04/11/2022
La pregunta sobre qué es el libro de Jesucristo puede parecer, a primera vista, sencilla. Sin embargo, para mentes profundamente contemplativas y figuras históricas de la espiritualidad como el Bienaventurado Pablo Giustiniani, la respuesta trasciende lo meramente textual. Lejos de referirse a un volumen físico escrito por sus propias manos, Giustiniani, a través de la obra 'Solo con Dios: Vida Eremítica' de Juan Leclercq, con prólogo de Tomás Merton, nos invita a entender a Cristo mismo como la suma de toda sabiduría, el compendio viviente de la verdad y el camino hacia la perfección. Esta perspectiva, arraigada en la tradición eremítica, nos sumerge en un entendimiento de la fe donde la vida de soledad y contemplación se convierte en una lectura incesante del Verbo encarnado.

La vida eremítica, o ermitaña, es una vocación de profunda dedicación a Dios en la soledad. No es un escape del mundo por cobardía, sino una búsqueda activa y radical de la presencia divina. Los ermitaños, como aquellos inspirados por la doctrina de Giustiniani, buscan una unión íntima con el Creador, anticipando en esta vida la Jerusalén celestial. La esencia de esta vida se resume en el lema que da título al libro: Solo con Dios. Es un sendero de renuncia exterior para una inmersión total en la soledad interior, donde el alma se despoja de todo lo que no es Dios, para que Él sea el único centro y el único interlocutor.
- ¿Quién fue Pablo Giustiniani y su legado?
- La Esencia de la Vida Eremítica: Un Llamado a la Soledad Sagrada
- Jesucristo: El Único Libro y Maestro del Eremita
- Las Disciplinas Espirituales del Ermitaño: Oración, Estudio y Salmodia
- La Ascética y el Despojamiento: Un Camino de Pobreza y Humildad
- La Obediencia Perfecta: El Tesoro de la Vida Consagrada
- Preguntas Frecuentes (FAQ)
¿Quién fue Pablo Giustiniani y su legado?
Nacido en Venecia en 1476, Pablo Giustiniani fue un hombre de vasta cultura y profunda espiritualidad. Estudió en Pádua y, buscando una anhelada soledad, se retiró a la isla de Murano. A los 34 años, en 1510, ingresó como novicio en la comunidad de ermitaños de Camaldoli. Su fervor y visión pronto lo llevaron a ser llamado para reformar la Orden. Sin embargo, su deseo de una vida aún más solitaria lo impulsó a dejar la comunidad en 1520 y, con un pequeño grupo de seguidores, fundó la Compañía de Ermitas de San Romualdo, que más tarde sería conocida como los Monjes Camaldulenses de Monte Corona.
Después de su muerte en 1528, sus hijos espirituales le confirieron el título de Bienaventurado. Giustiniani dejó una extensa obra escrita, gran parte de la cual permanece inédita, pero que revela una doctrina original y segura sobre diversos temas espirituales. Su vida espiritual no solo explicó, sino que también fue la fuente principal de toda su obra. Era un espíritu abierto, ampliamente cultivado en todas las disciplinas filosóficas, literarias y teológicas de su época. Manejaba con maestría la tradición, citando ejemplos y textos de la antigüedad y la edad media. Sus escritos no solo mantenían su atención y fervor, sino que también animaban a sus amigos con cartas y textos de alta espiritualidad.
Las principales fuentes de su doctrina se encuentran en sus 'Reglas' escritas en 1516, la 'Regula vitae eremiticae' de 1520, y sus Constituciones de 1524. A través de estos documentos, Giustiniani delineó una senda clara para aquellos llamados a la vida eremítica, destacando la importancia de la soledad, el desprendimiento y, fundamentalmente, la centralidad de Cristo en cada aspecto de la existencia ermitaña.
