¿Cuáles son los libros perdonados de Don Quijote?

Los Libros Salvados de Don Quijote: Un Tesoro de Placer

13/09/2023

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En el corazón de una de las obras cumbres de la literatura universal, Don Quijote de la Mancha, se esconde un episodio que ha intrigado a generaciones de lectores: la famosa quema de libros. Este acto, llevado a cabo por el cura y el barbero, sus amigos y censores, tenía como propósito sanar la locura del hidalgo, eliminando de su biblioteca aquellos volúmenes que consideraban responsables de sus disparatadas fantasías. Sin embargo, en medio de esta purga literaria, hubo unos pocos afortunados que se salvaron de las llamas, rescatados por criterios que, a primera vista, podrían parecer caprichosos, pero que en realidad revelan una profunda verdad sobre la naturaleza misma de la lectura. La pregunta es: ¿cuáles fueron esos libros perdonados y qué nos dice su salvación sobre nuestra relación con las palabras escritas?

Entre la pila de volúmenes condenados al fuego, uno de los libros que el cura rescata con especial fervor, calificándolo de “un tesoro de contento y una mina de pasatiempos”, es el Tirant lo Blanc de Joanot Martorell y Martí Joan de Galba. Este es el libro que explícitamente se menciona como salvado, un elogio que proviene del propio Cervantes y que resalta su valor intrínseco. El cura, dirigiéndose a su compadre el barbero, le insta: “Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho”.

¿Cuáles son los libros perdonados de Don Quijote?
Entre los pocos libros perdonados de la biblioteca de Don Quijote, el cura rescata el Tirant lo Blanc de Joanot Martorell y Martí Joan de Galba por ser "un tesoro de contento y una mina de pasatiempos".

El Tirant lo Blanc, en su concepción original, buscaba ser un remedio para la frágil memoria humana, un depósito de experiencias pasadas y un espejo de virtudes ancestrales. Sin embargo, los lectores de La Mancha, representados por el cura, lo valoraron por razones mucho más inmediatas y hedonistas: por el mero placer que ofrecía, por ser una fuente inagotable de pasatiempo y deleite. Este contraste entre la intención del autor y la recepción del lector subraya una verdad fundamental: el verdadero criterio para la supervivencia de un libro, a menudo, no reside en su nobleza didáctica o su profundidad filosófica, sino en la capacidad de generar goce.

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La misteriosa esencia del placer lector

Pero, ¿qué es este placer que tanto peso tiene en el juicio de un libro? ¿En qué consiste ese sentimiento inefable de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de dominio del mundo a través de un simple juego de palabras? Es un entendimiento que se adquiere casi por magia, de manera profunda e intraducible. Es esa chispa que nos impulsa a desechar sin misericordia ciertos volúmenes y a encumbrar a otros como clásicos de nuestra devoción. Si algo en un libro nos conmueve, nos ilumina, pero sobre todo nos deleita, su destino está sellado en nuestra memoria.

El poder implacable del lector

Como lectores, nuestro poder es inmenso, casi aterrador e inapelable. Ni las súplicas de los críticos más sesudos ni las lágrimas de generaciones de lectores que nos precedieron logran conmovernos. Implacables, a través de los siglos, juzgamos y volvemos a juzgar libros que ya se creían a salvo, condenando al olvido a aquellos que no resuenan con nuestro sentir. Por puras razones de gusto, en el vasto paraíso de la lectura, un autor como Cervantes puede desplazar a Martorell y Galba, a pesar de que el propio Cervantes elogiara a estos últimos. Nuestros abuelos pudieron adorar a Anatole France o Mazo de la Roche, pero si a nosotros no nos gustan, los relegamos al infierno literario. Por el contrario, autores como Melville, que en su tiempo fueron despreciados, o Kafka, cuyas obras vendían escasos ejemplares, hoy se sientan a la diestra de los grandes maestros, y una primera edición de La metamorfosis vale miles de euros.

