27/01/2023
Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha anhelado una liberación, una transformación que la eleve por encima de sus limitaciones y sufrimientos. Este anhelo se encarna en el concepto de redención, una palabra que resuena con promesas de rescate, purificación y un nuevo comienzo. Sin embargo, ¿qué implica realmente esta redención? ¿Es solo el perdón de los pecados, o abarca un proceso mucho más profundo que transforma la esencia misma de nuestro ser? Este artículo desvelará el vasto y misericordioso plan divino de redención, explorando su origen, la relevancia de sacramentos como la Confirmación, y la crucial diferencia entre el perdón superficial y el verdadero arrepentimiento que nos prepara para la plenitud espiritual.

- La Redención como el Gran Plan Divino
- El Sacramento de la Confirmación: Fortaleciendo al Soldado de Cristo
- La Verdadera Obra de la Redención: Más Allá del Perdón
- El Camino Hacia el Verdadero Arrepentimiento: El Juicio de Dios en los Últimos Días
- Preguntas Frecuentes sobre la Redención
- ¿Es la Confirmación un sacramento opcional?
- ¿Puede una persona ser "redimida" sin pasar por la Confirmación?
- ¿Qué diferencia hay entre el perdón de pecados y la verdadera redención?
- ¿Cómo puedo saber si mis actitudes corruptas están siendo purificadas?
- ¿Qué significa "la redención del autor" en un contexto más amplio?
- Conclusión
La Redención como el Gran Plan Divino
La historia de la redención no comienza con la caída del hombre, sino mucho antes, en la majestuosidad del cielo mismo. El origen del pecado se remonta a Lucifer, un ángel de luz creado en perfección, quien permitió que la envidia y el deseo de ser igual a Dios, de ocupar el lugar de Cristo, corrompieran su corazón. Convocó a otros ángeles, sembrando la disensión y la deslealtad. A pesar de los esfuerzos de los ángeles leales por convencerlo de renunciar a su propósito y adorar al único Dios, Lucifer se mantuvo firme en su rebelión. Dios, en su infinita paciencia, les dio la oportunidad de elegir, pero el enfrentamiento era inevitable. Hubo una guerra en el cielo, y la justicia divina prevaleció: Satanás y sus seguidores fueron expulsados para siempre de la presencia de Dios.
Tras este sombrío evento, Dios consultó con su Hijo amado y juntos decidieron crear al hombre, no solo para poblar la tierra, sino para ponerlo a prueba, con la promesa de que, con el tiempo, podrían ser semejantes a los ángeles. Así fue como Dios creó el mundo y, con un amor inigualable, al hombre y la mujer a su imagen. Sin embargo, Satanás, aunque temeroso de su futuro y consciente de su imposibilidad de regresar al cielo, vio una nueva oportunidad para desafiar a Dios. Su objetivo era hacer caer a la humanidad, unirse a ella para formar un ejército contra el Creador.
La tragedia se cernió sobre el Edén. Eva, seducida por la promesa de ser igual a Dios y de obtener más sabiduría, cayó en la tentación. Se convirtió, sin saberlo, en un instrumento del mal para tentar a Adán. Él, por un amor terrenal y una duda fatal hacia Dios, prefirió echar su suerte con su mujer, traicionando la confianza divina. A pesar de las advertencias explícitas de Dios, Adán y Eva cayeron en la trampa de Satanás. Sin embargo, incluso en su desobediencia, el amor de Dios los buscó. Les mostró las consecuencias de su pecado, pero también les habló de su amor inagotable. En ese momento, nuevos sentimientos surgieron en ellos: la culpa, la vergüenza y el deseo de esconderse de su Creador. Dios los encontró, les hizo ver que, a pesar de todo, los amaba, pero que debían sufrir las consecuencias de su transgresión.