La Esencia de la Vida Eremítica: Un Llamado a la Soledad Sagrada
La vocación eremítica, según Giustiniani, es un camino que anticipa la Jerusalén celestial, haciendo a los ermitaños semejantes a los ángeles y uniéndolos a ellos. En la Iglesia, existe una diversidad de vocaciones: a algunos se les da la contemplación (el reposo del alma en Dios), a otros la acción. Si bien la vida religiosa es un medio más seguro para ir al cielo, no implica que todo religioso sea más perfecto que cualquier laico. Sin embargo, la vida contemplativa, en su forma más pura, exige y se confunde con la vida eremítica.
Giustiniani enfatiza que sin una eficaz soledad exterior, la soledad interior sería solo una ilusión. El eremita es un solitario que busca a Dios incesantemente, lo que lo convierte en un alma contemplativa. Los Padres de la Iglesia, como el P. Anselmo Stoltz recuerda, tenían en alta estima esta altísima vocación. San Benito valoraba la vida solitaria, sugiriendo que algunos monjes, tras una larga prueba, podían ser llamados a esta vida. San Romualdo, por su parte, permitió a los monjes vivir en soledad sin perder el «Bien de la obediencia», tesoro de la vida monástica, y sin separarse de la vida común en la práctica de la caridad fraterna.
Los eremitas aspiran a vivir el heroísmo de San Antonio Abad en su soledad. El «Sacro Eremo» de Camaldoli, una comunidad de ermitaños en una pequeña aldea rodeada de celdas escondidas en un bosque de pinos en los montes Apeninos de Italia, es un testimonio de esta vida. La celda, dentro de esa aldea, representa una soledad aún más perfecta, el espacio íntimo donde cada eremita vive su propia soledad. La verdadera soledad sagrada es la infinita soledad del mismo Dios, en quien los eremitas se saben solitarios: SOLO DIOS.

La celda es el lugar del silencio, la estabilidad, el recogimiento, la mortificación, el trabajo, los ayunos, las vigilias y la oración. Allí, el alma se desprende de todo lo que no es Dios. El solitario no olvida la discreción, la ley interior del Espíritu que permite distinguir la voz de Dios de la del mal. La perfecta vida eremítica, la «eremitica puritas», proporciona paz a quien se conforma con lo estrictamente necesario, pues donde no hay pobreza verdadera, no hay paz. El heroísmo de la vida solitaria es ser sucesor de los mártires, y la soledad del eremita se define en tres palabras: «Vivir con Cristo».
Jesucristo: El Único Libro y Maestro del Eremita
Uno de los pilares de la doctrina de Giustiniani es la afirmación radical de que Jesucristo es El único Maestro. El tiempo que los eremitas no dedican al trabajo manual, lo consagran al estudio de las letras, los salmos y las oraciones. El estudio, la salmodia y la oración privada y pública forman un mismo régimen, complementándose y siendo igualmente necesarias. El estudio es esencial, pero su objetivo debe ser claro: creer en Jesucristo como verdadero Dios significa que no necesitamos buscar en otra parte una disciplina moral o doctrina. Basta con leer y releer el Santo Evangelio, donde la doctrina y los ejemplos de Jesucristo se proclaman abiertamente a todos.
Para Giustiniani, no se necesita otro maestro que enseñe qué es la virtud, la vida, el bien y el mal, lo verdadero y lo falso. Jesucristo es verdadero Dios y hombre, con todos los ejemplos de las más altas virtudes, sin defecto ni imperfección. Él es el único libro, «el libro donde está contenida toda la sabiduría divina. Mi libro debe ser Jesucristo: libro escrito enteramente con su sangre preciosa, precio de mi alma y redención del mundo, libro cuyos cinco capítulos son las cinco llagas». San Pablo, de hecho, no quería saber más que a Cristo y a Cristo crucificado. Este libro, el propio Cristo, debe ser leído en el silencio de la celda.
Quienes piensan hallar la verdad en otra escuela o en otro escritor que no sea Jesucristo y sus Evangelios están ciegos, pues cualquier otra doctrina verdadera deriva de la suya. Cristo se nos propone como luz, guía, espejo, regla infalible y como único y verdadero preceptor. Los escritores sagrados solo transmitieron una pequeña parte de la doctrina total contenida en este libro, siendo solo pequeños arroyos de una fuente inagotable. Lo que cada uno escribió no es más que un capítulo, un corto pasaje de este libro bendito que es Jesucristo, abismo y fuente de todas las doctrinas intelectuales y morales.
