¿Cómo se escribe desde el cuerpo?

El Cuerpo en la Obra de Gustavo Ferreyra: Más Allá del Alma

30/10/2024

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En el vasto universo del pensamiento contemporáneo, pocas palabras resuenan con tanta omnipresencia como “cuerpo”. Se ha convertido en un comodín, una categoría trascendental que, si bien busca explicar fenómenos diversos, corre el riesgo de vaciarse de sentido por su uso excesivo. Sin embargo, como bien señalaba Baruch Spinoza, “todavía no sabemos muy bien lo que puede un cuerpo”. Es en esta encrucijada filosófica y existencial donde la obra del escritor argentino Gustavo Ferreyra se erige como un faro, proponiendo una aproximación singular y profundamente provocadora a esta noción tan trajinada. Ferreyra no se limita a describir el cuerpo; lo construye, lo desafía y lo enfrenta, creando una literatura del cuerpo que, lejos de ser meramente gozosa o reivindicativa, se alza poderosamente contra el alma.

Índice de Contenido

Más Allá de la Carne: El Cuerpo en la Literatura de Ferreyra

Cuando Gustavo Ferreyra afirma en el prólogo de la reedición de su primer libro de cuentos, El perdón, haber hecho “una literatura del cuerpo. Una literatura contra el alma”, no está haciendo una declaración trivial. La distinción es crucial: no escribe “desde” el cuerpo, como si este fuera un mero vehículo o una fuente de sensaciones a transcribir, sino “del” cuerpo y “contra” el alma. Esta elección preposicional subraya una postura radical. Sus novelas no buscan celebrar lo corporal como algo reprimido o negado históricamente, sino que, a través de una lengua densa y un estilo inconfundible, construyen un universo donde el cuerpo se convierte en el campo de batalla de la existencia, un espacio ambiguo, embravecido e hipnótico. Es una literatura que se atreve a explorar lo que reside más allá de la razón, en los confines donde la lógica desfallece y lo irracional se impone como gesto fundante. En este sentido, la influencia de pensadores como Nietzsche, Schopenhauer y, fundamentalmente, Georges Bataille, con su exploración del erotismo y el despilfarro como fuerzas primarias, es palpable.

El Sol: Una Novela de Identidad y Desarraigo

La novela El Sol es la encarnación más reciente de esta exploración ferreyrana. Nos sumerge en la historia de Víctor, un personaje que yace internado en un hospital, víctima de un mal indescifrable que lo somete a incómodos estudios. Pero la dolencia de Víctor es más que física; es un eco de un pasado que se aferra a su cuerpo, un pasado que incluye la infancia, la juventud y un reciente trabajo como playero. La incertidumbre sobre el paradero de su esposa (¿está viva o muerta, lo abandonó o está impedida de visitarlo?) añade una capa de misterio a su ya precaria situación.

Sin embargo, Víctor no es quien dice ser. Su verdadero nombre es Igor, un espía de un país que ya no existe, obsesionado con los sucesos de la guarnición militar Vincere, un lugar en medio de un desierto que le otorga identidad al pueblo circundante. La novela, sin nombrar explícitamente, evoca el ambiente de la Guerra Fría y las intrigas de espionaje, con referencias que el lector avezado reconocerá, como la serie The Americans, que el propio Ferreyra cita como inspiración. En el nombre dual de Víctor/Igor se cifra el problema central de la identidad, la lengua y el silencio. El protagonista se encuentra en una suerte de purgatorio, a medio camino de todo, sin saber quién es o cómo llegó a esa situación. Su lucha es por hablar, por decir su verdadero nombre y misión, por confesarse antes de un presunto final.

A lo largo de las páginas, Víctor/Igor no estará solo. Una serie de personajes actúan como espectadores, o quizás como coro trágico, en su batalla contra o a favor del silencio: sor Vivian, una monja que lo acerca a Cristo de una manera inusual; Mario, un pintor; su bella hermana Clawdia (con “w”); y la cruenta enfermera del hospital. Cada uno de ellos, a su manera, participa en esta lucha entre un cuerpo, una imposible redención y sus almas.