Cuando intentamos justificar nuestros juicios, inventamos razones estéticas, culturales, filológicas, históricas, filosóficas o morales. Pero la verdad es que, a fin de cuentas, la mayoría de nuestros veredictos son refutables fuera del campo hedonista. El lema de todo verdadero lector es De gustibus non est disputandum: “De gustos no se discute”. O, como se dice en castellano, “sobre gustos no hay nada escrito”. El proverbio latino dice la verdad; la traducción castellana miente. Nuestro placer no admite argumentos; pero exige, en cambio, una infinidad de escritos. Al fin y al cabo, ¿qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos, catálogos de nuestros placeres?

La lectura como acto singular: Intimidad y comunión

El placer de la lectura es variado y múltiple. Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una historia unánime de lectura, sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera.

El placer de la intimidad solitaria

Para muchos, el placer de la lectura es uno de profunda intimidad. Ese espacio amoroso que un lector crea con su libro no admite otra presencia. Pensemos en el niño que lee bajo la manta a la luz de una linterna, desafiando la orden de dormir; el adolescente acurrucado en el sillón, para quien el único tiempo que transcurre es el de la historia que devora; o el adulto, aislado de sus congéneres en un atiborrado vagón de tren o en un bullicioso café. Todos ellos encuentran su deleite en un mundo creado solo para ellos. Proust, por ejemplo, volvía al comedor una vez que la familia había salido a pasear para hundirse en el libro que estaba leyendo, rodeado únicamente de objetos “muy respetuosos de la lectura”, que “hablan sin esperar respuesta y cuya jerga, a diferencia de la de los humanos, no trata de reemplazar el sentido de las palabras leídas con un sentido diferente”. Este encanto solo se rompía con la entrada de la cocinera, cuya simple pregunta bastaba para disolver la magia. El placer de la lectura solitaria no admite terceros.

El placer de la experiencia compartida

Sin embargo, hay lectores para quienes la experiencia compartida prolonga y profundiza el placer de la intimidad. Acabamos de leer un párrafo que nos encanta y, antes de cerrar el libro, queremos leérselo a otros, regalar a un amigo el nuevo placer descubierto, formar un pequeño círculo de admiradores de ese texto. Dar un libro a otro lector es decirle: “Este fue mi espejo; ojalá sea el tuyo”. Así es como creamos asociaciones de lectores que tienen algo de sociedades secretas, y es gracias a ellas que ciertos autores no han desaparecido de nuestras bibliotecas canónicas. Regalar libros para poder hablar de lo que nos gusta, para que nuestro placer tenga un eco, es una manifestación de esta necesidad de comunión. Como Hervé Guibert, que compró las Cartas a un joven poeta de Rilke para leerlas al mismo tiempo que su amigo en un viaje.

El placer de la inteligencia y la exploración

La lectura también nos ofrece el placer de la inteligencia. ¿Qué otro arte nos permite pensar con Pascal, razonar con Montaigne, meditar con Unamuno, o seguir los vericuetos de la mente de Enrique Vila-Matas o de W. G. Sebald? No se trata de dejarse convencer por argumentos ajenos, lo que algunos han llamado “terrorismo intelectual”, sino de ser invitados a un momento de reflexión, de convertirnos en testigos de la creación de una idea, como ocurre en los diálogos de Platón o en las novelas de Gombrowicz. Se trata de escuchar y pensar. El resultado puede o no ser compartido; poco importa, ya que el recorrido intelectual no prevé ni conclusión ni destino preciso. Cerramos ciertos libros y nos sentimos más inteligentes, un resultado que el autor nunca puede prever. “El arte alcanza una meta que no es la suya”, escribió Benjamin Constant. Lo mismo puede decirse de la lectura. El placer de la inteligencia significa al menos dos cosas: disfrutar del uso de la razón y disfrutar del reconocimiento del mundo. La lectura nos lleva a regiones insospechadas y nos hace ciudadanos de tales regiones.

