¿Dónde está el pasaje de Matheu?

Pasaje Matheu: El Lujo Olvidado de Madrid

05/05/2026

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A escasos metros de la bulliciosa Puerta del Sol, donde el pulso de Madrid late con mayor intensidad, existe una pequeña calle peatonal que, a menudo, pasa desapercibida. Sus modernos bares y animadas terrazas ocultan un secreto, una historia de esplendor y olvido que se remonta al siglo XIX. Este rincón, hoy modesto, albergó en su día una de las galerías comerciales más importantes y lujosas de la capital española: el Pasaje Matheu. Cubierto por una innovadora bóveda de cristal y concebido como un templo del comercio y el buen gusto, este pasaje fue un referente de la modernidad madrileña, un lugar donde la élite se reunía y la moda europea hacía su primera aparición en España. Sin embargo, con el paso del tiempo, el Pasaje Matheu se desvaneció de la memoria colectiva, convirtiéndose en un verdadero desconocido para la mayoría de los madrileños. Es hora de desenterrar la fascinante historia de este emblemático pasaje de Madrid que quedó relegado al olvido.

¿Quién es Marc Mateu Sanjuán?
Marc Mateu Sanjuán (Càrcer, provincia de Valencia, España, 16 de junio de 1990) es un futbolista español que juega de centrocampista en el C. D. Eldense de la Segunda División de España.

Para entender la magnitud y el significado del Pasaje Matheu, es fundamental situarlo en su contexto histórico y geográfico. Su ubicación actual, entre las calles Espoz y Mina y Victoria, a un tiro de piedra de la Puerta del Sol, es clave para comprender su relevancia pasada. Pero, antes de que el lujo y el comercio se apoderaran de este espacio, el terreno tenía una vocación completamente diferente, anclada en la espiritualidad y la vida conventual de la ciudad.

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El Corazón de Madrid: Ubicación y Orígenes

El emplazamiento del Pasaje Matheu no es casual. Antes de su construcción, el solar que hoy ocupa esta discreta vía peatonal era el hogar del desaparecido Convento de Nuestra Señora de la Victoria. Este convento, una pieza más en el entramado religioso de la capital, no era quizás el más ostentoso o célebre de Madrid, pero cumplía una función vital para la vida cotidiana de sus habitantes. Contaba, por ejemplo, con una huerta que proveía de productos frescos y, lo que es aún más recordado, una famosa tahona. Esta tahona era la encargada de abastecer de pan recién horneado a toda la zona circundante, un bien de primera necesidad que llegaba a los hogares madrileños con la calidez y el aroma de lo artesanal.

El convento de Nuestra Señora de la Victoria había permanecido en este lugar desde que Madrid fue proclamada capital de España en el siglo XVI, siendo testigo silencioso de la evolución de la ciudad. Aunque no figuraba entre los más renombrados de la capital, albergaba en su interior una imagen de gran devoción popular: la Virgen de la Soledad. Esta figura mariana era profundamente venerada por los madrileños de la época, atrayendo a fieles y peregrinos que buscaban consuelo y esperanza en sus plegarias. La presencia de esta imagen dotaba al convento de un valor espiritual y social incalculable, convirtiéndolo en un punto de referencia para la comunidad religiosa de Madrid.

Sin embargo, el destino del convento, y con él el de muchos otros bienes eclesiásticos, dio un giro radical a mediados del siglo XIX. La Desamortización de Mendizábal, un conjunto de leyes promulgadas en 1836, marcó un antes y un después en la historia de España. Estas leyes permitieron que los vastos bienes de la Iglesia, acumulados durante siglos, fueran puestos a la venta pública. El objetivo era doble: sanear las arcas del Estado y crear una nueva clase de propietarios. Entre los muchos bienes desamortizados, el convento de Nuestra Señora de la Victoria, con su extenso solar y su estratégica ubicación, se convirtió en una oportunidad de oro para aquellos con visión de futuro e inversión.

Manuel Matheu Rodríguez: Un Visionario Catalán

En este escenario de cambio y oportunidades, emerge la figura de Manuel Matheu Rodríguez. Este empresario catalán, con un agudo olfato para los negocios y una clara visión de futuro, decidió invertir en el floreciente mercado inmobiliario de Madrid. Tras la Desamortización, Matheu vio el inmenso potencial del solar que había ocupado el antiguo convento. No era solo una parcela de tierra; era un lienzo en blanco en el corazón de la capital, esperando ser transformado.