Todo el cielo se llenó de una profunda tristeza, pues parecía no haber escapatoria para el pecador; Adán y Eva estaban condenados a morir. Pero fue en este momento de desesperación donde la inmensidad del amor de Dios y Cristo se manifestó de la manera más sublime. Ideando un plan de salvación para la raza humana, un plan que se extiende hasta nuestros días, Cristo se ofreció voluntariamente a tomar el castigo que correspondía al ser humano. Él dejaría el cielo y cargaría con todo el peso del pecado. Los ángeles, en su amor y lealtad, se ofrecieron, pero su sacrificio no era suficiente. Sin embargo, el cielo se llenó de alegría al saber que, después de un sufrimiento inimaginable, Satanás sería finalmente destruido, el pecado llegaría a su fin, y el hombre y las huestes angélicas vivirían felices por toda la eternidad.
Los ángeles se presentaron a Adán y Eva para revelarles las consecuencias de su desobediencia y el glorioso plan ideado por Dios. Les explicaron que perderían su hermoso hogar, que sería resguardado para evitar su entrada. A partir de ese momento, perderían su santa condición y la comunicación directa con Dios. Su amor y obediencia constante a la ley divina serían puestos a prueba para demostrar su lealtad. Pero no todo estaba perdido; tendrían un lugar para vivir, y lo más importante: el Hijo de Dios haría el gran sacrificio, dando su preciosa vida por ellos. Fue entonces cuando Adán y Eva comenzaron a comprender la magnitud de su pecado. Se arrepintieron profundamente y desearon sufrir las consecuencias totales, pero se les informó que ni siquiera la vida de un ángel podía reparar una transgresión tan grande. Adán tuvo la oportunidad de vislumbrar el futuro, viendo lo que sucedería a través de las generaciones y los importantes acontecimientos que se revelarían.
El Sacramento de la Confirmación: Fortaleciendo al Soldado de Cristo
Dentro del vasto plan de redención, los sacramentos juegan un papel fundamental, siendo canales de la gracia divina. Uno de ellos, la Confirmación, es un pilar esencial en el crecimiento espiritual del cristiano. La palabra "Confirmación" deriva del latín confirmare, que significa "afirmar, hacer más firme, fortificar, perfeccionar". Por ello, a este Sacramento se le conoce también como:
- El “Perfeccionamiento del Bautismo”, porque lleva a la plenitud la santidad iniciada en el bautismo.
- “Sacramento de la plenitud”, porque colma el alma de los dones del Espíritu Santo.
- “Sello del Espíritu Santo”, ya que el Espíritu Santo viene por este sacramento a tomar posesión del alma y la marca para siempre como de su propiedad.
Es un sacramento de institución divina. Aunque la Sagrada Escritura no detalla el cómo, cuándo o dónde lo instituyó Jesucristo, nos asegura que los apóstoles lo administraban, como se lee en Hechos 8,17: “Imponían las manos sobre ellos y recibían el Espíritu Santo”. Dado que confería la gracia, los apóstoles no lo habrían administrado si no hubieran recibido de su Maestro la debida enseñanza, autorización y orden de hacerlo. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, opina que Jesucristo lo instituyó el Jueves Santo, en la noche de la Última Cena, cuando prometió enviar el Espíritu Santo y, según la tradición apostólica, enseñó la manera de confeccionar el Santo Crisma.

Así como a nuestro cuerpo no le basta con nacer, sino que necesita crecer y fortalecerse a través del alimento, así también el alma no se satisface únicamente con el Bautismo, por el cual nace a la gracia divina. Necesita un Sacramento que la perfeccione, y ese sacramento es la Confirmación. Es como decir que “por el Bautismo, el hombre se alista para la milicia, es decir, se prepara para la guerra; y por la Confirmación toma fuerzas para el combate, pues se alista pública y solemnemente en las filas de los combatientes, para tomar parte en la lucha entre Jesucristo y Satanás”. En el momento de la confirmación, ante el cielo y la tierra, se imprime sobre su frente y misteriosamente en su alma el sello del gran Rey de los ejércitos: la cruz, que es la marca de su real carácter, signo de fortaleza y prenda de su victoria.
