24/09/2023
En nuestro imaginario colectivo, el lobo ha transitado de bestia temible a personaje edulcorado de cuentos infantiles. Lejos de la imagen de Caperucita Roja o Los Tres Cerditos, donde el final feliz nos reconforta, la realidad de la convivencia entre humanos y lobos en el mundo preindustrial, especialmente en regiones como Las Merindades, fue una batalla constante por la supervivencia. Una batalla que marcó profundamente la vida de las comunidades y que hoy nos invita a reflexionar sobre la necesidad de aquel exterminio.

La versión de Caperucita recogida en Nièvre a finales del siglo XIX, con su hombre-lobo cruel y su final sin redención, nos devuelve a una verdad incómoda: el lobo era un peligro real. No fue hasta Perrault en el siglo XVII, y más tarde los hermanos Grimm en 1812, que la figura del lobo comenzó a ser suavizada, transformándose en el villano derrotado que conocemos. Pero el lobo de antaño era el representante de los rigores invernales, indócil y sanguinario, el gran enemigo del ganadero, la encarnación de lo irracional y azaroso de la desgracia. Olvidar esta realidad nos impide comprender la ferocidad y la necesidad de la caza que se le dio.
El Lobo en el Imaginario Colectivo: Del Miedo a la Edulcoración
Desde tiempos inmemoriales, la relación del ser humano con el lobo ha estado teñida de un profundo temor. Los antiguos griegos ya narraban historias de sacrificios al lobo, y la Iglesia medieval lo demonizó, equiparándolo a la serpiente. Textos como los sermones de Jacob de Vitry en el siglo XIII utilizaban al lobo como metáfora del engaño y el peligro, advirtiendo sobre aquellos que, como el lobo con el cabritillo, se acercan con palabras devotas para luego devorar el alma. Estas narrativas religiosas y culturales cimentaron un odio profundo hacia el Canis lupus en el mundo preindustrial. No era solo un animal; era “el otro”, lo antihumano, el competidor en la lucha por los recursos, la encarnación de los miedos antropológicos ante otro mamífero social, jerarquizado y maternal, pero a la vez, cruel y carente de piedad en la naturaleza salvaje.
Esta percepción del lobo como una amenaza existencial persistió durante siglos, justificando las extremas medidas tomadas para su erradicación. La transición hacia un mundo urbano encapsulado, donde la interacción directa con la naturaleza salvaje es mínima, nos ha llevado a olvidar el contexto de esta animadversión histórica y a juzgar el pasado con ojos modernos, perdiendo de vista la desesperada lucha por la supervivencia que libraban nuestros antepasados.
La Amenaza Real: Lobo y Ganadería en Las Merindades
Las Merindades, una región donde la agricultura cerealística coexistía con una próspera ganadería, era un escenario ideal para el conflicto con el lobo. Los abundantes montes y pastos de Soma, Ordunte, La Peña o Sierra Salvada eran el hogar de ganado vacuno y caballar que pastaba libremente, dando origen a razas autóctonas como la tudanca o la losina. El ganado menor, ovino-caprino, era cuidado por pastores, pero aun así, estas especies constituían la reserva cárnica y láctea para el autoconsumo familiar, lo que hacía su número porcentualmente elevado.
Para una economía agro-ganadera, el lobo y el oso eran la gran amenaza, aniquiladores del esfuerzo productivo que significaba la cría del ganado. El lobo, ya fuera solo en invierno o en grupo durante el verano, mostraba un afán predatorio que le llevaba a matar sin cesar, produciendo pérdidas devastadoras en los rebaños, especialmente en los ovino-caprinos. Aunque las razones exactas de esta matanza excesiva no están claras (posiblemente generación de reservorios o inacción de las víctimas domésticas), su poder destructivo era innegable y su presencia, indeseable. Esta tensión, que fluía a través de los años y de la evolución económica, tenía una única conclusión: ¡Había que eliminarlo!
Estrategias de Caza del Lobo: Una Batalla Organizada
La erradicación del lobo no fue una tarea improvisada, sino un esfuerzo coordinado y multifacético que involucraba a toda la comunidad y se apoyaba en diversas estrategias:
Marco Legal y Asociativo: Las Batidas Comunitarias
La lucha contra el lobo se formalizó mediante Reales Cédulas y Ordenanzas, como la emitida por Carlos III en 1788. Esta normativa establecía la obligatoriedad de realizar dos batidas o monterías anuales en los pueblos con presencia de lobos: una en enero y otra entre septiembre y octubre. Estas cacerías debían ser coordinadas en un mismo día y hora por todos los pueblos de un partido, bajo la supervisión de las Justicias locales, con el objetivo de lograr el «exterminio de los Lobos» mediante un batido simultáneo de todo el territorio.
