06/07/2024
El 12 de noviembre de 1863, un evento trágico y profundamente divisivo sacudió los cimientos de la incipiente nación argentina: el asesinato del caudillo riojano general Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza. Este suceso, lejos de ser un mero incidente bélico, se convirtió en un símbolo de la cruenta lucha entre el federalismo del interior y el centralismo porteño, encarnado por el entonces presidente Bartolomé Mitre y su aliado, el gobernador de San Juan, Domingo Faustino Sarmiento. La muerte del Chacho, ocurrida tras su captura y de manera particularmente brutal, desató una de las polémicas intelectuales más intensas del siglo XIX argentino, con Juan Bautista Alberdi emergiendo como el crítico más acérrimo de Sarmiento y sus justificaciones.

Para comprender la magnitud de este conflicto, es esencial situarlo en el contexto de una Argentina fragmentada y en constante pugna. Tras la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852, la Confederación Argentina intentó consolidar un proyecto de país que chocaba con los intereses de Buenos Aires. Bartolomé Mitre, desde la presidencia, impulsó una política de subordinación de las provincias a los dictados de la capital, tejiendo alianzas con sectores conservadores del interior. Esta imposición centralista provocó levantamientos armados en varias regiones, y entre ellos, el del caudillo riojano Chacho Peñaloza, quien había dedicado veinte años a luchar por la causa federal, primero contra Rosas y luego contra la hegemonía porteña.
En junio de 1863, las fuerzas de Peñaloza sufrieron una derrota significativa a manos del ejército nacional. El Chacho, buscando refugio y reorganización, se dirigió a Los Llanos, su bastión en La Rioja. Sin embargo, su incursión posterior en San Juan, provincia gobernada por Domingo Faustino Sarmiento, sellaría su destino. Sarmiento, con una determinación férrea, decretó el Estado de Sitio y asumió el mando de la campaña militar que culminaría con la vida del caudillo. La persecución fue implacable, y Peñaloza fue finalmente capturado. Lo que siguió no fue un juicio ni un acto de guerra convencional, sino un asesinato bárbaro. Una vez que entregó sus armas, fue ultimado en presencia de su propia familia. La brutalidad no terminó ahí: su cabeza fue cercenada y exhibida en la punta de un poste en la plaza de Olta durante varios días, un macabro trofeo destinado a infundir terror y desmovilizar a las montoneras federales.
La reacción de Sarmiento ante este acto fue reveladora. Poco después del crimen, escribió a Mitre, justificando la medida con una frialdad que helaba la sangre: “No sé lo que pensarán de la ejecución del Chacho. Yo inspirado por el sentimiento de los hombres pacíficos y honrados aquí he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses. Murió en guerra de policía; ésta es la ley y la forma tradicional de la ejecución del salteador”. Para Sarmiento, la muerte del Chacho no era un acto de guerra civil que implicara el respeto por el prisionero, sino una acción policial contra un "salteador" común, una medida necesaria para imponer el orden y la civilización frente a la barbarie.
Sin embargo, esta justificación no pasó desapercibida ni sin respuesta. Uno de los críticos más incisivos fue Juan Bautista Alberdi, quien dedicó una parte de sus “Escritos póstumos” a analizar el libro “El Chacho”, que Sarmiento publicó dos años después del asesinato. Alberdi, con su pluma afilada, desmanteló la narrativa sarmientina, calificando el libro no como una obra histórica, sino como un “alegato de bien probado”, una pieza de autodefensa de un “parte beligerante” que no podía ser juez y historiador a la vez. Para Alberdi, el libro era “la prosecución de la guerra civil, un acto de guerra civil contra un cadáver, contra una tumba”.
La crítica de Alberdi a Sarmiento era multifacética y demoledora. Lo tildaba de “caudillo de frac”, un letrado que, a diferencia de los caudillos rurales como Quiroga, “fusila y persigue a sus opositores, que hace guerras de negocios… en nombre de la ley, que en sus manos, es la lanza perfeccionada del salvaje”. Alberdi denunciaba la hipocresía de matar y desolar países florecientes, como Entre Ríos y Paraguay, “en nombre de la civilización y del progreso”, atribuyendo esto al “caudillaje letrado de las ciudades argentinas”.
Uno de los puntos clave de Alberdi era la incoherencia de Sarmiento al describir al Chacho. Mientras que en “Facundo”, Sarmiento había caracterizado a Quiroga como una expresión de la vida primitiva y bárbara de las campañas argentinas, producto de la falta de sociedad y gobierno en esos vastos territorios, al Chacho lo condenaba como un mero “salteador” que podía ser ejecutado sin proceso. Alberdi señalaba la contradicción: “¡como si la Rioja fuese el condado de Oxford en cultura!” para aplicar la jurisprudencia inglesa de “outlaw” (fuera de la ley) a un caudillo del interior.

Alberdi también cuestionaba la noción de que el Chacho era el causante de los males económicos del país. Ironizaba que, al ver el furor con que Sarmiento acusaba al Chacho de interrumpir la industria de San Juan, uno lo tomaría por un “Cobden o un Bastiat de la riqueza argentina”. Sin embargo, Alberdi recordaba que no fue el Chacho quien “arrasó al Paraguay”, ni “al Entre Ríos”, ni “endeudó a la nación en sesenta millones de pesos fuertes”, ni fue el autor de la “espantosa crisis de pobreza” que la República Argentina atravesaba bajo el gobierno del propio Sarmiento. Para Alberdi, la verdadera causa del desorden y el caudillaje residía en los “intereses económicos esenciales y constitutivos del gobierno nacional, que falta a la República Argentina, y cuya falta es toda la razón de ser de su estado y condición”.