El aceite que se unge en la frente desaparece pronto, pero la señal formada con el sacramento, el carácter espiritual, queda eternamente esculpida en el alma. El confirmado no podrá jamás desertar sin ser reconocido en todas partes por el Comandante del ejército celestial a cuyo servicio quedó obligado. Considerarse un soldado de Cristo fue lo que dio a los mártires energías poderosas para confesar públicamente su fe religiosa y soportar con invencible fortaleza los más atroces suplicios.
La Biblia ofrece varios ejemplos de cómo la unción llenó del Espíritu Santo a personajes clave, preparándolos para la labor que debían llevar a cabo según el plan de Dios. En 1 Samuel 16,13, David, en la casa de su padre, es ungido con aceite por el profeta Samuel. Del mismo modo, por el Bautismo, somos ungidos y constituidos herederos de la gloria. David fue nuevamente ungido en Hebrón cuando comenzó a reinar y a combatir contra los enemigos del pueblo de Dios; así también, el cristiano es nuevamente ungido en la Confirmación a fin de que pueda combatir contra sus enemigos espirituales y salir victorioso.
Hechos 8,14-17 nos muestra claramente la diferencia entre Bautismo y Confirmación: “Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaría había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Éstos, nada más llegar, rezaron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo, pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que sólo estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.” Aquí se ven, pues, los dos ritos, el Bautismo que recibieron primero, y la Confirmación que recibieron después, cuando se manifestó el Espíritu Santo en ellos.
Desde el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado y le daría sus dones, como menciona Isaías 11,2, para realizar su misión salvífica. Esto fue confirmado por el mismo Jesús, como dice Lucas 4,16-22: “Jesús llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos para promulgar el año de gracia del Señor.’ Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Y comenzó a decirles: -Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.”
El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que él era el que debía venir, el ungido, el Mesías, el Hijo de Dios, como dicen Mateo 3,16 y Juan 1,33-34. Habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizaron en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da “sin medida”, como dice San Juan en 3,34. Esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo (Ezequiel 36,27; Joel 3,1-2). En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu (Lucas 12,12; Juan 3,5-8; Juan 7,37-39; Juan 16,7-15; Hechos 1,8), promesa que realizó primero el día de Pascua (Juan 20,22) y luego, de manera más manifiesta el día de Pentecostés (Hechos 2,1-4), cuando, llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comenzaron a proclamar “las maravillas de Dios” (Hechos 2,11). Pedro declaró que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos (Hechos 2,17-18). Entonces, los que creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo (Hechos 2,38).
Desde aquel tiempo, los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los recién bautizados, mediante la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo, como se lee en Hechos 8,15-17 y 19,5-6. Esto explica por qué en la Carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del bautismo y de la imposición de las manos (Hebreos 6,2). Esta imposición de las manos ha sido considerada por la tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo en la Iglesia, la gracia de Pentecostés.

Muy pronto, para significar mejor el don del Espíritu Santo, se añadió a la imposición de las manos una unción con óleo perfumado (crisma). Esta unción ennoblece el nombre de “cristiano”, que significa “ungido” y que tiene su origen en el nombre de Cristo, al que “Dios ungió con el Espíritu Santo” (Hechos 10,38). Este rito de la unción existe hasta nuestros días tanto en Oriente como en Occidente. En Oriente, este sacramento se llama crismación o unción con el crisma. En Occidente, el nombre de Confirmación sugiere que este sacramento al mismo tiempo confirma el Bautismo y robustece la gracia bautismal.
El efecto de este sacramento es la efusión especial del Espíritu Santo, como fue concedida a los Apóstoles el día de Pentecostés. Por lo tanto, la Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal, generando en nosotros cinco acciones fundamentales:
| Acción de la Confirmación | Descripción |
|---|---|
| 1. Relación con Dios | Nos introduce más íntimamente en la relación con Dios, permitiéndonos decir “Abbá, Padre” (Romanos 8,15). |
| 2. Unión con Cristo | No solo nos une más a Cristo, sino que establece una unión firme y duradera. |
| 3. Vínculo con la Iglesia | Perfecciona nuestro vínculo con la Iglesia, la comunidad de creyentes. |
| 4. Fuerza para testificar | Nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo. |
| 5. Dones del Espíritu Santo | Aumenta en nosotros los siete dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, conocimiento, piedad y temor santo, como características del Mesías mencionadas en Isaías. |
La Confirmación imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el “carácter”, que es el signo de que Jesucristo nos marca con el sello de su Espíritu, revistiéndonos de la fuerza de lo alto para que seamos sus testigos y podamos cumplir con la orden de Jesús: “Ustedes deben dar testimonio. Y yo enviaré sobre ustedes lo que mi Padre prometió. Pero ustedes quédense aquí, en la ciudad de Jerusalén, hasta que reciban el poder que viene del cielo” (Lucas 24,48-49).