Para ello, los pueblos se agrupaban en Juntas o Hermandades, cada una con sus propias ordenanzas y la obligación de construir una lobera y organizar las batidas. La participación de todos los vecinos era obligatoria bajo pena. Al descubrir un lobo o su rastro, se comunicaba a la Junta en un plazo de dos horas y se iniciaba el «repique de lobo» para avisar al vecindario. Los cazadores armados se situaban en las cabañuelas de la lobera, mientras un amplio frente en herradura, formado por los participantes de todos los pueblos, avanzaba gritando y haciendo ruido para ahuyentar al lobo, estrechando el cerco hasta introducirlo en la trampa.
Métodos de Caza y Control
- Venenos: A partir del siglo XIX, la estricnina se popularizó. Se dejaban cebos en zonas de paso de lobos, con avisos a ganaderos y vecinos para evitar accidentes. Su uso se restringía a los meses de invierno, cuando el ganado permanecía estabulado.
- Armas de fuego: Desde los arcabuces antiguos hasta las escopetas modernas, las armas de fuego fueron herramientas clave en la caza del lobo, permitiendo abatir a los animales a distancia.
- Cepos: El cepo lobero, documentado desde el siglo XVI, fue un sistema muy extendido. Se dejaban exentos para que el lobo los arrastrara hasta la extenuación, momento en que los cazadores lo inmovilizaban. Con un palo y una cuerda, se le ataban el hocico y las patas para su captura.
- Mastines: Estos perros guardianes, famosos por su aparición en el «Romance de la loba parda», defendían los rebaños. Llevaban collares protectores llamados carlancas que les resguardaban el cuello de las dentelladas del lobo.
- Alimañeros y Loberos: Eran profesionales que recorrían los montes en busca de camadas de lobos y zorros para exhibirlas por los pueblos, una costumbre conocida como «correr el guante». Para evitar fraudes, la Real Cédula de 1788 reguló estrictamente este oficio. Se decretó que las Justicias pagaran recompensas por cada lobo (cuatro ducados), loba (ocho ducados), loba con camada (doce ducados) y lobezno (dos ducados), así como por zorros. La piel, cabeza y manos de los animales premiados quedaban en poder de las Justicias, sin poder ser devueltas a quienes las presentaron, para evitar el fraude.
Las Loberas: Ingenio y Cohesión Comunitaria
Las loberas, también conocidas como cortellos, corrales de lobos, calechos o cousos, son el testimonio más impresionante de la lucha contra el lobo. No exclusivas de Las Merindades, se encuentran en todo el norte peninsular. De origen incierto, con referencias documentales desde el siglo XVI, eran construcciones monumentales que reflejaban el firme apoyo de la comunidad para reivindicar el terreno frente a lo salvaje.
Estas trampas consistían en dos largas paredes de piedra seca, sin retocar, de entre 2 y 3 metros de altura, que convergían a modo de embudo en un foso excavado en el suelo y reforzado con muros de piedra. El lobo, acosado durante la batida, caía en este foso, cuya profundidad oscilaba entre los 3 y 4 metros (o 6 metros si se medían los muros). Algunas loberas contaban con pequeños abrigos de piedra, llamados chozas, esperas o cebeñuetes, situados entre las paredes y abiertos hacia el foso, donde se escondían los cazadores para azuzar al lobo e impedir su huida.
Las loberas se adaptaban a la topografía del terreno, situándose en laderas de acentuado declive, con el foso en el punto más bajo para dificultar su identificación al lobo. En ocasiones, aprovechaban escarpes o precipicios como barreras naturales. Para aumentar su efectividad, la parte superior de las paredes tenía piedras que sobresalían a modo de visera o alero, impidiendo el salto del lobo. Además, algunas presentaban un amontonamiento de piedras en el centro del foso para evitar que el lobo tomara impulso y saltara. Durante las batidas, el foso a veces se camuflaba con ramaje. El muro posterior al foso era más bajo (máximo 1 metro) para incentivar al lobo a correr en esa dirección, o se usaban parapetos verticales de ramaje que el lobo saltaba sin saber que caería en el hoyo.

¿Quién obtenía la piel del lobo muerto?
