15/03/2022
Desde la cumbre del monte de los Olivos, Jesús contemplaba Jerusalén. Era un cuadro de inmensa belleza y aparente paz, especialmente durante la Pascua, cuando multitudes de peregrinos llenaban sus calles y laderas. Los espléndidos muros de mármol del Templo, resplandecientes bajo los últimos rayos del sol poniente, brillaban con el oro de sus puertas y pináculos. Era la ciudad que se creía inexpugnable, la "hija de Sión" que en su orgullo pensaba: "¡Estoy sentada reina, y… nunca veré el duelo!". Sin embargo, en medio de la aclamación y el gozo de su entrada triunfal, el Redentor del mundo no pudo contener sus lágrimas. No lloraba por sí mismo, a pesar de conocer el camino hacia Getsemaní y el Calvario. Lloraba por el destino fatal de los millares de Jerusalén, por la ceguedad y la dureza de corazón de aquellos a quienes había venido a bendecir y salvar. Su lamento profético anunciaba un futuro devastador: "Porque vendrán días sobre ti, que tus enemigos te cercarán con baluarte, y te pondrán cerco, y de todas partes te pondrán en estrecho, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti; y no dejarán sobre ti piedra sobre piedra; por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación."
La historia de Israel, un pueblo elegido y favorecido por Dios durante más de mil años, se desplegaba ante los ojos de Jesús. Allí, en el monte Moriah, donde el hijo de la promesa fue atado como emblema del sacrificio del Hijo de Dios, se había confirmado el pacto de bendición. Allí habían ascendido las llamas de los sacrificios, símbolo de la mediación de Cristo. Jerusalén había sido honrada sobre toda la tierra, elegida por el Señor como su morada, donde los profetas habían proclamado sus mensajes y donde el Cordero de Dios sería anunciado. De haberse mantenido fiel, habría sido para siempre la elegida de Dios. No obstante, la historia de este pueblo tan privilegiado era un relato de apostasías y rebeliones, de resistencia a la gracia divina y desprecio de sus oportunidades.

A pesar de que "hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas", el Señor había persistido en su misericordia. Había enviado amonestaciones, reprensiones y súplicas, y finalmente, derramó "todo el cielo en ese solo Don": su propio Hijo. Cristo había cultivado a Israel como una viña, la había cercado y cuidado con esmero, preguntando: "¿Qué más se había de hacer a mi viña que yo no haya hecho en ella?". Durante tres años, el Señor de la luz y la gloria anduvo haciendo bienes, sanando a los oprimidos, dando vista a los ciegos y predicando el Evangelio a los pobres. A pesar de recibir mal por bien y odio por amor, su misión de paz y misericordia nunca flaqueó. Pero Israel se alejó de su mejor Amigo, despreció su amor y rechazó sus dulces consejos. La hora de esperanza y perdón transcurrió rápidamente. La copa de la ira de Dios, por tanto tiempo contenida, estaba a punto de desbordarse sobre un pueblo culpable que había menospreciado, escarnecido y en breve crucificaría a su Salvador. Con la crucifixión de Cristo, el día de Israel como nación favorecida terminaría, y Jesús, al mirar Jerusalén, veía la ruina de toda una ciudad y de todo un pueblo.
Los profetas anteriores habían lamentado la apostasía de Israel, pero la angustia de Jesús abarcaba siglos. Desde el monte de los Olivos, vio los muros de la ciudad circundados por tropas extranjeras, escuchó el estrépito de las legiones y los lamentos de madres e hijos por pan. Vio el Templo santo y hermoso, los palacios y las torres devorados por las llamas, dejando solo un montón de ruinas humeantes. Su mirada se extendió a través de los siglos, viendo al pueblo del pacto disperso por toda la tierra, sufriendo la retribución temporal y la copa de la ira en el juicio final. Sus palabras, "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que son enviados a ti! ¡cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina junta sus pollos debajo de las alas, y no quisiste!", revelaban su profundo dolor. La ciudad había rechazado no solo a los siervos y profetas, sino al Santo de Israel, su Redentor. Su destrucción sería culpa suya, por cuanto "no queréis venir a mí, para que tengáis vida."