A veces se habla de la Confirmación como el “sacramento de la madurez cristiana”; sin embargo, es preciso no confundir la edad adulta de la fe con la edad adulta del crecimiento natural. Santo Tomás de Aquino lo dice así: “La edad del cuerpo no constituye un prejuicio para el alma. Así, incluso en la infancia, el hombre puede recibir la perfección de la edad espiritual de que habla Sabiduría 4,8: ‘la vejez honorable no es la que dan los muchos días, no se mide por el número de los años’. Así numerosos niños, gracias a la fuerza del Espíritu Santo que habían recibido, lucharon valientemente y hasta la sangre por Cristo.”
En cuanto a la preparación necesaria para recibir la Confirmación, esta debe tener como meta “conducir al cristiano a una unión más íntima con Cristo, a una familiaridad más viva con el Espíritu Santo, a su acción, a sus dones y a sus llamadas, a fin de poder asumir mejor las responsabilidades apostólicas de la vida cristiana”. Por ello, la catequesis de preparación se esfuerza por provocar el sentido de pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, tanto a la Iglesia universal como a la comunidad parroquial.
Pero recibir al Espíritu Santo no basta; debemos, como en todo, hacer nuestra parte para conservar la gracia, puesto que los combates que debemos sostener son rudos y continuos. Como dijo Jesucristo, “el camino del cielo es muy áspero y difícil”, por lo que los cristianos debemos buscar los auxilios de Dios que obtendremos con la oración y con la recepción de los sacramentos, pues como dice San Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4,13).
La Verdadera Obra de la Redención: Más Allá del Perdón
En los últimos años, el mundo ha sido testigo de una escalada de desastres naturales: terremotos, plagas, incendios, inundaciones. Muchas personas han comenzado a darse cuenta de que estos fenómenos son signos del regreso inminente de Dios y que el día del Señor está cerca. El Señor Jesús mismo nos exhortó: “Haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos” (Mateo 4,17). Es evidente que solo aquellos que se arrepienten de verdad pueden ser protegidos por Dios y evitar ser devastados por los desastres. Pero, ¿qué es el verdadero arrepentimiento? ¿Cómo podemos alcanzarlo?
Mucha gente cree que el verdadero arrepentimiento se logra simplemente rogando al Señor, asistiendo a la Misa, recibiendo la Eucaristía, practicando la humildad y la paciencia, sufriendo, cargando la cruz, cumpliendo la penitencia y realizando muchas buenas obras. Pero, ¿este punto de vista realmente se alinea con la voluntad de Dios? Dios dice: “[...] Santos seréis, pues, porque yo soy santo” (Levítico 11,45). Apocalipsis 22,14 predice: “Bienaventurados los que lavan sus vestiduras en la sangre del Cordero, para tener derecho al árbol de la vida y a entrar por las puertas de la ciudad santa”. Dios es santo y aborrece el pecado del hombre. Por lo tanto, el verdadero arrepentimiento se refiere al momento en que las personas ya no pecan ni se resisten a Dios. Solo cuando logremos la purificación y la transformación de nuestras actitudes corruptas, como el engaño, la arrogancia, la maldad, entre otras, y nos liberemos completamente de los grilletes y las limitaciones del pecado, siendo capaces de obedecer y amar completamente a Dios, y nunca más rebelarnos ni resistirnos a Él, podremos ser considerados personas con un verdadero arrepentimiento y estar calificadas para entrar en el reino de los cielos.
