14/05/2023
Desde los albores de la civilización, mucho antes de que la palabra escrita dominara la comunicación, el ser humano ha sentido la imperiosa necesidad de dejar constancia de lo vivido. El acto de ser testigo, de presenciar un evento y relatarlo para otros, es tan ancestral como el sonido gutural de nuestros primeros ancestros. De las pinturas rupestres que conjuraban eventos de caza y miedo, a los papiros jeroglíficos que narraban la vida de faraones, pasando por las cartas romanas, el Diario de Colón, las Crónicas de Oviedo o el gigantesco Archivo de Indias, el testimonio ha sido la columna vertebral de nuestra historia y, por paradoja, su reconocimiento como hecho literario es relativamente reciente. En este vasto universo de voces que se elevan desde el pasado, emerge una obra de singular importancia para la nación panameña: El Libro de la Invasión, una compilación de vivencias que se erige como un faro contra el olvido.

El Libro de la Invasión no es una novela de ficción ni un ensayo histórico al uso, sino un monumento textual forjado a partir de las experiencias directas de aquellos que padecieron uno de los episodios más traumáticos de la historia de Panamá: la invasión de diciembre de 1989. Sus coautores, Pedro Rivera y Fernando Martínez, no se presentan como narradores omniscientes o analistas subjetivos, sino como orfebres de la memoria colectiva. Su labor titánica consistió en el meticuloso acto de "armar un documento", de coser y ensamblar una polifonía de voces que, de otro modo, se habrían dispersado en el torbellino del tiempo.
El proceso de creación de este libro es tan impactante como su contenido. Iniciado en el fragor mismo de la violencia desatada, en el escenario brutal de los hechos, Rivera y Martínez se dedicaron a recoger testimonios. Grabaron "voces ardientes, voces apagadas, voces dolorosas, voces con miedo y con ira, con impotencia, voces que incluso decían no creer lo que vieron, voces que aclaraban que nadie iba a creerles lo que decían, voces con lágrimas". Cada relato, cada exhalación de dolor o incredulidad, fue tratado con una paciencia admirable. Los testimonios, centelleantes por la magnitud del fenómeno militar, fueron ordenados, clasificados en zonas comunes de eventos y cernidos de cualquier atisbo de imaginería o magnificación personal. Versiones contrastadas y declaraciones "literalmente cosidas" dieron forma a una armazón textual que, a pesar de su origen caótico, se lee con coherencia, objetividad y una sobrecogedora certidumbre.
La maestría de Rivera y Martínez reside en su decisión de no intervenir. No plasman una opinión desde su ángulo subjetivo, no adjetivan, ni siquiera acusan. Su objetivo primordial fue permitir que las voces de los panameños que sufrieron la agresión hablaran por sí mismas, que fueran ellas quienes lo dijeran todo. Lejos de ser un tratado académico, este libro es un espejo que refleja la desolación y la resiliencia de un pueblo. Además, para guiar al lector a través de esta maraña de experiencias, los autores señalizaron el camino de lectura mediante la inclusión de títulos de otros libros y versos conocidos de la literatura panameña. Este "hilo de plata literario" no solo estructura la vasta información, sino que también contextualiza los testimonios dentro del amplio tapiz de la formación cultural del país, organizando la obra en capítulos temáticos y ensamblándola en una gran unidad.
La Invasión de Panamá de diciembre de 1989 fue, como bien lo describe el texto, una "tragedia nacional", una "barbarie que avergonzó nuestra vida" y una "hora indeseable que nos maltrató". Fue un "desfiladero donde colapsó el país", dejando a "territorio, seres humanos, agresores e historia" inmersos en una "violencia loca e incontrolable". La obra de Rivera y Martínez es fundamental para comprender las profundas cicatrices que este evento dejó en el alma de la nación. La agresión, calificada como un "crimen contra nuestro pueblo", evidenció la "glacialidad de una potencia imperial" y las "flaquezas, intersticios y exacerbaciones en una nación transitando en lo que fue un precipicio donde terminamos cayendo".