Un Tono Pesimista, una Intensidad Gozosa

Ferreyra describe los propósitos detrás de El Sol con una sinceridad descarnada: “Soy una persona que por momentos se percibe en una suerte de último ratio, de estar entrando en una suerte de territorio postrero. Creo que me pasa desde la adolescencia. Novelar esa intuición vaga y oscura ha sido una tentación a la que pude haber cedido de algún modo en novelas anteriores, pero no tan decididamente como en ésta”. Esta intuición de lo postrero lo llevó a situar a Víctor en ese “último lugar, detrás del desierto que sigue a la cordillera, un más allá al borde del precipicio, en el hospital, ya sin nada por defender más que su silencio”.

La novela, de tono decididamente pesimista, no por ello es menos intensa o, paradójicamente, menos gozosa en su lectura. Es la posibilidad de una dureza extrema frente al mundo, un rechazo total, un ostracismo en el propio yo como forma de alardear. Pero también, y aquí reside una de las mayores complejidades, es la entrega de Víctor a la “supuesta bondad de los extraños”, retorciendo la famosa frase de Blanche DuBois. A pesar de su ateísmo, Víctor no puede dejar de creer en lo humano, en la bondad de sor Vivian y Clawdia, aunque sepa que es “horrible creer en lo humano”. Esta contradicción, esta rendición de su última convicción y su última rabia, es lo que dota a la novela de una profundidad emocional abrumadora.

Referencias y Resonancias Literarias

Para un autor cuya obra parece emerger del silencio, es fascinante indagar en sus fuentes de inspiración. Ferreyra reconoce explícitamente la huella de dos obras maestras en El Sol: El desierto de los tártaros de Dino Buzzatti y Esperando a los bárbaros de J. M. Coetzee. Estos libros le dejaron “esa sensación de soledad soñada, casi la del anacoreta, pero sin fin ni destino”. La búsqueda de un desierto como lugar atemporal, sin marcas geográficas fuertes, una guarnición militar indeterminada, fue clave para la construcción del ambiente de la novela. Es un escenario que refuerza la idea de un purgatorio, de un espacio liminal donde la espera y la incertidumbre son las únicas certezas.

Además de estas referencias literarias, Ferreyra menciona una inspiración menos convencional: la actriz que protagoniza The Americans. Esta serie de espías impactó al autor y dejó una impresión poderosa en la concepción de la pareja de Víctor. La esposa de Víctor es una espía dura y real, mientras que él es dulce, blando y afantasmado. La incapacidad de Víctor para salir de ella, su espera de diez años, trasciende el amor y se convierte en una incapacidad existencial, un reconocimiento de su propia minusvalía frente a la dureza de su contraparte.

El Cuerpo Prisionero: Medicina y Poder

La presencia constante de la medicina en El Sol, con los exámenes y tratamientos a los que Víctor es sometido, no es meramente incidental. Estos procedimientos, que a menudo empeoran su ya complicada posición, pueden interpretarse como una microfísica del poder. En este contexto, el cuerpo solitario de Víctor se convierte en el lugar donde el individuo, residuo de lo colectivo, habla. Es el individuo después de lo colectivo que, sin remedio, se dirige de nuevo hacia lo colectivo. En ese espacio vacío de la ausencia colectiva, lo que Víctor expresa es más real para él que cualquier otra cosa, y lo yergue contra el mundo. La frase de Ferreyra, “fracasaré pero morderé”, encapsula esta resistencia, esta mordedura del fracaso que, a pesar de todo, persiste. La medicina, siempre vigilante y mediadora, se convierte en testigo y participante de este combate asesino entre cuerpo y alma, del cual nadie sale indemne.