Si nos comparamos con los estándares divinos, ¿realmente hemos alcanzado el verdadero arrepentimiento? Aparentemente realizamos buenas obras, pero ¿significa esto que ya no pecamos ni nos resistimos a Dios? ¿Hemos sido purificados? A menudo vivimos en un ciclo de pecar y confesarnos, incapaces de poner en práctica las palabras del Señor. Por ejemplo, aunque somos capaces de someter nuestro cuerpo, asistir a la Misa, recibir la Eucaristía y dedicarnos a predicar el evangelio, y nos mostramos para que los demás nos tengan en alta estima y nos admiren, podemos seguir luchando por la reputación y el interés, y participar en disputas celosas. En nuestra vida diaria, podemos ser tolerantes y pacientes con la gente, pero una vez que nuestros intereses son infringidos o nuestro orgullo es herido, llegamos a odiar, o incluso a buscar venganza. En nuestro hogar, afirmamos que Cristo es la cabeza, pero somos egocéntricos, queriendo siempre tener la última palabra y que los demás nos escuchen. Cuando nos encontramos con desastres, culpamos y malinterpretamos a Dios, e incluso podemos llegar a traicionarlo.

A partir de estos hechos, podemos ver que, sin importar cuántas buenas acciones hagamos en apariencia, cuánto trabajemos o cuánto seamos capaces de sufrir y pagar un precio, esto no significa que tengamos un verdadero arrepentimiento. Solo desechando nuestras actitudes corruptas y no pecando más para resistir a Dios, podemos ser personas que se arrepientan de verdad. Solo tales personas son capaces de ser compatibles con Dios y son elegibles para entrar en el reino celestial.
Quizás algunos se pregunten: “Nuestros pecados están perdonados porque hemos aceptado la salvación del Señor Jesús. Pero, ¿por qué seguimos viviendo en pecado y no logramos un verdadero arrepentimiento?” Para entender esta pregunta, leamos dos pasajes de las palabras de Dios:
Dios dice: “Por todo lo que el hombre pueda haber sido redimido y perdonado de sus pecados, solo puede considerarse que Dios no recuerda sus transgresiones y no lo trata de acuerdo con estas. Sin embargo, cuando el hombre, que vive en un cuerpo de carne, no ha sido liberado del pecado, solo puede continuar pecando, revelando, interminablemente, su carácter satánico corrupto. Esta es la vida que el hombre lleva, un ciclo sin fin de pecado y perdón. La mayor parte de la humanidad peca durante el día y se confiesa por la noche. Así, aunque la ofrenda por el pecado siempre sea efectiva para el hombre, no podrá salvarlo del pecado. Solo se ha completado la mitad de la obra de salvación, porque el hombre sigue teniendo un carácter corrupto.”
“Los pecados del hombre fueron perdonados, y esto es gracias a la obra de crucifixión de Dios, pero el hombre siguió viviendo en su viejo carácter satánico corrupto del pasado. Así pues, el hombre debe ser completamente salvado de su carácter satánico corrupto para que su naturaleza pecadora le sea completamente extirpada y no se desarrolle más, permitiendo, así, que el carácter del hombre se transforme. Esto requeriría que el hombre entendiera la senda del crecimiento en la vida, el camino de la vida, y el camino del cambio de su carácter. También requeriría que el hombre actuara de acuerdo con esa senda, de forma que su carácter pueda ser cambiado gradualmente y él pueda vivir bajo el brillo de la luz y pueda ser conforme a la voluntad de Dios, despojarse de su carácter satánico corrupto, y liberarse de la influencia satánica de las tinieblas, emergiendo, así, totalmente del pecado. Solo entonces recibirá el hombre la salvación completa.”
