Chumayel, que toman el nombre de la ciudad de la que proceden. Cada libro del Chilam Balam era guardado por el jefe, sabio o sacerdote de un pueblo o grupo, y para lograr su rápida identificación, al libro se le añadía el nombre de ese grupo. Además de los dos citados, han sobrevivido los de Maní, Laua, Ixil y Tusik. Al conjunto de estas obras se lo conoce bajo el título de «Los Libros del Chilam Balam». La mayor parte de los textos son de índole mística; otros contienen síntesis de relaciones de hechos, aunque también con un sentido indudablemente religioso; otros son cronologías extremadamente sintéticas llamadas «serie de los *katunes*»; y hay también fórmulas simbólicas de iniciación religiosa. La última parte del manuscrito consiste, principalmente, en la transcripción de las profecías atribuidas al sacerdote Chilam Balam y a otros.

Los escritos míticos y proféticos están redactados en un lenguaje de alto contenido simbólico y con múltiples significados, en el cual se emplean metafóricamente objetos, colores y seres naturales para expresar ideas. Es evidente que con esta escritura se pretendía no solo dar a los textos un carácter esotérico, sino ocultar a los profanos su significado verdadero. Por el contrario, los fragmentos históricos asientan escuetamente los hechos y la fecha en que acaecieron, tal como debieron registrarse en los códices de la antigüedad. Destacan, particularmente, las narraciones de la Conquista, sembradas de lamentos, indignación y desprecio por la rapacidad de los españoles. Los mayas de entonces quisieron que estos acontecimientos no fueran olvidados por sus descendientes. Aún deben existir *chilam balames* en manos de las comunidades indígenas que han resguardado sus tradiciones a pesar de los embates de la modernidad. Los *chilam balames* fueron escritos en papel europeo, en forma de cuadernos. En general, su contenido es una recopilación de textos diversos redactados en diferentes épocas a partir del siglo XVI; los hay míticos, históricos (principalmente acerca de la trayectoria de los xiúes y los itzaes), proféticos, rituales, médicos, astronómicos y cronológicos, literarios, y algunos más no clasificados. Conforme se deterioraban, los *chilam balames* eran copiados, lo que provocó numerosos errores de transcripción. También se les integraron nuevos textos, según el criterio de los depositarios; por lo tanto, las versiones que conocemos no son las originales, sino copias realizadas a finales del siglo XVII y a lo largo del siglo XVIII.

El Memorial de Sololá (Anales de los Cakchiqueles)

Junto al Popol Vuh y los Libros de Chilam Balam, el Memorial de Sololá, también conocido como Anales de los Cakchiqueles, es otro de los pilares fundamentales de la literatura maya post-Conquista. Escrito por los cakchiqueles, un pueblo maya emparentado con los quichés, este documento tiene un propósito similar al de los otros textos: preservar y fortalecer la religión, la historia y las tradiciones de su gente frente a la imposición cultural y religiosa española. Aunque el texto proporcionado no profundiza en sus detalles, se le reconoce como una crónica vital que narra la historia del pueblo cakchiquel desde su origen mítico hasta los acontecimientos de la Conquista, incluyendo genealogías, guerras y la vida cotidiana, todo ello con una profunda carga espiritual y un deseo de mantener viva su identidad.

Preguntas Frecuentes sobre los Libros Mayas

¿Cuáles son los libros mayas más importantes?

Los libros mayas más importantes son los Libros de Chilam Balam de los yucatecas, el Popol Vuh de los quichés y el Memorial de Sololá de los cakchiqueles. Además, existen los Códices prehispánicos, de los cuales solo tres han sobrevivido: el Dresde, el París y el Madrid.

¿Quién destruyó los libros y objetos sagrados mayas?

Uno de los principales artífices de la destrucción de los libros y objetos sagrados mayas fue el obispo de Yucatán, Fray Diego de Landa. En 1562, organizó un gran Auto de Fe en Maní, donde mandó a la hoguera centenares de Códices y miles de documentos, además de ídolos y otros objetos sagrados.

¿Qué es un Códice maya?

Un Códice maya es un manuscrito prehispánico elaborado en papel de corteza de árbol (amate), doblado en forma de biombo. Contenían información vital sobre la religión, astronomía, calendarios, historia, medicina y otras ciencias, y eran considerados objetos sagrados, elaborados por escribas y pintores especializados.

¿Cuántos Códices mayas originales existen en la actualidad?

Solo han sobrevivido tres Códices mayas prehispánicos casi completos: el Códice Dresde, el Códice París (o Peresiano) y el Códice Madrid (o Tro-Cortesiano). Estos se encuentran en museos y bibliotecas de Europa.

¿Por qué los libros mayas eran considerados sagrados?

Los libros mayas eran considerados sagrados porque la escritura misma era sagrada para esta civilización. Eran repositorios de conocimientos divinos, profecías, mitos de creación y la historia de su pueblo, revelados a sacerdotes y escribas. Su lectura y conservación eran actos rituales esenciales para la comunidad.

¿Cuál es la diferencia entre los Códices y los libros como el Popol Vuh o el Chilam Balam?

La principal diferencia radica en su origen y forma de escritura. Los Códices son manuscritos prehispánicos escritos con el sistema pictográfico maya original. En cambio, el Popol Vuh, los Libros de Chilam Balam y el Memorial de Sololá fueron escritos después de la Conquista, por nobles mayas educados por frailes españoles, utilizando el alfabeto latino para transcribir sus lenguas maternas y preservar su herencia cultural y religiosa.

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