La distinción entre la montonera como “bandalaje” y como “guerra civil” era otro punto de fricción. Sarmiento, en “Facundo”, había descrito la montonera de Artigas y Quiroga como una forma de guerra civil, una manifestación natural de las democracias rurales en vastos territorios. Sin embargo, cuando se trataba del Chacho, la montonera se transformaba en “mero bandalaje de salteadores”, lo que justificaba su ejecución sumaria. Alberdi resaltaba esta conveniencia argumentativa, señalando que Sarmiento se contradecía a sí mismo para justificar el asesinato de un rival político.
Alberdi sostenía que el “caudillaje” no había muerto con el Chacho, sino que se había transformado. Citando a Sarmiento, quien había dicho “On ne tue pas les idées” (No se matan las ideas), Alberdi argumentaba que el caudillo, como expresión de una sociedad, era una idea, una “faz social” que no podía ser eliminada con la muerte de un individuo. En cambio, el caudillaje rural había dado paso al “caudillo de las ciudades, que se eterniza en el poder, que vive sin trabajar, del tesoro del país, que fusila y persigue a sus opositores, que hace guerras de negocios, pero todo en forma y en nombre de la ley que, en sus manos, es la lanza perfeccionada del salvaje”. Este nuevo caudillo, aunque de “frac” y no de “chiripá”, era un “bárbaro civilizado”, cuya divisa era “civilización y barbarie” unidas, formando una “civilización bárbara, una barbarie civilizada”.
Para Alberdi, el libro “El Chacho” era, irónicamente, una refutación de “El Facundo”. Sarmiento, que había excusado los crímenes de Quiroga por las peculiaridades de la sociedad rural, hacía matar al Chacho, “cien veces menos enormes” en sus actos, por ser su “beligerante, su rival, su antagonista en poder”. Alberdi enfatizaba que la vida real del Chacho no contenía hechos de barbarie comparables al asesinato del que fue víctima. La responsabilidad de este acto recaía sobre Sarmiento, quien, según Alberdi, se apropió de este hecho como un “honor” para “cubrir su miedo de ser considerado como un asesino cobarde”.
La justificación de Sarmiento, que buscaba “lavarse de la mancha de asesino y apropiarse la gloria de haber enterrado de un empujón al caudillaje de treinta años”, era vista por Alberdi como una falacia. Lejos de desaparecer, el caudillaje y las montoneras seguían existiendo, transformados por la propia obra de Sarmiento, quien, según Alberdi, había contribuido a mantener a la República Argentina “sin la autoridad nacional real y efectiva”, cuya ausencia era el verdadero origen de los caudillos y los levantamientos locales.
El debate sobre la muerte del Chacho Peñaloza trasciende el mero hecho histórico para convertirse en una profunda reflexión sobre los cimientos de la nación argentina. Revela la brutalidad de la construcción del Estado moderno, el choque ideológico entre distintas visiones de país y la delgada línea entre la civilización y la barbarie en tiempos de consolidación nacional. La figura de Sarmiento, tan venerada como denostada, emerge aquí en su faceta más controvertida, dejando un legado de preguntas sin respuesta definitiva sobre el costo humano y moral del progreso.
Preguntas Frecuentes sobre el Asesinato del Chacho Peñaloza
- ¿Quién fue Ángel Vicente Peñaloza?
Ángel Vicente Peñaloza, conocido como “El Chacho”, fue un prominente caudillo federal riojano del siglo XIX. Luchó durante décadas por el federalismo y la autonomía de las provincias del interior contra los gobiernos centralistas de Buenos Aires, incluyendo el de Juan Manuel de Rosas y, posteriormente, el de Bartolomé Mitre. - ¿Por qué Sarmiento ordenó la muerte del Chacho prisionero?
Domingo Faustino Sarmiento, entonces gobernador de San Juan, justificó la ejecución del Chacho Peñaloza, quien ya estaba prisionero, argumentando que era una medida necesaria para sofocar las montoneras y establecer el orden. Consideraba al Chacho un “salteador” y su muerte como un acto de “guerra de policía” para imponer la civilización y evitar futuros levantamientos, a pesar de las normas de guerra que protegían a los prisioneros. - ¿Qué papel jugó Juan Bautista Alberdi en esta controversia?
Juan Bautista Alberdi fue un crítico feroz del asesinato del Chacho y de la justificación de Sarmiento. A través de sus “Escritos póstumos”, desmintió la versión de Sarmiento, acusándolo de hipocresía y de cometer actos de barbarie en nombre de la civilización. Alberdi denunció el libro de Sarmiento “El Chacho” como una autodefensa y no como una obra histórica, cuestionando la moralidad y las contradicciones del sanjuanino. - ¿Cuál fue la visión de Sarmiento sobre la “montonera”?
La visión de Sarmiento sobre la montonera era ambivalente y, según Alberdi, contradictoria. En su obra “Facundo”, Sarmiento describía la montonera como una expresión natural de la vida rural argentina y de la barbarie inherente a los caudillos como Quiroga. Sin embargo, para justificar la muerte del Chacho, la montonera fue redefinida como mero “bandalaje” o salteo, lo que permitía su ejecución sin proceso legal ni respeto por las leyes de guerra. - ¿Cómo impactó la muerte del Chacho en la historia argentina?
La muerte del Chacho Peñaloza marcó un punto álgido en la consolidación del Estado nacional argentino bajo la hegemonía de Buenos Aires y sus aliados. Se convirtió en un símbolo de la represión del federalismo y de la brutalidad utilizada para imponer un modelo centralista. Además, generó un profundo debate intelectual sobre la civilización y la barbarie, la legitimidad del poder y los medios para construir la nación, un debate que sigue resonando en la historiografía argentina.
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