De estas palabras, comprendemos que el Señor Jesús, de acuerdo con las necesidades del hombre en aquella época, realizó la obra de la redención, convirtiéndose en una ofrenda por el pecado de la humanidad mediante la crucifixión, y aliviando al hombre de las maldiciones y la condena de la ley. Por lo tanto, mientras confesemos y nos arrepintamos de nuestros pecados al Señor, estos serán perdonados, y entonces estaremos en condiciones de disfrutar de su abundante gracia. Sin embargo, lo que el Señor Jesús realizó fue solo la obra de la redención que no implicó cambiar las naturalezas de las personas. Las actitudes satánicas profundamente arraigadas en nosotros, como la arrogancia, la vanidad, la torpeza y el engaño, todavía permanecen dentro de nosotros y son la fuente de nuestro pecado. Si no podemos deshacernos de estas actitudes corruptas, pecaremos frecuentemente y resistiremos a Dios a pesar de nosotros mismos. Este es un hecho innegable. Es decir, si nuestra naturaleza pecaminosa y la fuente de nuestro pecado no pueden ser resueltas, no importa cuánto tiempo hayamos creído en el Señor, todavía no podemos lograr un verdadero arrepentimiento o dejar de pecar, y nunca entraremos en el reino de Dios.
El Camino Hacia el Verdadero Arrepentimiento: El Juicio de Dios en los Últimos Días
Entonces, ¿cómo podemos lograr el verdadero arrepentimiento? El Señor Jesús profetizó: “Aún tengo otras muchas cosas que deciros; mas por ahora no podéis comprenderlas. Cuando venga el Espíritu de verdad, él os enseñará todas las verdades necesarias para la salvación; pues no hablará de suyo, sino que dirá todas las cosas que habrá oído, y os anunciará las venideras” (Juan 16,12-13). Y también: “Quien me menosprecia, y no recibe mis palabras, ya tiene juez que le juzgue; la palabra que yo he predicado, esa será la que le juzgue el último día” (Juan 12,48). La Biblia profetiza además: “Pues tiempo es de que comience el juicio por la casa de Dios” (1 Pedro 4,16). Se puede ver en estos versos que hay muchas verdades que el Señor Jesús no nos había dicho cuando realizó Su obra. Así, el Señor Jesús nos prometió que volvería en los últimos días, expresando más y más elevadas verdades y realizando la obra de juzgar y purificar al hombre, permitiéndonos así liberarnos completamente de los grilletes del pecado, ser limpiados y lograr el verdadero arrepentimiento.
Actualmente, el Señor Jesús se ha hecho carne y ha vuelto. Él expresa todas las verdades para purificar y salvar a la humanidad y hace la obra de juicio comenzando por la casa de Dios para resolver completamente la causa de los pecados de la humanidad, para que la gente pueda lograr el verdadero arrepentimiento y el cambio, y ya no pecar o resistir a Dios. Esto cumple la profecía del Señor Jesús: “Que si alguno oye mis palabras, y no las observa, yo no le doy la sentencia, pues no he venido ahora a juzgar al mundo, sino a salvarlo. Quien me menosprecia, y no recibe mis palabras, ya tiene juez que le juzgue; la palabra que yo he predicado, esa será la que le juzgue el último día” (Juan 12,47-48). Pero, ¿cómo usa Dios las palabras para hacer la obra de juicio para purificarnos y permitirnos lograr el verdadero arrepentimiento? Las palabras de Dios nos lo revelan:
La Palabra de Dios dice: “En los últimos días, Cristo usa una variedad de verdades para enseñar al hombre, para exponer la sustancia del hombre y para analizar minuciosamente sus palabras y acciones. Estas palabras comprenden verdades diversas tales como el deber del hombre, cómo el hombre debe obedecer a Dios, cómo debe ser leal a Dios, cómo debe vivir una humanidad normal, así como la sabiduría y el carácter de Dios, etc. Todas estas palabras están dirigidas a la sustancia del hombre y a su carácter corrupto. En particular, las palabras que exponen cómo el hombre desdeña a Dios se refieren a que el hombre es una personificación de Satanás y una fuerza enemiga contra Dios. Al emprender Su obra del juicio, Dios no aclara simplemente la naturaleza del hombre con unas pocas palabras; la expone, la trata y la poda a largo plazo. Estos métodos de exposición, de trato y poda no pueden ser sustituidos con palabras corrientes, sino con la verdad de la que el hombre carece por completo. Solo los métodos de este tipo pueden llamarse juicio; solo a través de este tipo de juicio puede el hombre ser doblegado y completamente convencido de la sumisión a Dios y, además, obtener un conocimiento verdadero de Dios. Lo que la obra de juicio propicia es el entendimiento del hombre sobre el verdadero rostro de Dios y la verdad sobre su propia rebeldía. La obra de juicio le permite al hombre obtener mucho entendimiento de la voluntad de Dios, del propósito de la obra de Dios y de los misterios que le son incomprensibles. También le permite al hombre reconocer y conocer su esencia corrupta y las raíces de su corrupción, así como descubrir su fealdad. Estos efectos son todos propiciados por la obra del juicio, porque la esencia de esta obra es, en realidad, la obra de abrir la verdad, el camino y la vida de Dios a todos aquellos que tengan fe en Él.”