A los ermitaños se les permite dedicarse a todo estudio que la Iglesia acepta, evitando libros prohibidos o de superstición. Giustiniani, a pesar de su radical enfoque en Cristo, era un erudito que leía a Aristóteles, Platón, Plotino, y a Padres de la Iglesia como Orígenes, San Agustín, Casiano, San Gregorio Magno, y San Bernardo. Tradujo opúsculos y no descuidó el derecho canónico ni la historia de la Iglesia. Sin embargo, su estudio siempre se orientaba a la perfección evangélica, recordando que la suprema filosofía de Cristo se encuentra en los Evangelios. Amar a Cristo implica observar su palabra, llenarse de Él en la memoria. La lectura del Evangelio es absolutamente necesaria para la perfección interior de la vida eremítica, así como los mejores comentarios y las epístolas de San Pablo.
Las Disciplinas Espirituales del Ermitaño: Oración, Estudio y Salmodia
La vida del eremita es un «negotiosissimum otium» (un ocio riquísimo), un descanso lleno de laboriosidad. Sus ocupaciones son el arrepentimiento de faltas pasadas, ordenar el presente y prever el porvenir, alejándose cada día de la ocasión de pecar y meditando en la muerte y las realidades divinas. Lo más sublime es alabar a Dios día y noche con salmos, cánticos e himnos, saliendo de este mundo para conversar con los ángeles y con Dios Creador.
La Divina Cantinela: La Salmodia
La vida espiritual se alimenta de la salmodia, es decir, el Oficio Divino o Liturgia de las Horas, donde los salmos tienen una importancia capital. Giustiniani enfatiza que en el coro, la función del monje es la de llorar sobre sí mismo y sobre el mundo, no la de proporcionar placer al mundo con el canto. Los eremitas, según la tradición, no cantan, sino que celebran la obra de Dios con una modulación de voz devota, alegre y viril, sin ser demasiado grave ni aguda. La función del eremita es llorar y hacer penitencia. La salmodia debe hacerse con calma, sin confusión ni precipitación, pronunciando de manera clara e inteligible, con una pausa en medio de cada versículo. En solemnidades y vigilias de invierno, se hará de modo más lento y grave. Alegrarse todos los días con la recitación de los salmos es una práctica tradicional del eremitismo y de toda la vida religiosa, que nunca debe convertirse en una carga.

El Bienaventurado Giustiniani elogiaba los salmos llamándolos «esas divinas cantinelas», repeticiones que deben ser estudiadas para apreciarlas. Recomendaba atender al sentido literal, lo que el «buen David» quiso decir al componerlos. David es visto como un gran filósofo que contempla en los salmos los misterios de Dios, las criaturas y las cualidades del alma. San Jerónimo describía la dulzura de la lectura de los salmos, donde alababa, glorificaba, llamaba, honraba, rogaba, agradecía, bendecía a su Creador, confesaba sus pecados e imploraba misericordia. En ellos se veía como en un espejo, comprendiendo la fragilidad de la vida y la nobleza del alma. Giustiniani afirmaba que los salmos tienen más encanto poético que los sonetos de Petrarca o las odas de Horacio, y que solo quien no los ha estudiado de cerca podría pensar lo contrario. Para él, los salmos eran sus sonetos y sus odas, aprendiéndolos de memoria para recitarlos en todo momento. El Salmo 118, en particular, contiene los misterios de Cristo y todo lo necesario para la perfección. El amor a los salmos es el signo de los verdaderos monjes, pues son las palabras más eficaces para mover el alma, confesar las faltas y pedir perdón a Dios.
La Oración sin Método
Las Constituciones de Giustiniani señalan al menos dos horas diarias de meditación, que es la Lectio Divina. Sin la ayuda divina, ni la lectura ni la meditación son provechosas; la oración es la tarea propia del eremita. Es tan imposible crecer en la vida espiritual sin oración como en la vida corporal sin alimento. La oración vigoriza el espíritu, que a su vez necesita lectura y meditación, y estas favorecen la oración; las tres actividades se entrelazan y se ayudan mutuamente. Giustiniani afirma que son eremitas solo de nombre quienes no se dedican a la lectura, meditación y oración cada día.