La Escritura como Acto Corporal y Vital

Para Ferreyra, la escritura no es solo una profesión, sino una fuerza vital que lo impulsa constantemente. En El Sol, la escritura misma se erige como la única protagonista a largo plazo. Su dedicación es evidente: en un solo año, reeditó un libro de cuentos y publicó una nueva novela. La reedición de El perdón fue una recuperación, una forma de presentar el libro tal como fue concebido originalmente, incluyendo cuentos que habían quedado fuera en ediciones anteriores. Respecto a El Sol, confiesa un “placer de escritura algo mayor que en otros libros”. Su amor por la escritura es una declaración rotunda: “yo amo escribir. Y para un ser humano, amar debería ser un proyecto que se baste a sí mismo”.

Ferreyra no se permite leer lo que ha escrito en el pasado, por temor a “tirar todo”, lo que habla de una autocrítica implacable y una constante necesidad de avanzar. Incluso en medio de la pandemia, su ritmo de escritura se aceleró, terminando una novela en apenas meses. Esta urgencia, esta necesidad de “esconderse donde uno puede” mientras “los jotes vuelan en círculo”, subraya la naturaleza casi instintiva de su proceso creativo.

La complejidad de su prosa –frases largas, registros mezclados que van de lo coloquial a lo elevado, un barroquismo sin equivalente inmediato– es una marca distintiva. Sin embargo, Ferreyra no la ve como un trabajo consciente sobre la lengua, sino como algo que emerge orgánicamente: “la lengua me ha trabajado a mí hasta darme una escritura”. Se compara con una araña que teje su tela sin saber exactamente lo que está haciendo, sin la capacidad del orfebre. Su producción es inherente a su ser, y una vez terminado un libro, no hay vuelta atrás: solo queda “la destrucción total de la tela o dejarla como está”, para luego ir a otro rincón a trabajar en la próxima. Esta metáfora de la araña hambrienta y flaca, que teje en lugares poco propicios y caza poco, ofrece una imagen conmovedora de la lucha y la dedicación del artista.

Un Autor 'Pocasventas': El Lugar de Ferreyra en el Panorama Literario

A pesar de la profundidad y originalidad de su obra, Gustavo Ferreyra se define a sí mismo como un “pocasventas”, un “secreto a voces” en la literatura argentina. Reconoce que muchos escritores lo leen y elogian públicamente, pero que, a pesar de ello, permanece en un relativo olvido para el gran público. Esta situación, que él relata con una mezcla de resignación e ironía, contrasta con la calidad y el impacto de sus novelas como La familia (2015), que impactó a la crítica con su historia a dos tiempos y su exploración del individualismo liberal extremo. En La familia, Ferreyra invierte la lógica del fin de la familia burguesa, proponiendo su disolución no por una sociedad sin clases, sino por la defensa del sujeto aislado. El Sol, de alguna manera, retoma los problemas de La familia, explorando los vínculos que le quedan a un hombre sin patria, en silencio, entre desconocidos, en un estado de aislamiento total.

Esta posición marginal, o quizás de culto, en el panorama literario argentino, es para Ferreyra una realidad que acepta con una mezcla de humor y pragmatismo. Su dedicación a la escritura parece ser una vocación interna, independiente de la validación externa o del éxito comercial.

Preguntas Frecuentes sobre el Concepto de Cuerpo en la Literatura

La obra de Gustavo Ferreyra nos invita a reflexionar sobre el "cuerpo" de maneras que trascienden la simple biología. Aquí, algunas preguntas comunes que pueden surgir al abordar este concepto en el ámbito literario:

¿Qué se entiende por "cuerpo" en un contexto literario y filosófico?

En un contexto literario y filosófico, el "cuerpo" va más allá de su definición anatómica. Se concibe como el espacio donde la existencia humana adquiere una dimensión espacio-temporal. Es el vehículo de la experiencia, de la interacción con el mundo y con otros. Como se mencionó, en el cuerpo es donde "la existencia humana adquiere una dimensión espacio-temporal, y es éste el que hace al ser humano parte activa de la naturaleza y del proceso de la vida". En la obra de Ferreyra, el cuerpo es un campo de batalla, un depositario de la memoria, un sujeto de poder y control, y un medio para la expresión del alma y su negación.