Para un lector, todo libro es un museo del universo y, a veces, el universo mismo. Los lectores habitamos El Cairo de Naguib Mahfouz, las islas de Conrad, el Madrid de Galdós, pero también la luna de Wells y de Verne, los universos soñados por Lovecraft y Ursula K. Le Guin, el País de las Maravillas de Lewis Carroll. Existe un cuento, cuyo autor se ha perdido en la memoria, en el que un hombre leyendo las aventuras de otro que se pierde en el desierto muere de hambre y de sed en su cama, rodeado de comida y bebida. De forma más moderada, todo lector conoce el placer de habitar el mundo creado por otros, de ser su explorador y su cartógrafo. Un auténtico explorador goza de lo que encuentra, sea bueno o sea malo; un lector también.

Belleza en lo inesperado y lo “malo”

Que un libro nos parezca pésimo no significa que no nos pueda dar placer. Los grandes poetas nos deleitan; otros menos agraciados también son capaces de hacerlo. El naturalista inglés Charles Waterton se extasiaba ante los animales más feos de la creación, como el sapo de Bahía, una criatura repugnante que él cogía tiernamente en su mano y acariciaba con cariño, hablando emocionado de la profunda mirada y el espléndido brillo de sus ojos. Igual hacen los lectores con cierta mala literatura. Parafraseando a Wilde, se podría decir que hay que tener un corazón de piedra para no morirse de risa ante ciertas páginas de Azorín o de Ángeles Mastretta, o ante el verso del poeta mexicano Díaz Mirón: “Tetas vastas como frutos del más pródigo papayo”. Tales abominaciones pueden tener la marca de un genio.

Tom Stoppard escribió que para saber si un escritor es bueno o malo, hay que preguntarle a su madre. Más interesante, más entretenido, más placentero es descubrir si es un visionario, si es capaz de revelarnos en su obra esos pequeños secretos que misteriosamente dan sentido al universo, diciéndonos lo que no sabíamos que sabíamos. Por ejemplo, una frase al azar de la novela de Ana María Moix, Las virtudes peligrosas: “La experiencia, en contra de lo que la gente suele opinar, no es ninguna forma de sabiduría... La experiencia, créame, amigo, no es más que una forma de nostalgia”. Tales revelaciones resultan menos insólitas que verdaderas. El lector sabe que, en tales casos, el placer no resulta de la sorpresa, que es obra del azar, sino de la confirmación de algo que ya ha intuido vagamente. El lector acepta las sorpresas del texto como un preámbulo amoroso, pero luego busca un conocimiento más íntimo, más profundo del texto, una familiaridad que se extiende y se renueva con cada relectura. “Cuando diseño un jardín”, dice un personaje de Thomas Love Peacock, “distingo lo pintoresco y lo hermoso, y agrego una tercera calidad que llamo lo inesperado”. A lo que su interlocutor responde: “¿Ah, sí? Entonces, dígame, ¿qué nombre le da usted a esa calidad cuando alguien recorre el jardín por segunda vez?”.

La memoria como biblioteca personal

Tampoco debemos olvidar el placer de la memoria. Leer es recordar. No solamente esos “actos ocurridos hace mucho tiempo” sino también “los actos recientes de nuestros días”. No solamente la experiencia ajena contada por el autor, sino también la nuestra, inconfesada. Y no solamente las páginas del texto que vamos leyendo, memorizando las palabras a medida que adquirimos otras nuevas que olvidaremos en la página siguiente, sino también los textos leídos hace tiempo, desde la infancia, componiendo así una antología salvaje que va creciendo en nuestro recuerdo como la obra fragmentaria de un monstruoso autor único cuya voz es la de Andersen, la de San Agustín, la de Quevedo, la de Javier Cercas, la de Cortázar. Leer nos permite el placer de recordar lo que otros han recordado para nosotros, sus inimaginables lectores. La memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos. En ese sentido, no conocemos mayor ejemplo de la generosidad humana que una biblioteca.