Cristo vio en Jerusalén un símbolo del mundo endurecido en la incredulidad y rebelión, que corría presuroso a recibir el pago de la justicia de Dios. Este lamento del Señor por una raza caída subraya la inmensa culpabilidad del pecado y el costo que la salvación implica, incluso para el poder infinito. Jesús miró hasta la última generación, viendo al mundo envuelto en un engaño similar al que causó la destrucción de Jerusalén. El gran pecado de los judíos fue rechazar a Cristo; el gran pecado del mundo cristiano sería rechazar la ley de Dios, fundamento de su gobierno. Millones de almas, esclavas de Satanás y condenadas a la segunda muerte, se negarían a escuchar las palabras de verdad en el día de su visitación. ¡Qué terrible ceguedad e infatuación!
Dos días antes de la Pascua, Jesús se despidió del Templo por última vez. En el monte de los Olivos, sus discípulos le preguntaron: "¿Cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?". Aunque el futuro les fue velado misericordiosamente, Cristo les dio un bosquejo de los sucesos culminantes. Su profecía entrañaba un doble significado: la ruina de Jerusalén y los horrores del gran día final. Jesús advirtió sobre señales inequívocas: "Cuando viereis la abominación del asolamiento, que fué dicha por Daniel profeta, que estará en el lugar santo (el que lee, entienda), entonces los que están en Judea, huyan a los montes." Esto significaba que tan pronto como los estandartes del ejército romano idólatra fueran clavados en el suelo sagrado, los creyentes debían huir sin demora. La ciudad de Jerusalén, notablemente embellecida y fortificada por Herodes, parecía inexpugnable, pero Cristo había dicho: "El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán." Su ira se había declarado contra Jerusalén por sus pecados y su obstinada incredulidad hizo inevitable su condenación.
El profeta Miqueas había descrito la corrupción de Jerusalén, que edificaba "a Sión con sangre, y a Jerusalén con injusticia". Sus líderes juzgaban por cohecho, sus sacerdotes enseñaban por precio y sus profetas adivinaban por dinero, apoyándose falsamente en Jehová. La pureza de Cristo hacía resaltar su iniquidad, por lo que le aborrecieron y le condenaron, creyendo que su muerte era necesaria para la seguridad de la nación. Pensaron que sacrificando a Cristo, podrían ser un pueblo fuerte y unido. Así, "edificaron a Sión con sangre, y a Jerusalén con iniquidad", esperando que el Señor los librara de sus enemigos. Por ello, la profecía de Miqueas se cumpliría: "a causa de vosotros será Sión arada como campo, y Jerusalén será majanos, y el monte de la casa como cumbres de breñal."
Dios aplazó sus juicios sobre la ciudad y la nación por unos cuarenta años después del anuncio de Cristo, mostrando una admirable paciencia. Había muchos judíos que ignoraban el carácter y la obra de Cristo, y sus hijos no habían tenido las mismas oportunidades. A través de la predicación de los apóstoles, la luz brillaría sobre ellos para que vieran el cumplimiento de las profecías. La longanimidad divina no hizo sino confirmar a los judíos en su terca impenitencia. Al rechazar el último ofrecimiento de misericordia a través del odio y la crueldad hacia los discípulos de Jesús, Dios retiró su protección. Satanás y sus ángeles tomaron control, y la nación cayó bajo el dominio del caudillo que ella misma había elegido. Las pasiones más feroces y degradadas se despertaron. No había seguridad en ninguna parte; amigos y parientes se traicionaban, y padres e hijos se mataban mutuamente. Los judíos habían aceptado falsos testimonios para condenar al Hijo inocente de Dios, y ahora las acusaciones más falsas hacían inseguras sus propias vidas. Habían deseado: "¡Quitad de delante de nosotros al Santo de Israel!", y sus deseos se habían cumplido. Satanás estaba al frente de la nación, y las autoridades civiles y religiosas estaban bajo su dominio.
Los jefes de los bandos opuestos se unían para despojar y torturar, y luego peleaban entre sí, sin que la santidad del Templo pudiera refrenar su ferocidad. Los fieles eran degollados al pie de los altares, y el santuario era mancillado por los cadáveres. A pesar de todo, en su necia presunción, declaraban no temer la destrucción de Jerusalén, pues era la ciudad de Dios. Sobernaban a falsos profetas para proclamar salvación, incluso cuando las legiones romanas ya sitiaban el Templo. Pero Israel había despreciado la protección de Dios, y no había defensa alguna. Mientras la ciudad se desgarraba por contiendas intestinas y la sangre de sus hijos teñía sus calles, los ejércitos enemigos echaban abajo sus fortalezas y mataban a sus guerreros.
