16/09/2023
En los anales de la historia, ciertos episodios se tiñen de una oscuridad particular cuando el poder busca silenciar la voz del pensamiento crítico. Las dictaduras militares en Chile y Argentina, que asolaron estas naciones a partir de 1973 y 1976 respectivamente, no solo persiguieron personas, sino también ideas. Y esas ideas, a menudo, residían en los libros. Imágenes de hogueras de volúmenes prohibidos se grabaron en la memoria colectiva, un acto de biblioclastia que, sin embargo, no siempre logró su cometido. Este artículo explora una paradoja fundamental en el corazón de esta destrucción: el biblioclasta fundamentalista, en su esencia, no odia el libro como objeto físico. Lo que realmente teme y busca erradicar es el contenido, la semilla de conocimiento y emancipación que cada página puede sembrar. A través de tres conmovedoras historias de resistencia, desvelaremos cómo la astucia, el amor por el saber y un coraje inquebrantable lograron salvar miles de ejemplares de la aniquilación total, demostrando que las palabras, incluso en sus formas más vulnerables, pueden ser increíblemente resilientes.

La persecución de libros durante estos regímenes no fue un acto impulsivo, sino una estrategia calculada para desmantelar cualquier foco de disidencia intelectual y adoctrinamiento considerado 'subversivo'. Se buscaba erradicar la memoria, la cultura y cualquier vestigio de pensamiento crítico o alternativo. Sin embargo, frente a esta embestida, hubo quienes, con ingenio y sacrificio, se negaron a permitir que la historia y el saber desaparecieran. Sus actos, a menudo silenciosos y heroicos, son un testimonio perdurable de la fuerza del espíritu humano y del valor intrínseco de los libros.
La Biblioteca de Cemento: Un Tesoro Escondido en las Paredes
La historia de la familia Guerchunoff es un relato conmovedor de cómo el amor por los libros y la necesidad de proteger el legado familiar se entrelazaron con el terror de una dictadura. Salomón Guerchunoff, un abogado y militante del Partido Comunista en Córdoba, Argentina, poseía una vasta biblioteca que reflejaba su pensamiento político y cultural. Con la llegada del golpe de Estado de 1976, esa riqueza intelectual se convirtió en una peligrosa carga. Las quemas públicas de libros en Chile y Argentina, presentadas como actos purificadores por los regímenes, eran una clara señal de lo que estaba en juego. La familia Guerchunoff, consciente del peligro inminente de los allanamientos, tomó una decisión audaz e ingeniosa.
Poco después del golpe, Salomón y su esposa, Eva Maltz, arquitecta de profesión, aprovecharon una remodelación en su casa para construir un escondite inusual. Dentro de los muros de la alcoba principal, con prolijidad de cirujana, Eva tapió un espacio donde la familia, incluidos sus cinco hijos, introdujo cuidadosamente miles de libros. No solo eran textos políticos de Marx o Engels, sino también obras literarias como las de César Vallejo, El Principito e incluso el libro infantil Un elefante ocupa mucho espacio de Elsa Bornemann, que también había sido prohibido por la dictadura. La sensación de miedo era palpable, pero la determinación de preservar el conocimiento era más fuerte.
Entre los volúmenes más preciados se encontraba un cuadernillo con dos odas de Pablo Neruda, regalo y dedicatoria personal del Premio Nobel chileno a Salomón en 1956. Aunque la familia no recordaba haberlo metido en la pared, Salomón tenía la certeza de que allí estaba. Este acto de ocultamiento no fue en vano. Menos de un año después, en mayo de 1977, Salomón fue secuestrado y enviado a La Perla, un centro clandestino de torturas, donde pasó cinco años. La familia, despojada de su padre y sin sustento, se vio obligada a malvender la casa, dejando atrás el tesoro oculto. Salomón, una vez liberado en 1982, intentó recuperar sus libros, pero el nuevo dueño se negó. La frustración lo llevó a dar una orden a sus hijos: "Nos olvidamos de los libros. Acá cerramos esa historia". Sin embargo, el recuerdo de sus odas de Neruda lo acompañaría hasta su muerte en 2002.