La lectura debe ser atenta, la meditación un esfuerzo de reflexión, un coloquio directo con Dios, quien la inspira, pues también en ese momento, el único maestro es el Señor. Ningún libro puede enseñar a hablar a Dios, solo el Espíritu Santo puede sugerir la manera de adorar y llorar las faltas. Cada uno ora de diverso modo. Se requiere una preparación seria: espíritu libre y en calma, dejando que la gracia actúe para llegar a la contemplación. Giustiniani declara que la oración no admite un método fijo, sino todos los modos de oración. A menudo, la oración es más auténtica y eficaz cuando no se pide nada. Cada salmo, cada versículo, puede ser una oración, incluso si no se pide nada específico a Dios. San Pablo sugiere cuatro maneras de orar, de las cuales solo una es «pedir». Dar gracias a Dios por un beneficio es, a menudo, más fructífero que pedírselo.
Para el Bienaventurado, la oración más grata a Dios es aquella en la que se reconoce la propia debilidad o Su misericordia, más que aquella en la que se implora ayuda. Cada uno debe buscar libremente el modo de orar al que se siente atraído, siguiendo al Espíritu Santo. La verdadera meditación es un estado en que el alma está «suspendida en Dios» sin ayuda de textos, emitiendo clamores y gemidos bajo el hálito del Espíritu Santo. Sería rebajar la oración a la lectura el indicar un orden o método; el procedimiento normal debe ser inverso: la lectura debe dar nacimiento a la oración. Giustiniani insiste en que la oración no admite método, sino un método de ascética previo. En lugar de buscar cómo comportarse en la oración, sería mejor buscar con qué ardor, pureza y contrición se debe orar. La verdadera manera de orar es la de no observar ningún sistema en particular, o, si se quiere, observarlos todos.
La propia experiencia de Giustiniani le dictaba que la verdad lo forzaba a hablar así. Sus actitudes en la oración se resumen en siete palabras: Adoro, Alabo, Confieso, Doy gracias, Invoco, Espero y Deseo. Estos son siete abismos donde el espíritu puede hundirse infinitamente, sugiriendo innumerables maneras de oración. Aunque el alma sienta placer en la oración, se entrega a ella con dificultad debido a la resistencia del cuerpo, que es materia dura y grosera. El placer de la oración toca al espíritu, la parte del alma más alejada del cuerpo. Es un placer no natural, sino sobrenatural, que requiere una moción divina. La dificultad de la oración se vence con la práctica asidua. Giustiniani concluye: «El que quiera orar fácilmente, que ore asiduamente. El que quiera gustar la dulzura de la oración, que adquiera la costumbre de hacerla y será colmado de alegría». Sin embargo, el placer no debe ser la finalidad de la oración, sino un medio para elevarse más a Dios y unirse estrechamente a Su amor.
La Ascética y el Despojamiento: Un Camino de Pobreza y Humildad
La vida eremítica, al tratarse de vivir Solo con Dios, exige un desprendimiento radical de todo lo que no es Él, para hallar la verdadera soledad del espíritu. La ascética invita a un despojo interior difícil, que debe ser salvaguardado por un esfuerzo constante. Lo más duro es dominar el espíritu, obligarlo a abandonar el mundo —afectiva y efectivamente—, dejar de preocuparse por familiares y amigos, por noticias; estar realmente separado del mundo como un «nuevo Melquisedek», sin padre ni madre, ni hermanos, ni patria, sin atarse a nada de este mundo, para vivir solo con Cristo.
El amor propio amenaza este desprendimiento interior. La vida del hombre es una lucha ardua e incesante entre la carne y el espíritu. Dormir, comer y beber poco o mucho presentan inconvenientes; se requiere una justa medida. La carne nunca cesará en su lucha contra el espíritu, y hay un combate aún más difícil: la lucha del espíritu contra sí mismo, cuando se convierte en su propio enemigo, engañándose con apariencias de virtud. Se necesita una ascética severa, controlada por la obediencia, ya que una vida más perfecta es una vía más exigente. El eremita está más obligado que el cenobita a buscar siempre lo mejor: «arctiora et perfectiora».