Todas las predicciones de Cristo sobre la destrucción de Jerusalén se cumplieron al pie de la letra, evidenciando la verdad de sus palabras: "Con la medida que medís, se os medirá." Muchas señales y maravillas precedieron el desastre: una luz extraña sobre el Templo, carros y hombres de guerra en las nubes, ruidos misteriosos y voces que gritaban "¡Salgamos de aquí!" en el santuario, la gran puerta del oriente abriéndose misteriosamente. Un hombre recorrió las calles de Jerusalén durante siete años, anunciando calamidades con su frenética endecha: "¡Ay de Jerusalén! ¡Ay, ay de sus moradores!". Su lamento solo cesó cuando encontró la muerte en el sitio que había predicho.
Es notable que ni un solo cristiano pereció en la destrucción de Jerusalén. Cristo había prevenido a sus discípulos: "Cuando viereis a Jerusalén cercada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado. Entonces los que estuvieren en Judea, huyan a los montes; y los que en medio de ella, váyanse." Después de que los soldados romanos, al mando de Cestio Galo, rodearon la ciudad, de pronto abandonaron el sitio inesperadamente, cuando todo parecía favorecer un asalto. Esta retirada, sin motivo aparente, fue la previsora misericordia de Dios. Era la señal para los cristianos que aguardaban el cumplimiento de las palabras de Jesús, una oportunidad para huir a un lugar seguro. Los sucesos se desarrollaron de modo que ni judíos ni romanos pudieron evitar la huida de los creyentes. Los cristianos esparcidos por el país pudieron escapar sin dificultad a la ciudad de Pella, en tierra de Perea, allende el Jordán.
Las calamidades que sufrió Jerusalén cuando el sitio se reanudó bajo el mando de Tito fueron espantosas. La ciudad fue sitiada durante la Pascua, con millones de judíos dentro de sus muros. Los depósitos de provisiones, que hubieran podido abastecer a la población por años, habían sido destruidos por las facciones en lucha, y pronto el hambre asoló la ciudad. Una medida de trigo se vendía por un talento. La gente roía cuero, sandalias y cubiertas de escudos. Muchos morían de hambre y pestilencia; los afectos naturales desaparecieron, padres e hijos se arrebataban la comida. La profecía de Deuteronomio 28:56, 57 se cumplió horriblemente: "Las misericordiosas manos de las mujeres cuecen a sus mismos hijos! ¡éstos les sirven de comida en el quebranto de la hija de mi pueblo!".
Los jefes romanos intentaron aterrorizar a los judíos para que se rindieran. Cientos eran crucificados diariamente frente a los muros de la ciudad, llenando el valle de Josafat y el Calvario con cruces. Así fue castigada la temeraria imprecación del pueblo ante Pilato: "¡Recaiga su sangre sobre nosotros, y sobre nuestros hijos!". Tito, horrorizado por la matanza, deseaba salvar Jerusalén y el Templo. Dio órdenes de no tocar una sola de sus piedras y exhortó a los jefes judíos a no obligarle a profanar el lugar sagrado. Josefo les rogó que se entregaran, pero respondieron con maldiciones y dardos. Los judíos habían rechazado las súplicas del Hijo de Dios, y ahora cualquier otra instancia solo los inducía a resistir hasta el fin. Los esfuerzos de Tito para salvar el Templo fueron vanos; uno mayor que él había declarado que no quedaría piedra sobre piedra que no fuese derribada.