La providencia, sin embargo, tenía otros planes. En 2008, Ana Guerchunoff fue contactada por una inquilina de la antigua casa familiar. El rumor de los libros ocultos había persistido como un "fantasma" en el barrio, y la inquilina, incapaz de vivir con la idea de una biblioteca tapiada, les informó que iban a abrir la pared. La urgencia del momento impidió que todos los hermanos se reunieran, pero Luis y Ana presenciaron el milagro: los libros estaban intactos, legibles, como si el tiempo no hubiera pasado. La meticulosa obra de Eva había protegido el saber durante más de 30 años. La emoción de los hermanos fue abrumadora, no solo por el estado de los libros, sino por la carga emocional que representaban, el olor de su antigua casa, la memoria de una infancia truncada. Nora, la hermana menor, resumió el sentimiento: "Que sacaran los libros fue liberador para mí. Mi infancia se había quedado entre esos muros, con esos libros que la dictadura nos obligó a guardar y que secuestró a mi papá. Sentí que me encontraba de nuevo con esa niña de 9 años que se había muerto un poco cuando tuvimos que salir de esa casa sin libros para llevar." Este acto de preservación, casi accidental, se convirtió en un símbolo de esperanza y resiliencia.
Comerse la Evidencia: El Sacrificio de Luis Costa
La supervivencia durante las dictaduras a menudo requería actos de ingenio y sacrificio extremo. Luis Costa, militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en Chile, experimentó en carne propia la brutalidad de la persecución. Tras el golpe de Pinochet en 1973, su principal misión, y la de sus compañeros, era esconder o destruir las bibliotecas que pudieran incriminarlos. Tener un libro considerado "peligroso" era suficiente para ser detenido. La destrucción de ejemplares se convirtió en una cuestión de vida o muerte, un acto doloroso pero necesario para proteger vidas.
Las primeras tentativas de destrucción fueron rudimentarias: sumergir libros en bañeras o lavamanos para ablandar las hojas y tirarlas por el inodoro, una técnica que rápidamente reveló sus fallas al taponar las cañerías. Luego, intentaron quemarlos en hornos y hornillas, un proceso lento y tedioso. Finalmente, el método más efectivo, aunque riesgoso, fue hacer hogueras nocturnas, lejos de miradas indiscretas. Sin embargo, a pesar del peligro, Costa logró salvar algunos ejemplares que consideraba "muy personales o muy útiles", como el Manual del guerrilero urbano de Carlos Marighella, un texto vital para las tareas de clandestinidad que realizaban.
La historia más impactante de Luis Costa ocurrió una mañana en Villa Alemana. Sorprendido por un pelotón de la Marina chilena mientras dormía en una pequeña biblioteca improvisada, se le interrogó sobre los libros presentes. Un militar, al ver el título Cibernética y la Revolución Industrial, lo consideró "peligroso" por la palabra "revolución". Fue en ese momento de tensión que Costa notó un cuadernillo de 30 hojas de papel de arroz sobre la mesa de noche. Contenía información crucial sobre la situación de la Secretaría General del MIR. En un acto de audacia y desesperación, y en un descuido de los soldados, Costa tomó el documento, lo desgarró sigilosamente, se lo metió en la boca y comenzó a masticarlo. "Primero traté de humedecerlo con la saliva, pero fue muy difícil, porque eran 30 hojas", recuerda. Con los militares buscando libros a su alrededor, Costa luchó por tragar cada fragmento, una experiencia que, con ironía, describe como su "primera experiencia con la literatura gastronómica". Este acto extremo de autoconservación no solo salvó su vida, sino que también protegió información vital que podría haber comprometido a sus compañeros. Es un testimonio vívido de cómo el cuerpo mismo se convirtió en el último refugio para el conocimiento y la resistencia.
La Resistencia Intelectual: Bibliotecarios y Editores
La persecución de los libros en Chile y Argentina generó una contrapartida: una red silenciosa de resistencia que buscaba preservar el patrimonio cultural e intelectual. Marjorie Mardones, bibliotecaria y docente en Quilpué, Chile, es una de las figuras clave en esta labor de rescate. Su misión es recuperar los miles de libros censurados y destruidos durante el régimen de Pinochet, buscando "sobrevivientes" en librerías de segunda mano. Para Mardones, cada título con inclinaciones políticas, el sello de una editorial perseguida o una portada engañosa es una pista valiosa. Su objetivo es que estos libros "regresen a un estante, a una biblioteca, que es su lugar".