¿Cómo se diferencia la "literatura del cuerpo" de otras aproximaciones literarias?

La "literatura del cuerpo" no se enfoca meramente en descripciones físicas o en la sensualidad. En autores como Ferreyra, implica una exploración profunda de cómo el cuerpo es afectado por la historia, la política, la identidad y las relaciones humanas. No es una literatura que glorifica el cuerpo por sí mismo, sino que lo utiliza como prisma para analizar la condición humana, sus límites y sus potencias. A menudo, implica una confrontación con lo establecido, una mirada crítica a las nociones tradicionales de alma, espíritu o razón, posicionando al cuerpo como la verdadera sede de la experiencia y el conflicto.

¿De qué manera el hospital en El Sol contribuye a la representación del cuerpo?

El hospital en El Sol es un escenario crucial. No es solo un lugar de enfermedad, sino un microcosmos donde el cuerpo de Víctor se convierte en objeto de observación, manipulación y control. Es un espacio de vulnerabilidad extrema, donde la identidad se disuelve y el individuo es reducido a su corporeidad. Las intervenciones médicas se transforman en una metáfora de la microfísica del poder, donde el cuerpo solitario, despojado de lo colectivo, se ve forzado a revelar sus secretos y a enfrentarse a su propia mortalidad y a la de su identidad. Es en este confinamiento donde la lucha interna de Víctor/Igor se intensifica, y su cuerpo se convierte en el último bastión de su ser.

¿Qué papel juega el erotismo y la religión en la concepción del cuerpo en El Sol?

En El Sol, la relación entre erotismo y religión, influenciada por Georges Bataille, es compleja y provocadora. El cuerpo, en su vulnerabilidad y su capacidad de experimentar placer y dolor, se convierte en un nexo. La figura de sor Vivian, que es a la vez objeto erótico para el protagonista y guía espiritual, encarna esta dualidad. El erotismo no se reduce a lo sexual, sino que se presenta como una fuerza vital y transgresora, una expresión de lo irracional que desafía las estructuras de la razón y la moral. El sol mismo, como símbolo, se erige contra la tradición judeo-cristiana y representa la fuerza esplendente del erotismo, mientras que Jesús (distinto de Cristo para Ferreyra) representa una fuerza inconmensurable de bondad y resistencia frente a la mercantilización del ser. Es en esta tensión entre lo carnal y lo espiritual donde el cuerpo de Víctor vive su drama más profundo.

¿Por qué Gustavo Ferreyra se describe como una "araña que teje" su escritura?

La metáfora de la araña que teje su tela es una forma de describir un proceso de escritura orgánico y, en cierto modo, inconsciente. Ferreyra no se ve a sí mismo como un "orfebre" que pule meticulosamente cada palabra, sino como una criatura que produce su obra de manera inherente a su naturaleza. Esta imagen subraya la idea de que su estilo –con sus frases largas y sus registros mezclados– no es el resultado de una construcción deliberada, sino de una simbiosis con la lengua, donde la lengua lo "trabaja" a él. Implica una entrega total al acto creativo, una fe en la emergencia espontánea de la forma y el significado, incluso si el resultado final es una "tela" que caza poco y lo deja "hambriento y flaco y desangelado", reflejo de su lugar como autor "pocasventas".

La obra de Gustavo Ferreyra, y en particular El Sol, nos ofrece una inmersión profunda en la inagotable pregunta sobre qué puede un cuerpo. Es una invitación a mirar más allá de la superficie, a confrontar las tensiones entre lo individual y lo colectivo, lo material y lo inmaterial, el silencio y la palabra, en un viaje literario que es tan exigente como gratificante.

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