La ciega obstinación de los líderes judíos y los crímenes perpetrados dentro de la ciudad sitiada excitaron la indignación romana. Tito dispuso tomar el Templo por asalto, con la intención de evitar su destrucción. Pero sus órdenes no fueron obedecidas. Durante una salida judía, un soldado romano arrojó un leño encendido en el pórtico, y el edificio sagrado ardió. Tito acudió apresuradamente, ordenando apagar las llamas, pero los soldados, furiosos y codiciosos por el oro que revestía el Templo, arrojaron más teas. Un soldado, sin ser visto, arrojó una tea encendida entre los goznes de la puerta y en breves instantes todo el edificio fue presa de las llamas. La sangre corría como agua por las gradas. Miles de judíos perecieron, y se oían gritos de "¡Ichabod!" (la gloria se alejó). El espectáculo era espantoso: la cumbre del monte ardía como un volcán, los edificios caían en medio de un estrépito tremendo. El tumulto de las legiones romanas y los agudos lamentos de los judíos moribundos se mezclaban con el chisporroteo del incendio. Dentro de los muros, la carnicería era aún más horrible; hombres y mujeres, jóvenes y viejos, soldados y sacerdotes, todos eran degollados. El número de asesinados superó al de los asesinos.
Destruido el Templo, la ciudad entera no tardó en caer. Tito encontró las torres que los judíos consideraban inexpugnables vacías y declaró que Dios mismo las había entregado en sus manos. La ciudad y el Templo fueron arrasados hasta sus cimientos; el solar del santuario fue arado "como campo". Más de un millón de judíos perecieron, y los sobrevivientes fueron llevados cautivos, vendidos como esclavos, o esparcidos por toda la tierra. Los judíos habían forjado sus propias cadenas, colmando la copa de la venganza. En su destrucción absoluta y en las desgracias de su dispersión, cosecharon lo que habían sembrado. "Es tu destrucción, oh Israel, el que estás contra mí;... porque has caído por tu iniquidad!" Su rechazo del amor y la misericordia de Dios les hizo perder su protección, permitiendo a Satanás regirlos. Las crueldades de Jerusalén demuestran el poder con que Satanás se ensaña sobre quienes ceden a su influencia.

No podemos saber cuánto debemos a Cristo por la paz y protección que disfrutamos. Es el poder restrictivo de Dios el que impide que el hombre caiga bajo el dominio de Satanás. Cuando el hombre traspasa los límites de la paciencia divina, pierde esa protección. Dios no es un verdugo, sino que abandona a su suerte a quienes rechazan su misericordia, para que recojan los frutos de lo que sembraron. Todo rayo de luz despreciado, toda admonición desoída, toda pasión malsana abrigada y toda transgresión de la ley de Dios, son semillas que darán su cosecha. La destrucción de Jerusalén es una advertencia terrible y solemne para quienes menosprecian la gracia divina y resisten sus instancias.
La profecía del Salvador sobre Jerusalén tendrá otro cumplimiento; su desolación fue un pálido reflejo de lo que será el segundo. Lo acaecido a la ciudad escogida anuncia la condenación de un mundo que rechazó la misericordia de Dios y pisoteó su ley. Horrendas han sido las consecuencias de rechazar la autoridad del Cielo, pero una escena aún más sombría nos anuncian las revelaciones futuras. Cuando el Espíritu de Dios se aparte de los impíos y los deje abandonados a sus fieras pasiones y a merced de la saña satánica, el mundo verá como nunca los resultados del gobierno de Satanás. Pero en aquel día, como sucedió en Jerusalén, el pueblo de Dios será librado, salvándose "todos aquellos cuyo nombre esté inscrito para la vida." Nuestro Señor Jesucristo anunció su segunda venida para llevarse a los suyos, cuando "lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del hombre que vendrá sobre las nubes del cielo, con grande poder y gloria." Los impíos, que no obedecieron el Evangelio, perecerán víctimas de su iniquidad, pues la manifestación de la gloria del Señor será para ellos un fuego consumidor.
Los hombres deben guardarse de no menospreciar el aviso de Cristo sobre su segunda venida. Así como anunció la destrucción de Jerusalén y dio señales de su cercanía, también previno al mundo del día de la destrucción final, dándonos señales de su proximidad para que todos puedan huir de la ira venidera. "Y habrá señales en el sol, y en la luna, y en las estrellas; y sobre la tierra angustia de naciones." "Cuando viereis todas estas cosas, sabed que está cercano, a las puertas." "Velad pues", es la advertencia del Señor. Quienes le presten atención no serán sorprendidos. El mundo no está hoy más dispuesto a creer el mensaje para este tiempo de lo que estaba en los días de los judíos para recibir el aviso del Salvador. El día de Dios caerá repentinamente sobre los impíos desprevenidos, en medio del curso rutinario de la vida, cuando los hombres estén absortos en placeres y negocios, y los guías religiosos ensalcen el progreso. Entonces, como ladrón que a medianoche penetra en una morada sin custodia, así caerá la inesperada destrucción sobre los desprevenidos, "y no escaparán."