Una de las tácticas más ingeniosas para salvar libros fue el camuflaje. Mardones ha encontrado ejemplares donde la portada original, "peligrosa", fue reemplazada por una "inofensiva". Por ejemplo, un libro que mostraba en su tapa La poesía de Nicanor Parra revelaba al abrirse el verdadero título: Trotsky, el gran organizador de derrotas. Este método artesanal implicaba retirar delicadamente la portada original y pegar una nueva, tomada de un libro menos comprometedor. Era un proceso dispendioso, reservado para volúmenes muy específicos o de gran valor para sus dueños, lo que subraya el esmero y el riesgo que asumían quienes lo practicaban.
La investigación de Mardones y otros ha permitido exhibir no solo los libros, sino también los relatos de su supervivencia, demostrando que lo que ocurrió en Chile fue una "destrucción fundamentalista del libro". Aquí es donde se conecta con la tesis de Umberto Eco sobre la biblioclastia. Eco, en su ensayo "Desear, poseer, enloquecer", identifica la biblioclastia fundamentalista como aquella en la que "el biblioclasta fundamentalista no odia los libros como objeto, teme por su contenido y no quiere que otros los lean." Mardones añade que, además de criminal, este biblioclasta es un "loco, por el fanatismo que lo anima". Las dictaduras del Cono Sur, al igual que los incendios de la Biblioteca de Alejandría o las hogueras nazis, encajan perfectamente en esta definición. La quema de libros no era un fin en sí mismo, sino una advertencia, una forma de eliminar las ideas que podían socavar su control, un "apagón cultural" para imponer una cultura de consumo rápido donde el libro no tuviera cabida.
Un ejemplo paradigmático de esta persecución fue la Editorial Quimantú en Chile. Ramón Castillo, académico y rescatista de libros, ha dedicado su esfuerzo a recuperar ejemplares de esta editorial. Tras la llegada de Salvador Allende al poder en 1970, Quimantú se creó con el objetivo de popularizar el libro, produciendo 11 millones de ejemplares en solo tres años. Publicaba desde literatura universal, como Sherlock Holmes, hasta títulos más combativos como Qué es el materialismo histórico y revistas infantiles. Su alcance era masivo, llevando libros incluso a escuelas rurales que nunca antes habían tenido una biblioteca. Sin embargo, tras el golpe, Pinochet y los militares se enfocaron sistemáticamente en los libros de Quimantú, cambiándole el nombre a Editorial Gabriela Mistral y destruyendo la mayoría de sus publicaciones.
La labor de Mardones y Castillo no es solo académica; es un acto de memoria y resistencia. "Muchas personas tuvieron la valentía de preservar algo que creían era algo más que un libro, que destruirlo era como destruirse a ellos mismos", afirma Castillo. Su único objetivo es que "los libros vuelvan a tener un estante para que no se olvide lo que pasó". La preservación de estos volúmenes no solo recupera objetos físicos, sino que también honra la valentía de quienes los protegieron y asegura que las ideas que contienen sigan siendo accesibles para las futuras generaciones, un faro de luz en medio de la oscuridad.
Métodos de Salvación de Libros Durante las Dictaduras
A lo largo de las historias de resistencia, se evidencian diversas estrategias para proteger los libros de la destrucción. Cada método, aunque diferente, compartía el mismo propósito: salvaguardar el conocimiento y las ideas.