Leer nos brinda el placer de una memoria común, una memoria que nos dice quiénes somos y con quiénes compartimos este mundo, una memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras. Leer (leer profunda, detenidamente) nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente. Antes de la invención del lenguaje, imaginamos que percibíamos el mundo como una multitud de sensaciones cuyas diferencias o límites apenas intuíamos, un mundo nebuloso y flotante cuyo recuerdo renace en el entresueño. Gracias a las palabras, gracias al texto hecho de palabras, esas sensaciones se resuelven en conocimiento, en reconocimiento. Somos quienes somos por una multitud de circunstancias, pero solo podemos reconocernos, ser conscientes de nosotros mismos, gracias a una página de Borges, de Jaime Gil de Biedma, de Virginia Woolf, o de un sinnúmero de autores anónimos. La “lombriz de la conciencia” denota la incisiva, constante, obsesiva búsqueda de nosotros mismos. La lectura añade a esta obsesión la consolación del placer.

Preguntas Frecuentes sobre la Purga de la Biblioteca de Don Quijote

¿Cuál fue el único libro explícitamente perdonado en la quema de libros de Don Quijote?
El único libro nombrado de forma explícita como perdonado por el cura fue el Tirant lo Blanc de Joanot Martorell y Martí Joan de Galba.
¿Por qué se salvó el Tirant lo Blanc de la hoguera?
Fue salvado porque el cura lo consideró “un tesoro de contento y una mina de pasatiempos”, destacando su capacidad de provocar deleite y entretenimiento en el lector.
¿Qué criterio principal utilizaron el cura y el barbero para salvar o condenar los libros?
Más allá de las razones morales o didácticas, el texto sugiere que el criterio principal fue el placer que el libro ofrecía al lector. Los libros que no gustaban, que eran percibidos como “revueltos, disparatados, arrogantes, duros, secos”, fueron condenados.
¿Se mencionan otros libros perdonados?
El texto solo nombra específicamente el Tirant lo Blanc como el libro perdonado entre “pocos”. La narrativa se centra en este ejemplo para ilustrar el punto sobre el placer de la lectura.
¿El juicio sobre la literatura es subjetivo?
Sí, el texto enfatiza fuertemente que el juicio del lector es subjetivo y se basa en el gusto y el placer personal, más allá de razones estéticas o culturales objetivas. “De gustibus non est disputandum” es el lema del verdadero lector.

Tabla Comparativa: Criterios en la Purga de Libros Quijotesca

Libros Condenados (Al Fuego)Libros Perdonados (Salvados)
Pecaban de revueltosUn tesoro de contento
Considerados disparatadosUna mina de pasatiempos
Juzgados como arrogantesProvocan deleite
Percibidos como duros y secosRemedio a la “flaca memoria”
No generaban placer en el lectorConsiderado un “espejo de valores antiguos”
Basados en el disgusto personal de los censoresBasados en el placer y la diversión del lector

El placer ha sido denigrado en nuestra época al entretenimiento superficial, a la distracción, a la facilidad, a la satisfacción egoísta. Confundimos información con conocimiento, terrorismo con política, juego con habilidad manual, valor con dinero, respeto mutuo con tolerancia altiva, equilibrio social con comodidad personal. Creemos que estar contentos (o creer que estamos contentos) es ser felices. Quienes están en el poder a menudo nos dicen que para sentir placer tenemos que olvidarnos del mundo, someternos a normas autoritarias, dejarnos subyugar por míseros paraísos, deshumanizarnos. Pero el auténtico placer, el que nos alimenta y nos anima, tiende a lo contrario: a tomar consciencia de que somos humanos, que existimos como pequeños signos de interrogación en el vasto texto del mundo. Quienes tenemos la fortuna de ser lectores sabemos que es así, puesto que la lectura es una de las formas más alegres, más generosas, más eficaces de ser conscientes.

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