Comparación entre el Primer y Segundo Templo de Jerusalén
| Característica | Primer Templo (Salomón) | Segundo Templo (Herodes) |
|---|---|---|
| Época de Construcción | Máxima prosperidad de Israel | Después del cautiverio babilónico, por un pueblo asolado |
| Magnificencia | El edificio más soberbio del mundo | Inferior en magnificencia visible al primero |
| Presencia Divina Visible | Cubierto por nube de gloria, fuego descendió del cielo, manifestación divina entre querubines, arca del testimonio, propiciatorio, tablas de la ley, voz del cielo. | No fue cubierto por nube de gloria ni fuego del cielo. No tenía arca, propiciatorio ni tablas de la ley. |
| Cumplimiento de Profecía (Hageo) | Gloria anterior | Su gloria fue mayor por la presencia de Cristo, el "Deseado de todas las naciones". |
| Destino Final | Destruido por Nabucodonosor | Destruido por los romanos (Tito), cumpliendo la profecía de Jesús. |
Preguntas Frecuentes sobre la Profecía de Jerusalén
¿Por qué lloró Jesús sobre Jerusalén?
Jesús lloró sobre Jerusalén no por sí mismo, sino por el inminente destino trágico de la ciudad y su pueblo. Lloraba por la ceguedad y la dureza de corazón de aquellos a quienes había venido a bendecir y salvar, pues habían rechazado la misericordia y el amor divino.
¿Cuál fue la profecía de Jesús sobre el Templo?
Jesús profetizó que del Templo de Jerusalén no quedaría "piedra sobre piedra, que no sea destruída". Esta profecía se cumplió literalmente con la devastación romana.
¿Cómo se cumplió la profecía de "no dejar piedra sobre piedra"?
La profecía se cumplió durante el asedio romano bajo el mando de Tito en el año 70 d.C. A pesar de los esfuerzos de Tito por preservar el Templo, un soldado romano prendió fuego al edificio, y la ciudad entera fue arrasada hasta sus cimientos, con sus piedras desmanteladas en busca del oro fundido.
¿Qué señales precedieron la destrucción de Jerusalén?
Antes de la destrucción, aparecieron varias señales y maravillas, como una luz extraña sobre el Templo, visiones de carros y hombres de guerra en las nubes, ruidos misteriosos, la gran puerta del oriente del Templo abriéndose por sí sola a medianoche, y un hombre que durante siete años estuvo anunciando calamidades en las calles.
¿Cómo escaparon los cristianos de Jerusalén?
Los cristianos escaparon gracias a la advertencia de Jesús. Cuando el ejército romano, bajo Cestio Galo, rodeó la ciudad y luego se retiró inesperadamente, los creyentes reconocieron esta como la señal para huir. Aprovecharon la oportunidad para salir de la ciudad y se dirigieron a Pella, una ciudad en Perea, más allá del Jordán, salvando así sus vidas.
¿Qué lecciones podemos aprender de la caída de Jerusalén?
La caída de Jerusalén es una poderosa advertencia sobre las consecuencias de la incredulidad y el rechazo de la gracia divina. Demuestra que la paciencia de Dios tiene límites y que quienes menosprecian sus dones y resisten su misericordia finalmente cosecharán lo que siembran. También resalta la importancia de estar atentos a las profecías y señales divinas.
¿La profecía tiene un segundo cumplimiento?
Sí, la profecía de Jesús sobre la destrucción de Jerusalén tiene un doble significado. Al tiempo que anunciaba la ruina de la ciudad, también presagiaba los horrores del gran día final, cuando el Espíritu de Dios se aparte del todo de los impíos. Es una advertencia sobre el destino de un mundo que rechaza la misericordia de Dios y pisotea su ley, y anuncia la segunda venida de Cristo para la salvación de su pueblo fiel.
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