El comienzo de esta vida ascética implica privarse de todo placer, hasta que lo que parecía austero se vuelve llevadero y agradable. En la comida, se come lo necesario, pero se busca liberarse de la necesidad de comer. El sueño será corto, pero suficiente para la naturaleza. El vestido será humilde, tosco, usado, escaso, estrictamente lo necesario. Los cilicios, si se usan, serán con moderación y voluntariamente, pues la moderación es el «condimento de todas las virtudes». El trabajo manual, aunque no sea necesario para ganarse la vida, forma parte de la ascética, manteniendo el alma en la humildad. Las mejores oportunidades de mortificación son las que no se eligen ni se imponen artificialmente, como el frío, la lluvia o la humedad inevitables en ciertos yermos. Es necesario soportar con gusto la intemperie; si las celdas no están unidas a la Iglesia por corredores cubiertos, se ofrece el sacrificio de la lluvia por amor a Cristo, recordando que Él nació en invierno, fue envuelto en pañales míseros y crucificado desnudo en estación fría. La ascética eremítica no impone mortificaciones extraordinarias, sino que exige aceptar con alegría espiritual las que trae la vida cotidiana.
El despojamiento también se manifiesta en la pobreza. Las reglas no contienen la perfección en sí mismas, sino que son medios para alcanzar la perfección evangélica y apostólica. Esta consiste en amarse los unos a los otros y renunciar a todo para seguir a Cristo: obediente, casto y pobre. La vida en común ofrece la oportunidad de practicar la caridad fraterna y la pobreza, usando solo lo necesario y conformándose con lo más despreciable, desapegándose de todo para ser auténticamente eremítica. «Estar en el mundo como si no se estuviera, y usar las cosas como si no se usaran». La pobreza extrema es también simplicidad, la «eremitica puritas», que se alinea con la humildad del estado ermitaño. El eremitismo no tiene cabida en el gobierno del mundo o de la Iglesia; es la clase más humilde de la sociedad. Aceptar un cargo sería una infidelidad. El ermitaño no posee nada; la comunidad misma debe poseer poco. A los que deseaban ingresar, Giustiniani les decía: «Entre nosotros hallarás muchas debilidades, somos pecadores. Nuestra manera de vivir es la de penitentes. No te ocultamos lo que encierra muchas austeridades… pero todo se hace fácil en quien confía en Dios más que en sus propias fuerzas».
La Obediencia Perfecta: El Tesoro de la Vida Consagrada
El Bienaventurado Giustiniani dedicó un profundo tratado a la Obediencia Perfecta, considerándola la virtud que realiza al monje. Afirmó su primacía en la vida del eremita, siendo la «gran originalidad» de su doctrina el reintegrar en la vida eremítica la obediencia que caracteriza la vida cenobítica. Sin ella, el cenobita puede vivir en su monasterio como en una prisión, y el solitario se asemeja más a un salvaje que a un ermitaño cristiano. No son los claustros ni la soledad los que hacen a los monjes o ermitaños, ni siquiera el conjunto de las virtudes, sino la perfecta obediencia.
Giustiniani detalla los progresos de la obediencia en doce grados, que purifican y elevan al alma: El primer grado implica alejar toda demora en obedecer. En el segundo, se aprende a abandonar lo que se hacía, incluso si fuera necesario. El tercer grado enseña a dejar lo que se hacía sin terminar. El cuarto grado es no pensar más en lo que se hacía, renunciando a continuarlo ahora o más tarde si la obediencia lo impide. El quinto grado consiste en desear siempre tener que obedecer algo que dé la oportunidad de dejar lo que se hace. El sexto elimina toda duda o temor en las cosas duras, difíciles y peligrosas que se mandan. El séptimo grado evita toda demora o desánimo en la ejecución de lo mandado, especialmente si la orden es larga o fatigosa. El octavo libra de toda tibieza o frialdad que pueda introducirse al comienzo, durante o al final de la obediencia. Los grados noveno y décimo refrenan las murmuraciones exteriores e interiores. Hasta aquí, se eleva por encima de las imperfecciones que amenazan la obediencia, purificándola de todo lo que podría mancharla.