A Matheu se le ocurrió una idea audaz y revolucionaria para su tiempo: construir en ese lugar un lujoso bulevar, una galería comercial que emulara la sofisticación y el esplendor de los pasajes que ya triunfaban en París, la capital de la moda y la elegancia europea. Su visión era traer a Madrid un trozo de esa opulencia parisina, un espacio cubierto donde la alta sociedad pudiera pasear, socializar y hacer sus compras al margen de las inclemencias del tiempo y el bullicio de las calles. Las obras para hacer realidad este ambicioso proyecto fueron extraordinariamente rápidas para la época, durando tan solo cuatro años, lo que da cuenta del ímpetu y la determinación de Matheu y de la mano de obra disponible en aquel entonces.

Un Oasis de Lujo y Novedad: La Inauguración del Pasaje

La culminación de este esfuerzo se materializó en una joya arquitectónica y comercial que fue bautizada, en honor a su ideólogo, como Pasaje de Matheu. Su inauguración tuvo lugar un día memorable, el 18 de febrero de 1847, hace justo 177 años. Este evento marcó un hito en la vida social y comercial de Madrid, presentando un concepto de espacio público y de consumo que era completamente novedoso para la ciudad.

El Pasaje de Matheu no escatimaba en detalles. Su diseño estaba pensado para impresionar y satisfacer los gustos más exigentes de la burguesía y la aristocracia madrileña. En su interior, albergaba una cuidada selección de tiendas, ofreciendo desde ropa de señora hasta moda de caballero. Pero lo que realmente distinguía al Pasaje era el compromiso de Manuel Matheu de traer lo último de las tendencias internacionales. Era el propio empresario el encargado de importar a España la moda extranjera, anticipándose a lo que hoy conocemos como tendencias globales y estableciendo un precedente en el comercio de lujo en Madrid.

Lo más asombroso y pionero de toda esta construcción era su cubierta. El Pasaje estaba coronado por un espectacular techo de cristal con una elegante forma elíptica, que se elevaba a tres metros de altura. Esta característica lo convertía en una obra de ingeniería y diseño sin precedentes en España. Hasta ese momento, no existía otra galería comercial en todo el país que pudiera presumir de semejantes características, lo que lo situaba a la vanguardia de la arquitectura y el urbanismo de la época. La luz natural que se filtraba a través del cristal creaba una atmósfera luminosa y exclusiva, realzando la belleza de los escaparates y el glamour de los paseantes.

Además de su innovadora cubierta, la entrada del Pasaje estaba adornada con una profusión de esculturas alegóricas. Estas obras de arte no eran meros elementos decorativos; simbolizaban los valores que el Pasaje representaba: el comercio, la riqueza y la elegancia. Eran un manifiesto visual de la prosperidad y el buen gusto que se respiraba en el interior. Las grandes fortunas de Madrid, la élite social y económica, adoptaron el Pasaje de Matheu como su lugar predilecto para pasear, exhibirse y, por supuesto, adquirir sus caprichos y las últimas novedades de la moda.

Pioneros del Ocio: Las Primeras Terrazas de Madrid

El Pasaje Matheu era, sin duda, único en el país por su concepción arquitectónica y su oferta comercial. Pero su espíritu pionero no se limitó a su construcción; también fue el escenario de una innovación social que hoy consideramos intrínseca a la cultura madrileña: la instalación de los primeros bares con terraza. Parece que tomar algo al aire libre es una tradición tan arraigada en Madrid como el cocido o los callos, algo que siempre ha existido. Sin embargo, esta costumbre, importada de Francia, no fue recibida con los brazos abiertos por todos en sus inicios.