El libro confronta la "proclive práctica llamada olvido, esa ruindad llamada distorsión y ese desarraigo llamado indiferencia" que a menudo se cierne sobre los hechos históricos dolorosos. La nación panameña, según los autores, debe asumir que transitó por esa "corta, demoledora y desigual guerra". Soslayarla sería un contrasentido, y la fantasía de que "jamás pasó" es una fatuidad peligrosa. La realidad es que "sí pasó, sí la hubo y nos estragó", dejando incluso la "oquedad de miembros desaparecidos que quedaron en un limbo". Por ello, El Libro de la Invasión se erige como un documento "útil y aleccionador", una "cinematografía literaria" que reúne en un solo sitio un memorial sobre la invasión, con un profundo sentido histórico y utilizando recursos técnicos del periodismo, la entrevista y la edición, para atrapar la densidad de un hecho inadmisible.
La importancia del testimonio no se limita a la documentación de eventos históricos, sino que se extiende a su función catártica y pedagógica. A diferencia de la ficción, el testimonio excluye la fantasía y se fundamenta en hechos, fundiendo literatura e historia en un resultado final que busca la verdad. Es la voz del "que estuvo allí, de haberlo vivido, de haberlo presenciado". Esta cualidad intrínseca dota a las obras testimoniales de un poder único para conectar al lector con la realidad más cruda y, en ocasiones, más incomprensible. La obra de Pedro Rivera y Fernando Martínez es un ejemplo magistral de cómo el testimonio puede ser una herramienta poderosa para la recuperación socio-histórica y la construcción de la memoria colectiva.
La necesidad de apoyar a los invadidos es una constante histórica, un imperativo moral y estratégico que trasciende fronteras y épocas. El texto nos remite al ejemplo de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Unión Soviética, a pesar de su narrativa de autosuficiencia, recibió una ayuda a los invadidos fundamental de los Estados Unidos a través de la Ley de Préstamo y Arriendo. Sin los 11.300 millones de dólares en armamento e infraestructuras (más de 400.000 jeeps y camiones, 13.303 vehículos blindados, 11.400 aviones, locomotoras, etc.), el desenlace de la guerra en el frente oriental podría haber sido muy diferente. Stalin mismo reconoció la importancia de las "máquinas" americanas, un hecho que hoy, lamentablemente, es "ocultado deliberadamente" por regímenes que buscan reescribir la historia para alimentar complejos de inferioridad y narrativas nacionalistas. Esta ayuda, vital para la resistencia soviética y para el equilibrio del poder global, se entregó a través de convoyes árticos, el corredor persa y la ruta del Pacífico, demostrando que en momentos de agresión, la solidaridad internacional no es solo una opción, sino una necesidad.
En el contexto actual, la crítica al envío de ayuda a los invadidos a naciones como Ucrania, que enfrenta una invasión, ignora estas lecciones históricas. Como señalaba Manuel Azcárate, frente al lema de "libertad" de las democracias, Stalin estableció el contralema "por la paz", creando un movimiento "pacifista" que paradójicamente convertía en agresores a los amenazados. La realidad de una guerra de invasión es que la paz solo puede alcanzarse "por la resistencia militar y civil y por la retirada de los invasores". El principio universal de "si vis pacem para bellum" (si quieres la paz, prepárate para la guerra) se impone. La reacción de Suecia y Finlandia, que con "el miedo en el cuerpo" pidieron el ingreso a la OTAN, es una clara muestra de cómo las nuevas realidades mundiales exigen un esfuerzo intelectual para entender cabalmente la situación y la inevitable necesidad de la defensa y el apoyo mutuo frente a la agresión.
La invasión, en su brutalidad, afecta de manera desproporcionada a los más vulnerables: la infancia. Libros como "El día que invadieron mi planeta" de Lydia Cacho, que narra la guerra en Ucrania desde la mirada mágica de una niña de 11 años, Sofía, ponen de manifiesto este doloroso hecho. Cacho, viajando a Ucrania para entrevistar a niños, buscó entender "las emociones, los miedos y la interpretación de las cosas que suceden" en la niñez víctima de la violencia. Su obra destaca cómo los niños, a menudo influenciados por su comprensión de los videojuegos, luchan por procesar la realidad de la guerra. Son "la víctima más afectada", pero también "las más importantes", pues si no son atendidos, "van a heredar el trauma de la guerra en tres generaciones". El libro de Cacho es un intento de "ayudar a sanar", de generar empatía y de comprender la "ansiedad" que provoca la guerra, mostrando cómo, incluso en los momentos más dramáticos, la vida "no está pausada, continúa".