En los últimos días, Dios expresa la verdad para que la gente logre el verdadero arrepentimiento. Sus palabras revelan con total claridad nuestra naturaleza satánica de resistir y traicionar a Dios, nuestras actitudes hacia las palabras de Dios y nuestras búsquedas erróneas en nuestra creencia, y desvelan nuestras acciones y pensamientos más íntimos. Como una espada de doble filo, las palabras de Dios atraviesan nuestros corazones, y nos hacen conocer la raíz de nuestro pecado y ver claramente la verdad de nuestra corrupción a manos de Satanás, permitiéndonos reconocer cómo nuestra naturaleza y esencia está llena de arrogancia, engreimiento y traición. Conocemos claramente los requerimientos de Dios, pero siempre estamos controlados por estas actitudes satánicas, rebelándonos contra Dios y resistiendo a Dios en contra de nuestra voluntad, e incapaces de practicar la verdad, por lo que nos hemos convertido en la encarnación de Satanás. Ante el juicio y el castigo de Dios, hemos sido totalmente convencidos por las palabras de Dios, nos postramos ante Dios y comenzamos a odiarnos y a maldecirnos, y así tenemos un verdadero arrepentimiento. Mientras tanto, también sentimos profundamente que la Palabra de Dios es la verdad, es toda la revelación del carácter de Dios y lo que es la vida de Dios. Vemos que el carácter justo de Dios no tolera la ofensa, y que la esencia de la santidad de Dios no tolera las manchas. El resultado es que nace un corazón que reverencia a Dios, y comenzamos a buscar la verdad con todas nuestras fuerzas, y a comportarnos según la Palabra de Dios. Siguiendo nuestra comprensión gradual de la verdad, conocemos más y más la naturaleza satánica y la actitud satánica de nosotros mismos, y también conocemos a Dios más y más. Gradualmente, podemos practicar la verdad para compensar nuestras transgresiones pasadas, y entonces nuestras actitudes corruptas pueden ser purificadas. Poco a poco escaparemos de las ataduras del pecado, ya no estaremos controlados por las actitudes corruptas satánicas, ya no haremos el mal ni desafiaremos a Dios y podremos obedecer y adorar a Dios de verdad, y lograr el verdadero arrepentimiento. Por lo tanto, aceptar la obra de juicio de Dios en los últimos días es el único camino para que podamos lograr el verdadero arrepentimiento.
Ahora, la obra del juicio de Dios está llegando a su fin, y todo tipo de desastres ocurren uno tras otro, por lo que no tenemos muchas posibilidades de arrepentirnos. En este momento crucial, solo aceptando la obra del juicio de Dios en los últimos días podemos escapar de los pecados y lograr un verdadero arrepentimiento. De lo contrario, nuestro sueño de entrar en el reino de los cielos nunca se realizará.
Preguntas Frecuentes sobre la Redención
¿Es la Confirmación un sacramento opcional?
Aunque el Bautismo es el primer sacramento de iniciación cristiana, la Confirmación es considerada esencial para la plenitud de la gracia bautismal. No es opcional en el sentido de que completa la iniciación cristiana y fortalece al creyente para vivir su fe y ser testigo de Cristo en el mundo. Es un paso crucial hacia la madurez espiritual, aunque no está ligada a la madurez natural o de edad.