Cuando los bares comenzaron a colocar mesas y sillas en las puertas de sus establecimientos, siguiendo la moda parisina, la reacción de los madrileños de la época fue, cuanto menos, de extrañeza y, a menudo, de burla. “¡Cómo serán por dentro para que no quepan ni unas mesas!” exclamaban al pasar junto a estos innovadores locales. La idea de consumir en la calle chocaba con las costumbres de la época, donde el ocio se desarrollaba en espacios interiores, más resguardados y formales. A pesar de las reticencias iniciales, el tiempo demostró el acierto de esta iniciativa. Hoy, todos anhelamos la llegada del buen tiempo para poder disfrutar de unas cervezas o un café sentados bajo el sol en una terraza. El Pasaje Matheu, con su visión de futuro, fue el lugar donde se sembró la semilla de esta arraigada tradición madrileña.

Cafés con Historia y Rivalidad: París vs. Francia

El siglo XIX fue la época dorada de los grandes cafés madrileños, auténticos centros de la vida social, cultural y política de la ciudad. Los cafés parisinos, con su ambiente refinado y sus tertulias intelectuales, llegaron a Madrid con una fuerza arrolladora, y el Pasaje Matheu se convirtió en el epicentro de esta influencia. Se transformó en un punto de encuentro predilecto para la numerosa comunidad francesa que residía en la capital, quienes buscaban un pedazo de su patria en el corazón de España. A diferencia de las bulliciosas y a menudo ruidosas cafeterías españolas de la época, estos finos cafés parisinos se caracterizaban por su exquisita elegancia y su ambiente más sosegado. Se decía, con cierta exageración, que “hasta los cubiletes de los dados eran de cuero para que no hicieran ruido”, una anécdota que ilustra el contraste en la atmósfera.

Dentro del Pasaje de Matheu, dos de los cafés más famosos y con más solera se alzaban a pocos metros de distancia: el Café París y el Café Francia. A pesar de su proximidad física, entre ambos existía una profunda y notoria rivalidad, que trascendía lo meramente comercial para adentrarse en el terreno de las ideologías políticas. El Café de París era el lugar de reunión habitual de los franceses con una marcada ideología conservadora y monárquica, fieles a la tradición y al orden establecido. Por otra parte, al Café de Francia acudían los galos de pensamiento republicano y con ideas progresistas, defensores de la libertad y el cambio social. El enfrentamiento, por tanto, no era solo por clientela, sino por principios, y estaba servido en cada tertulia, en cada discusión y en cada mirada cruzada.

Una de las anécdotas más célebres relacionadas con estos cafés franceses se remonta al 14 de julio de 1915, día de la Fiesta Nacional de Francia. En aquella época, el mundo estaba inmerso en la Primera Guerra Mundial. España, aunque no participaba directamente en el conflicto, mantenía una posición de neutralidad oficial que, en la práctica, distaba de ser imparcial en el sentir popular. Por este motivo, la manifestación pública de fervor patriótico francés no fue bien vista por las autoridades. Como el Pasaje Matheu era el punto de encuentro por excelencia de toda la colonia gala en Madrid, allí se citaron todos aquel 14 de julio para celebrar su día. Cuando comenzaron a entonar La Marsellesa, su himno nacional, la reacción no se hizo esperar: apareció la policía y disolvió la reunión de muy mala manera, un incidente que reflejaba las tensiones internacionales y la delicada posición de España.

El Ocaso de una Era: El Fin del Pasaje y Otras Galerías

Este incidente en el Pasaje Matheu, aunque anecdótico, simbolizó de alguna manera el principio del fin para esta emblemática galería comercial. Hacia los años 20 del siglo XX, el Pasaje comenzó su inexorable declive hasta que, finalmente, terminó por cerrar sus puertas. Años antes, incluso, ya había perdido su famoso y distintivo techo de cristal, un elemento que lo hacía único y que, al desaparecer, le arrebató parte de su encanto y funcionalidad. Las razones de su ocaso fueron múltiples: los cambios en los hábitos de consumo, la emergencia de nuevos formatos comerciales y, quizás, el desgaste propio de una estructura que, aunque pionera, no supo adaptarse a los nuevos tiempos.

Aunque el Pasaje Matheu fue uno de los primeros y más destacados, la galería del empresario catalán no fue la única de su tipo en Madrid. A lo largo de todo el siglo XIX, estas calles comerciales cubiertas, inspiradas en el modelo parisino, se hicieron muy famosas en la capital, respondiendo a una necesidad de espacios resguardados y elegantes para el comercio y el ocio. Eran una forma de modernizar la ciudad y ofrecer una experiencia de compra y paseo más sofisticada.