Preguntas Frecuentes sobre "El Libro de la Invasión" y el Testimonio:
¿Qué diferencia a un libro testimonial de un ensayo histórico?
Un libro testimonial se fundamenta en las experiencias directas y las voces de quienes vivieron los hechos, priorizando la vivencia subjetiva y la recopilación de relatos orales o escritos de primera mano. Su objetivo principal es preservar la memoria y la verdad emocional de lo acontecido. Un ensayo histórico, por otro lado, se basa en la investigación, el análisis crítico de fuentes diversas (incluyendo testimonios, pero también documentos oficiales, estadísticas, etc.), y busca ofrecer una interpretación estructurada y académica de los eventos, a menudo con una tesis o argumento central.
¿Por qué es tan importante la neutralidad de los autores en obras como "El Libro de la Invasión"?
La neutralidad de los autores en una obra testimonial es crucial porque busca preservar la autenticidad y la objetividad de las voces recolectadas. Al evitar la intervención, la opinión subjetiva o la adjetivación, los autores permiten que el peso de la narrativa recaiga directamente en los testimonios. Esto refuerza la credibilidad del documento, asegurando que la historia sea contada por quienes la vivieron, sin filtros que puedan distorsionar la realidad o la intención de los relatos originales. Es un acto de respeto hacia la memoria de las víctimas.
¿Cómo puede un libro ayudar a sanar el trauma de una invasión?
Un libro como El Libro de la Invasión puede contribuir a sanar el trauma de varias maneras. Primero, al validar las experiencias de las víctimas, les ofrece un espacio donde sus dolores y vivencias son reconocidos y no olvidados. Segundo, al permitir que las voces individuales se unan en un relato colectivo, fomenta un sentido de comunidad y de que no se está solo en el sufrimiento. Tercero, al documentar los hechos, ayuda a las nuevas generaciones a comprender el pasado, evitando la repetición de errores y promoviendo la empatía. Finalmente, la propia acción de dar forma a la memoria, de transformar el caos en narrativa, puede ser terapéutica para una nación.
¿Existen otros ejemplos de obras que documenten invasiones desde la perspectiva de las víctimas?
Sí, existen numerosos ejemplos. Además de "El día que invadieron mi planeta" de Lydia Cacho (sobre Ucrania), podemos mencionar obras como "El fin de la tregua" de Itzel Velásquez, también sobre la invasión de Panamá. A nivel global, "Diario de Ana Frank" (Holocausto), "La noche" de Elie Wiesel (Holocausto), "Voces de Chernóbil" de Svetlana Alexiévich (desastre nuclear y sus consecuencias humanas), o "Persépolis" de Marjane Satrapi (Revolución Islámica en Irán) son ejemplos notables de cómo el testimonio personal o colectivo documenta y humaniza eventos históricos traumáticos desde la perspectiva de quienes los sufrieron.
¿Cuál es la relevancia actual de "El Libro de la Invasión"?
La relevancia de El Libro de la Invasión es perdurable. En un mundo donde los conflictos y las invasiones siguen siendo una realidad, la obra sirve como un recordatorio vívido de las consecuencias humanas de la guerra y la agresión. Es una herramienta esencial para la educación histórica, permitiendo a las nuevas generaciones comprender un capítulo crucial de la historia panameña. Además, al confrontar el olvido y la distorsión, el libro refuerza la importancia de la memoria colectiva como pilar para la identidad nacional y como defensa contra futuras violencias. Su honestidad y su enfoque en las voces de las víctimas lo convierten en una obra atemporal y universal sobre el impacto de la guerra en la vida de las personas.
En suma, El Libro de la Invasión no es solo una obra literaria; es un acto de justicia histórica, un clamor de la memoria panameña que se niega a ser silenciada. Pedro Rivera y Fernando Martínez han logrado conjurar el olvido, la distorsión y la indiferencia, entregándonos una obra que, sin duda, será un punto de inflexión en la producción intelectual del país. Es un recordatorio de que los hechos ocurrieron, que la nación transitó por una guerra desigual y que la ayuda a los invadidos, ya sea a través de la solidaridad internacional o de la preservación de su testimonio, es un imperativo para el futuro. Al leer sus páginas, uno no solo se adentra en la tragedia de 1989, sino que se conecta con la esencia misma de la humanidad, con la capacidad de recordar, de aprender y de, en última instancia, sanar las heridas más profundas del alma.
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