La piel del lobo muerto, especialmente cuando el animal era capturado en una lobera y abatido allí mismo, tenía un destino particular. Los mismos batidores o un desollador contratado se encargaban de arrancar la piel, rellenarla con paja y subastarla al mejor postor. El adjudicatario recibía un certificado oficial que garantizaba la autenticidad de la pieza y su forma de obtención. Este evento solía ir acompañado de una fiesta popular que reunía a todos los habitantes de los pueblos de la Junta o Hermandad. Tras el festejo, el dueño de la piel, o «pelleta», tenía permiso para recorrer los pueblos cercanos, recibiendo obsequios en dinero y alimentos, lo que rentabilizaba con creces el coste de la piel.
Es importante destacar que, en el caso de los lobos presentados a las Justicias para obtener la recompensa (como hacían los alimañeros), la Real Cédula de 1788 establecía que «la piel, cabeza y manos de las fieras que se premien quedarán en poder de las Justicias sin poderlas devolver á los que las presentaron, ni á otras personas para aviar fraudes». Así, la obtención de la piel dependía del método de caza y de las regulaciones específicas, siendo los particulares quienes la obtenían en subasta tras una captura en lobera, o las autoridades quienes la retenían tras pagar una recompensa.
El Destino del Lobo Vivo
Si el lobo era capturado vivo, su suerte no era mejor. Se le amordazaba y ataba para inmovilizarlo, y luego se le sometía a un «juicio» popular. Tras ser acusado de todos los males, el animal era apaleado. Después, se le cargaba al lomo de un burro y se exhibía por los pueblos, donde los loberos recibían toda clase de donativos como recompensa por su captura.
Más allá de la caza del lobo, las loberas también sirvieron para atrapar otros animales salvajes como osos, jabalíes, zorros e incluso caballos salvajes, como la lobera de Castrobarto. La construcción y mantenimiento de estas estructuras, así como los gastos de las batidas (municiones, pan, queso y vino para los participantes), eran sufragados mediante arbitrios o impuestos especiales recaudados por el municipio, y con la contribución obligatoria de los propietarios de ganado trashumante que pastaba en los montes de los pueblos confederados. Esta colaboración reforzaba la cohesión y la solidaridad entre los vecinos y pueblos, que dejaban a un lado sus desavenencias para luchar colectivamente contra un enemigo común.
Preguntas Frecuentes sobre la Caza del Lobo en el Pasado
¿Por qué era tan importante cazar al lobo en el pasado?
La caza del lobo era vital para las comunidades preindustriales, especialmente en regiones agro-ganaderas como Las Merindades, porque el lobo representaba una amenaza directa a su subsistencia. Atacaba y diezmaba los rebaños, que eran la principal fuente de alimento, ingresos y recursos para las familias. Además, el lobo encarnaba los miedos ancestrales y lo incontrolable de la naturaleza salvaje, siendo percibido como una alimaña sanguinaria y el principal competidor en la lucha por la supervivencia y los recursos.
¿Qué eran las loberas y cómo funcionaban?
Las loberas eran grandes trampas estructurales, construidas con muros de piedra sin argamasa, que formaban un embudo que convergía en un foso profundo. Se ubicaban en zonas de paso de lobos. Durante las batidas comunitarias, los vecinos ahuyentaban y dirigían al lobo hacia el embudo, forzándolo a caer en el foso. Su diseño ingenioso, que incluía paredes altas con viseras, fosos camuflados y adaptaciones al terreno, buscaba asegurar la captura del animal.
¿Quién se beneficiaba de la caza del lobo?
La caza del lobo beneficiaba a toda la comunidad al proteger el ganado y, por ende, la economía local. Directamente, los cazadores y alimañeros recibían recompensas económicas por cada lobo abatido, aunque en muchos casos las pieles y cabezas debían ser entregadas a las autoridades para evitar el fraude. En el caso de los lobos capturados en loberas, la piel era subastada al mejor postor, quien además podía exhibirla por los pueblos para recibir donativos. Las Juntas o Hermandades también se beneficiaban al fortalecer la cohesión social y la cooperación entre pueblos para un fin común.
¿Cómo se aseguraba la autenticidad de un lobo cazado?
Para evitar fraudes y asegurar que las recompensas se pagaran por lobos genuinamente cazados, las autoridades establecieron normativas estrictas. La Real Cédula de 1788 estipulaba que «la piel, cabeza y manos de las fieras que se premien quedarán en poder de las Justicias sin poderlas devolver á los que las presentaron». Esto significaba que, una vez pagada la recompensa, las pruebas de la captura quedaban en manos de la autoridad. En el caso de los lobos de lobera subastados, se entregaba un certificado oficial que daba fe de su autenticidad y de la forma en que había sido obtenido.
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