| Método de Salvación | Descripción | Ejemplo Citado | Nivel de Riesgo | Efectividad |
|---|---|---|---|---|
| Ocultamiento Físico | Esconder libros en lugares secretos dentro de estructuras existentes (paredes, sótanos). | Familia Guerchunoff (libros en paredes) | Alto si se descubría el escondite o si se perdía el acceso al lugar. | Muy alta si el escondite permanecía seguro y secreto. |
| Destrucción de Evidencia | Eliminar documentos o libros peligrosos de forma rápida y discreta (ingerir, quemar controladamente). | Luis Costa (comerse el documento) | Extremo para el individuo, con posibles consecuencias físicas. | Absoluta para la evidencia destruida, pero no para el objeto en sí. |
| Camuflaje o Falsificación | Alterar la apariencia externa de un libro (cambio de portada, título) para que parezca inofensivo. | Marjorie Mardones (libro de Trotsky con portada de Parra) | Moderado, dependía de la minuciosidad del trabajo y la vigilancia. | Alta si la falsificación era convincente y no se investigaba a fondo. |
| Dispersión o Distribución | Distribuir la colección entre amigos o conocidos para evitar su concentración y posible confiscación. | Salomón Guerchunoff (repartió libros antes del golpe) | Moderado, el riesgo se transfería a otros. | Variable, dependía de la lealtad y seguridad de los receptores. |
| Preservación Activa | Guardar ejemplares específicos de alto valor simbólico o utilidad, asumiendo el riesgo personal. | Luis Costa (guardó el "Manual del guerrilero urbano") | Alto, ya que el objeto seguía existiendo y era incriminatorio. | Dependía de la suerte y la capacidad de mantenerlos ocultos. |
Preguntas Frecuentes sobre la Persecución de Libros
- ¿Qué es la biblioclastia fundamentalista?
- Según Umberto Eco, la biblioclastia fundamentalista es la destrucción de libros que no se basa en el odio al objeto físico, sino en el miedo a su contenido. El biblioclasta fundamentalista teme las ideas que el libro encarna y busca evitar que otros las lean, considerándolas peligrosas o subversivas.
- ¿Por qué los libros eran considerados peligrosos por las dictaduras militares?
- Los libros eran vistos como vehículos de ideas que podían desafiar el orden establecido, promover el pensamiento crítico, la disidencia política o ideologías consideradas "comunistas" o "subversivas". Para los regímenes autoritarios, controlar la información y el pensamiento era fundamental para mantener su poder, y los libros eran una amenaza directa a ese control.
- ¿Cómo intentaban las personas salvar los libros durante estas dictaduras?
- Las personas emplearon diversas estrategias, como ocultar libros en paredes o sótanos, destruir documentos cruciales ingiriéndolos para evitar su captura, camuflar títulos peligrosos con portadas inofensivas, o dispersar sus colecciones entre amigos y familiares para evitar que fueran incautadas en un solo lugar.
- ¿Qué fue la Editorial Quimantú y por qué fue un objetivo de la dictadura chilena?
- La Editorial Quimantú fue una editorial estatal chilena creada durante el gobierno de Salvador Allende con el objetivo de democratizar el acceso al libro y la cultura. Produjo millones de ejemplares a bajo costo, desde literatura universal hasta textos políticos y educativos. Fue un objetivo de la dictadura de Pinochet porque representaba un símbolo del gobierno de Allende y de la difusión masiva de ideas consideradas "peligrosas" o "izquierdistas".
- ¿Qué significa el término "apagón cultural" en este contexto?
- El "apagón cultural" se refiere a la política de las dictaduras de suprimir y destruir la producción cultural, intelectual y artística que no se alineaba con sus ideologías. Esto incluía la quema de libros, la censura, la persecución de artistas e intelectuales, y el fomento de una cultura de consumo superficial, con el fin de eliminar cualquier foco de resistencia o pensamiento crítico en la sociedad.
Las historias de la familia Guerchunoff, Luis Costa y la incansable labor de Marjorie Mardones y Ramón Castillo son mucho más que anécdotas; son recordatorios poderosos de la fragilidad y, al mismo tiempo, la indestructibilidad de las ideas. Demuestran que un libro es mucho más que papel y tinta; es un receptáculo de la memoria, un catalizador de la verdad y un símbolo de la libertad. La persecución de los libros por parte de los biblioclastas fundamentalistas no pudo silenciar completamente la voz del conocimiento. Cada libro salvado de la hoguera, cada página protegida de la destrucción, es un acto de resistencia, un testamento a la creencia inquebrantable en el poder de la palabra. Al recordar estas historias, no solo honramos a quienes arriesgaron todo por preservar el saber, sino que también reafirmamos el valor eterno de los libros como baluartes contra la opresión y el olvido. Su legado perdura, recordándonos que mientras haya quienes defiendan las palabras, la luz del pensamiento crítico nunca se apagará por completo.
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