¿Puede una persona ser "redimida" sin pasar por la Confirmación?
La redención, en su sentido más amplio de ser rescatado del pecado y reconciliado con Dios, se inicia en el Bautismo y se perfecciona a lo largo de la vida del creyente a través de la gracia divina. La Confirmación es un medio poderoso de esa gracia, un "sello del Espíritu Santo" que otorga una fuerza especial. Aunque la salvación es por gracia mediante la fe, la Iglesia enseña que la Confirmación es parte del plan de Dios para el fortalecimiento y la capacitación del cristiano para su misión en el mundo.
¿Qué diferencia hay entre el perdón de pecados y la verdadera redención?
El perdón de pecados, tal como se obtuvo a través de la obra redentora de Jesús en la cruz, nos libra de la culpa y la condena de la ley. Sin embargo, la verdadera redención va más allá: implica la purificación completa de nuestra naturaleza pecaminosa y corrupta. No solo se nos perdona lo que hemos hecho, sino que se transforma lo que somos. Es el paso de un ciclo de "pecar y confesar" a una vida donde el pecado ya no tiene dominio sobre nosotros, gracias a la obra de juicio y purificación de Dios en los últimos días, que extirpa la raíz del pecado.
¿Cómo puedo saber si mis actitudes corruptas están siendo purificadas?
La purificación de las actitudes corruptas es un proceso gradual que se evidencia en un cambio de comportamiento y pensamiento. Se manifiesta en una mayor obediencia a la Palabra de Dios, una disminución de la arrogancia, el egoísmo, el engaño y la maldad. Se observa en una capacidad creciente para amar a Dios y al prójimo, para soportar las pruebas con fe y para resistir la tentación. Es un camino de humillación ante Dios y de búsqueda constante de la verdad, permitiendo que Sus palabras nos expongan y transformen.
¿Qué significa "la redención del autor" en un contexto más amplio?
El concepto de "redención del autor" se refiere a una idea más filosófica o literaria, donde se busca una especie de cierre o finalización sistemática de una obra o de un proceso creativo. En este contexto, se sugiere que tal "redención" (o finalización definitiva) es una auto-ilusión, ya que el camino del autor o del arte es "infinitamente largo". Es importante diferenciar esta noción de la redención teológica, que es el rescate y la salvación del pecado por parte de Dios, un concepto espiritual y divino, no una pretensión humana de cierre o perfección artística.
Conclusión
La redención es, en su esencia, el acto supremo del amor divino, un plan meticulosamente diseñado para rescatar a la humanidad de las garras del pecado y restaurarla a la comunión con su Creador. Desde la promesa inicial en el Edén hasta la consumación de la obra de juicio en los últimos días, Dios ha provisto un camino claro y misericordioso. El Sacramento de la Confirmación no es solo un rito, sino un empoderamiento vital, el sello del Espíritu Santo que nos fortalece para la batalla espiritual y nos equipa con los dones necesarios para ser verdaderos testigos de Cristo. Sin embargo, la verdadera redención va más allá del perdón superficial; exige un arrepentimiento genuino que transforma nuestra naturaleza corrupta, un proceso que se logra al aceptar la obra de juicio de Dios que expone y purifica nuestra esencia pecaminosa.
En un mundo cada vez más convulso, donde los desastres nos recuerdan la inminencia del día del Señor, la urgencia de buscar esta redención completa es más palpable que nunca. No es un camino fácil, como el mismo Jesucristo afirmó que el camino al cielo es “muy áspero y difícil”. Pero con la oración constante, la recepción de los sacramentos y la docilidad al Espíritu Santo, “todo lo podemos en Cristo que me fortalece”. Consideremos el inmenso privilegio de acceder a este precioso sacramento y a la obra transformadora de Dios. Si aún no hemos sido confirmados, acerquémonos a nuestra parroquia y preparémonos para recibir el poder y la gracia del Espíritu de Dios, para así llegar a ser poderosos instrumentos en Su mano, para Su gloria y bendición de nuestro prójimo. Que así sea.
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