Sin embargo, la obediencia perfecta comienza en el undécimo grado, cuando se obedece con alegría espiritual. Finalmente, la obediencia llega a su duodécimo y último grado de perfección cuando se cumple con recta intención, absolutamente purificada de toda vanagloria, hipocresía o falsa emulación. Ya no se busca aparecer bueno ni ser elogiado, sino solamente ser grato a Jesucristo. Es el puro amor a Cristo el que hace que ya no se obedezca como servidores, sino como hijos de Dios.
La obediencia no es una disponibilidad pasiva, sino una acción positiva que se adelanta a las ocasiones de renunciamiento y las acepta antes de que se presenten. Cuando se da una orden, el monje obediente la cumple sin discutirla, sometiéndose «como una bestia de carga» que no se preocupa de averiguar qué carga le ponen o por qué camino la llevan. No basta el silencio exterior; es necesario el asentimiento interior. Debe someterse sin esfuerzo, sin quejas ni lamentaciones, con facilidad, docilidad y satisfacción. Solo entonces le será dulce. La obediencia total, según San Benito, nos hace agradables a Dios y a los hombres. Debe cumplirse con «gozo, júbilo, risa, con santo consentimiento». La alegría debe ser espiritual, no carnal, y aún mayor si lo mandado no es del gusto personal.
El tratado de la obediencia culmina con la contemplación de Jesucristo como el ejemplo supremo. Cristo, siendo Dios, se revistió de la forma de esclavo por obediencia, se dignó hacerse hijo del hombre y nacer de la Virgen María. En toda su vida nos dio el más claro ejemplo de obediencia, y al final clamó: «Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya». El que no se nutre de este alimento, que es hacer la voluntad del superior, no puede progresar ni perseverar en la vida religiosa, así como el cuerpo no puede crecer sin alimento. Aunque se tengan todas las virtudes y dones del Espíritu Santo, no se podrá crecer en perfección si falta el pan de la obediencia.
Preguntas Frecuentes (FAQ)
- ¿Qué significa que Jesucristo es el 'libro' para el eremita?
- Para Pablo Giustiniani, Jesucristo no es un autor de un libro físico, sino que Él mismo es la encarnación de toda la sabiduría divina, la doctrina completa y el ejemplo perfecto de vida. Los Evangelios son el registro de esta 'lectura' de Cristo.
- ¿Cuál es la diferencia entre la vida eremítica y la cenobítica?
- La vida cenobítica es comunitaria, donde los monjes viven juntos bajo una regla. La vida eremítica es solitaria, donde el ermitaño busca a Dios en la reclusión. Giustiniani las ve como complementarias, siendo la eremítica un camino de mayor perfección que a menudo se alcanza después de un periodo cenobítico.
- ¿Por qué la obediencia es tan importante para los ermitaños?
- Giustiniani la considera la virtud fundamental que 'reintegra' la vida eremítica, a menudo asociada con la independencia, dentro de la estructura de la Iglesia. Sin obediencia, la soledad puede llevar a la desviación. La obediencia perfecta es el camino para seguir a Cristo, quien fue obediente hasta la muerte.
- ¿Qué tipo de estudio se recomienda para los ermitaños?
- Principalmente el estudio de las Sagradas Escrituras, especialmente los Evangelios, y los Padres de la Iglesia. Se busca el conocimiento que alimenta la vida espiritual y la contemplación, evitando libros prohibidos o que desvíen del objetivo principal.
- ¿Cómo se concilia la 'inactividad' del eremita con la ayuda al prójimo?
- La 'inactividad' del ermitaño no es ociosa, sino una profunda actividad contemplativa. A través de su ejemplo de vida, su oración constante y su unión con Dios, el eremita se convierte en un faro de luz y en una fuente de gracia para toda la Iglesia y el mundo, ejerciendo la más perfecta misericordia espiritual.
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