Otra de las más famosas fue el Pasaje de Murga, situado en la calle Montera, que se convirtió en un referente similar. Fue el tercero en ser construido en la capital, junto al Pasaje Matheu y el Pasaje Iris (este último ya desaparecido). La existencia de varios de estos pasajes demuestra el éxito y la aceptación que tuvieron en su momento. Otros ejemplos de la proliferación de este tipo de establecimientos en el Madrid decimonónico incluyen la Gran Galería, muy cerca de la actual Gran Vía, o el Pasaje de los Relojeros en la calle Carretas. Todos ellos representaban una forma de huir del bullicio y la suciedad de las céntricas calles de Madrid, ofreciendo un refugio de elegancia y distinción.

La llegada de los modernos centros comerciales en el siglo XX, con su mayor escala, variedad y capacidad de adaptación, dejó anticuados a estos encantadores pasajes. Muchos de ellos desaparecieron o se transformaron radicalmente, perdiendo su función original y su esplendor. Sin embargo, para aquellos que hoy se aventuran a explorar estos vestigios del pasado, entrar en lo que queda del Pasaje Matheu, o en otros como el de Murga, es hacer un viaje en el tiempo, es huir del ruidoso presente de las calles madrileñas y descubrir un lugar donde parece que la historia se ha detenido, conservando un eco de su antigua gloria.

Preguntas Frecuentes sobre el Pasaje Matheu

Para aquellos que desean conocer más a fondo la historia de este rincón olvidado de Madrid, hemos recopilado algunas de las preguntas más comunes:

  • ¿Dónde se encuentra actualmente el Pasaje Matheu?

    El Pasaje Matheu se encuentra ubicado en el centro de Madrid, específicamente entre las calles Espoz y Mina y Victoria, a muy pocos metros de la Puerta del Sol. Aunque ha perdido su estructura original de galería cubierta y su función comercial de antaño, la calle peatonal sigue existiendo y conserva el nombre del histórico pasaje.

  • ¿Qué era el Pasaje Matheu en sus inicios?

    En sus inicios, el Pasaje Matheu fue una lujosa galería comercial cubierta, inaugurada en 1847. Se inspiró en los pasajes parisinos y fue pionero en España por su innovadora cubierta de cristal y su oferta de tiendas de alta costura y artículos de lujo, importando las últimas tendencias de moda europea a Madrid.

  • ¿Por qué era famoso el Pasaje Matheu?

    Era famoso por ser un centro de lujo y moda, un punto de encuentro de la alta sociedad madrileña y la comunidad francesa. Fue pionero en la instalación de las primeras terrazas de bares en Madrid y albergó cafés emblemáticos como el Café París y el Café Francia, conocidos por sus tertulias y rivalidades políticas.

  • ¿Qué convento se encontraba antes en su lugar?

    Antes de la construcción del Pasaje Matheu, el solar estaba ocupado por el Convento de Nuestra Señora de la Victoria, que fue desamortizado en 1836. Este convento era conocido por su huerta y, especialmente, por su tahona que abastecía de pan a la zona, además de albergar la venerada imagen de la Virgen de la Soledad.

  • ¿Qué le ocurrió al Pasaje Matheu y por qué cerró?

    El Pasaje Matheu comenzó su declive en los años 20 del siglo XX y finalmente cerró. Las razones incluyen la pérdida de su techo de cristal, los cambios en los hábitos de consumo, la aparición de nuevos formatos comerciales como los grandes almacenes, y la incapacidad de adaptarse a las nuevas dinámicas de la ciudad, lo que llevó a su olvido progresivo.

  • ¿Existen otras galerías comerciales similares en Madrid?

    Sí, el Pasaje Matheu no fue el único. Durante el siglo XIX, Madrid vio la construcción de otras galerías comerciales al estilo parisino. Ejemplos notables incluyen el Pasaje de Murga en la calle Montera, el desaparecido Pasaje Iris, la Gran Galería (cerca de Gran Vía) y el Pasaje de los Relojeros en la calle Carretas. Estas galerías eran una característica distintiva del comercio y la vida social decimonónica en la capital.

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